La historia de la trata de esclavos entre Africa y América desde el siglo XVI al XIX está aún llena de incógnitas, debido a la naturaleza misma de este comercio, que en muchas ocasiones se ejercía de contrabando. Aún se desconoce con exactitud la cifra total de africanos exportados al Nuevo Mundo durante más de 300 años, pues en los cálculos de diversos autores el número varía entre 10 y 20 millones, sin contar los que murieron en la travesía debido a epidemias, enfermedades o maltratos.

De acuerdo con estimaciones, no menos del 25 por ciento del total no llegó a desembarcar en las costas americanas. Cuando en el siglo XIX se llegó a un acuerdo a fin de abolir la trata y cuando barcos ingleses encargados de vigilar su cumplimiento patrullaban el océano Atlántico, muchas veces la carga de los barcos negreros era simplemente lanzada al mar para evitar ser descubiertos.

De esta manera, hoy existe la convicción de que las profundidades marinas entre Africa y América constituyen el mayor cementerio del mundo. Tampoco hay números exactos sobre cuántos buques estuvieron involucrados a través de los siglos en este comercio humano, ya que muchos participaban en la trata de forma ilegal y de sus actividades no quedaron registros.

Estadísticas aproximadas, basadas en documentos y números incompletos, que calculan en 11 millones el total de esclavos transportados hasta el siglo XIX, estiman en casi 55 mil los viajes realizados por los buques negreros de Europa y Norteamérica durante ese tiempo.

Los navíos portugueses, que en los inicios de la trata virtualmente monopolizaban el transporte a lo largo de la costa africana, se mantuvieron activos todo el tiempo, gracias a la autorización concedida por la corona española con vistas a operar en el transporte y venta de esclavos para sus colonias.

Hoy se piensa que los portugueses realizaron 30 mil de los viajes de este comercio triangular, en el cual se transportaban armas y alcohol a Africa para cambiarlas por esclavos, marfil y oro. Después esta carga iba a parar a Brasil, Hispanoamérica, el Caribe y Estados Unidos, donde se adquirían productos para trasladar a los países europeos.

La flota portuguesa llevó a tierras americanas, según los estimados, más de cuatro millones y medio de esclavos. En tanto, Reino Unido, que se volvió muy activo en la trata con posterioridad, transportaría unos dos millones 600 mil en 12 mil viajes, y España alrededor de un millón 600 mil en cuatro mil expediciones. Francia, Holanda, Dinamarca y América del Norte fueron los responsables del resto del tráfico hasta superar los dos millones de africanos llevados como esclavos a tierras americanas.

Se supone que toda esta intensa actividad se reflejaba en primer lugar en los astilleros, sobre todo de los países más involucrados en la trata, puesto que debían garantizar los buques para este comercio. No es de extrañar, pues, que Lisboa se convirtiera en una de las ciudades europeas de mayor actividad, donde incluso hasta el 10 por ciento de la población estaba compuesta por esclavos africanos.

En Reino Unido, la una vez provinciana ciudad de Bristol, en la desembocadura del río Avon, gracias a sus numerosos astilleros se convertiría en la segunda urbe del país, al tiempo que Liverpool devenía el mayor puerto del mundo. No todo ocurrió así desde el principio, sino que a medida que crecían las economías de plantaciones en América y, por ende, las de las metrópolis, el comercio de esclavos se hacia más intenso.

Según algunos historiadores, las potencias europeas exportaron a América un millón de esclavos en el siglo XVI, tres millones en el siglo XVII y siete millones en el siglo XVIII. Pero incluso después que los albores del capitalismo industrial británico hicieron innecesaria la esclavitud en Reino Unido, como seguía siendo legal en las colonias americanas, la trata continuó floreciendo.

En Cuba, por ejemplo, entraron 25 mil 841 esclavos en 1817, 19 mil 902 en 1818, 15 mil 147 en 1819 y 17 mil 194 en 1820. Así, de 199 mil 145 esclavos en 1817, la Isla pasó a tener 369 mil en 1867. Este comercio era tan escandalosamente lucrativo que las incautaciones de mil 600 barcos negreros por parte de la flota británica entre 1808 y 1860 no disuadió a los comerciantes para proseguir la trata.

Esclavitud: Los fortines de la vergüenza

Hasta hoy las costas de Africa muestran las huellas del tráfico de esclavos que despojó a ese continente, durante tres siglos (XVI-XIX), de sus de sus hijas e hijos más fuertes y capaces. Una cadena de fortines y restos de lo que fueron los puntos de concentración de los esclavos antes del ser embarcados hacia América siembran miles de kilómetros del litoral occidental, desde Senegal hasta Angola.

