Quiero celebrar la obra de Spinetta, sus canciones, las palabras con que nos ilumina: Una carrera de más de 40 años, (al menos), seis bandas eternas, más de 40 discos, 62 años de un músico fantástico al que sólo se le puede dar las gracias.

No creo que un artista tenga que ser un ejemplo para nadie. Me refiero a que biografía y obra, si bien conforman una unidad indisoluble, la primera no necesariamente refleja la segunda o, dicho de otra manera, cómo vivas no siempre nos dirá lo que haces. La vida de Spinetta está consignada en los libros pertinentes, y es una lectura recomendada, y los que lo seguimos admiraremos varias facetas de su vida. Proponerlas como reglas o modelos a seguir sería pretencioso. Pero su obra, sus canciones, las palabras con que nos ilumina son las que quiero celebrar, siempre fragmentariamente, desde el pequeño rincón que habito. Una carrera de más de 40 años, (al menos), seis bandas eternas, más de 40 discos, 62 años de un músico fantástico al que sólo se le puede dar las gracias.

Elementales leches

Los 90’: me tocó escuchar, descubrir y asimilar a Spinetta (y el imponente bagaje del rock argentino de los 70’) al mismo tiempo que escuchaba, descubría y asimilaba el metal de Pantera o Sepultura, la canción latinoamericana de la resistencia poética, social y política de Víctor Jara, Quilapayun o Benjo Cruz, mientras germinaba el grunge de Nirvana, Alice in Chains, la feroz independencia de REM o la guerrita brit de Blur y Oasis, y mi primo mayor me instruía en los fascinantes sonidos de la maquinaria sinfónica de Yes, Emerson, Lake & Palmer o Genesis, el bucolismo freak de Jethro Tull y, ahicito nomás, a los grandilocuentes y emocionantes Pink Floyd. Y claro, el San Francisco sound y la extravagancia de Zappa o Grateful Dead, la palabra cantada de Dylan, Mitchell y Cohen, la trinidad mártir Hendrix-Joplin-Morrison y –mientras comenzaba a enterarme lo que era un Unplugged- las postales de este lado del mundo: “El Nervio del Volcán” de Caifanes, “La espada y la pared” de Los Tres y “Dínamo” de Soda Stereo. Todo en uno. Una locura. Y un montón de cassettes apilados por todo mi cuarto.

Lisergia y folklore, combustión eléctrica y guitarreada folk-hippie, pompa virtuosa-barroca y alarido urbano. Cuál generación X, carajo. Hay una diferencia entre no saber lo que uno quiere y quererlo TO-DO. Ese chenko ontológico pero inconsciente se hacía llevadero y el chango que era yo siempre encontraba un par de horitas diarias para escuchar -enterito- y alucinar con algún álbum del Flaco y empezar a manosear la guitarra infantilmente, hasta finalmente aprender a tocar “Todas las hojas son del viento”.

Si bien, cronológicamente, correspondía “Fuego Gris” (que escuché hasta reventar la cinta), yo seguí mi aventura a contramarcha grabándome los cassettes de “Bajo Belgrano” o “Durazno Sangrando”, rellenando las lagunas históricas de discos que no conocía. El 95’ viajaba a Buenos Aires y veía por primera vez las tapas de los álbumes, y el encantamiento y avidez por esa obra ganaban terreno en mi vida. Entonces corregí títulos mal anotados, reparé la diacronía discográfica y empecé a acompañar cada paso de este fascinante hacedor de canciones.

La canción llega hasta el sol

“Muchacha (ojos de papel)” es uno de los más preciosos y dulces exprimidores de lágrimas inventados por el hombre. Cuesta creer que el tipo tenía 18 años y que su banda ensayaba en la casa de sus padres y que éstos ayudaban a ponerle nombres a las canciones. Los 70’ son de no creer. En tan sólo una década el mismo tipo, (igual que otro capo, Charly García) pasaba de la ternura adolescente a una estetización del desencanto existencial, un elaborado juego de metáforas capaces de eludir la censura y una desprejuiciada, generosa y prolija musicalidad de alto vuelo lírico, siempre en el contexto histórico de la penumbra dictatorial argentina.

El rock seminal del cuarteto Almendra trifurcó la exploración sonora y temática, siempre en –curiosa– sintonía con el rock inglés. Si Almendra era adolecente, porteño y vagamente beatlero sus derivaciones marcarían rumbos más descifrables. Emilio del Guercio y Rodolfo García optan por un rock de teclados y sintetizadores, en paralelo al sonido y surrealismo crítico de Genesis o Yes, y el violero Edelmiro Molinari desata un demonio llamado Color Humano, un power trío precursor del stoner, una suerte de Black Sabbath con vuelo esotérico.

Pescado Rabioso, la banda de Spinetta de 1971 a 1973, desarrolla en “Desatormentándonos” un símil delirante de Deep Purple, en “Pescado 2”, que podría llamarse “18 maneras de escribir una canción”, una amplitud de recursos musicales envidiable, hasta llegar a esa obra cumbre que es “Artaud” donde la criatura musical spinettiana adquiere un rostro característico y su autor una dimensión que excede lo musical para convertirse en referente generacional y estético.

Entre “Artaud” y el fabuloso trío Invisible, para mí –con Seru Girán- el mejor ensamble instrumental de esa década, aparece un disco de anécdota (“Spinettalandia y sus amigos”), pero que trae al Spinetta más folk, más hippie en un ejercicio lúdico que deja joyas como “Descalza camina”, “Vamos al bosque” o “Ni cuenta te das”.

Nunca estuve aquí, querida…

Invisible era una hermosa salvajada. Un espejo fracturado que admitía poliritmia, extensos e intensos pasajes y atmósferas instrumentales, un discurso elaborado, abundante en delirio e introspección y una banda sonando como los dioses sobre composiciones impresionantes. Otra cosa linda para agradecerle al Flaco: gracias al arte del primer disco de Invisible, conocí los fabulosos welten de ese locazo llamado M.C. Escher. Y de aquellos años (1974-76), clasicones como “Los libros de la buena memoria” (con el bandoneón de Rodolfo Mederos), “Durazno Sangrando”, “Elementales Leches” o “Azafata del Tren Fantasma” que testimonian la calidad y el pico creativo del trío Spinetta-Rufino-Lorenzo. La experiencia auditiva de los 3 álbumes (más algunos singles) que dejaron registrados es