Saint Louis y la isla de Gorée en Senegal, el fuerte de Elmina en Ghana, Bonny en Nigeria, y Benguela en Angola, son algunos de los escenarios principales de esta inenarrable tragedia. Gorée, en la bahía de Dakar, con menos de un kilómetro cuadrado de superficie, sirvió como punto de encierro y envío de los esclavos a través de una puerta conocida como el Viaje sin Regreso.

En Cape Coast, en Ghana, la antigua Costa del Oro, se edificó el fuerte de Elmina, donde eran hacinados centenares de seres humanos antes de encadenarlos con grilletes y prepararlos para el largo viaje. Se calcula que aquí y en otros puntos de la zona se embarcó más del 10 por ciento del total de prisioneros, en tanto que en Bonny se traficó con casi el 15 por ciento, procedentes de Nigeria Oriental, Camerún, Gabón y Guinea Ecuatorial.

Pero la maquinaria de la trata actuó con toda intensidad en el Congo y Angola, de donde trasladaron al Nuevo Continente casi el 40 por ciento de la cifra total de esclavos, sobre todo desde Benguela, donde los portugueses fundaron un fuerte en 1617. Todavía no hay un cálculo exacto de cuántos africanos padecieron la trata, pues según diferentes historiadores la cifra varía entre 10 y 20 millones, si se cuentan los muertos en las cacerías humanas, por enfermedades y en las travesías.

Para aumentar las ganancias, los comerciantes apretujaban en los barcos entre 350 y 600 esclavos, por lo que se necesitó durante tres siglos una verdadera flota permanente para este tráfico hasta el otro lado del océano. Y esa flota requirió en Europa de medios y hombres para su existencia, tales como astilleros, carpinteros, timoneles, marineros y brújulas, es decir, todo lo necesario para el funcionamiento de ese puente marítimo a través del Atlántico.

En 1999 el Consejo Municipal de la ciudad portuaria británica de Liverpool aprobó una resolución en la cual pidió disculpas públicas por el papel que desempeñó durante varios siglos en la trata de esclavos. Según se calcula, uno de cada cuatro barcos que zarpaban de este puerto estaba dedicado exclusivamente a tal comercio. En 2007 el entonces alcalde de Londres, Ken Livingston, tuvo un gesto similar y se lamentó amargamente de que aún existen instituciones en el mundo de los negocios beneficiadas de las riquezas acumuladas con el tráfico de seres humanos.

Estos pequeños gestos quedan lejos de las disculpas formales reclamadas a los Estados esclavistas por los países africanos en la Conferencia Mundial contra el Racismo, efectuada en Durban en 2001, pues Reino Unido, Portugal, España, Holanda y Estados Unidos se opusieron a ello. Era bien poco en comparación con la irreparable pérdida sufrida, que para muchos autores es la causa principal del atraso económico de este continente hasta los tiempos actuales, a pesar de sus cuantiosas riquezas naturales.

Al parecer la actitud de los antiguos colonizadores radica en el temor a que si como Estados reconocen su responsabilidad en esta barbarie, podrían ser objeto de demandas judiciales para compensar a los países víctimas de ese tráfico. Es difícil estimar a cuánto tendría que ascender una compensación de esa índole, tan sólo en el aspecto monetario, para cubrir las pérdidas humanas de Africa.

Los esclavos eran comprados a cambio de baratijas en las costas africanas y se vendían de después en Brasil, el Caribe y Norteamérica con un extraordinario margen de ganancia. Según documentos de la época, un esclavo era vendido en las Antillas con un beneficio de hasta el 150 por ciento y, luego del tratado de abolición de 1817, las ganancias podían ser de hasta el 300 por ciento.

Es por eso que la construcción de fuertes en las costas africanas y de buques negreros en los astilleros europeos resultaba barata en comparación con las riquezas obtenidas. Si a ello se agregan las ganancias gracias a la explotación del trabajo esclavo en la agricultura y las minas del Nuevo Mundo, la compensación tendría que ser gigantesca.

La mejor prueba del daño infligido a Africa son los fuertes de las potencias coloniales levantados a lo largo de la costa, que siguen siendo hasta hoy mudos testigos de uno de los episodios más trágicos y vergonzosos de la historia.

* Periodista de la Redacción de Servicios Especiales de Prensa Latina.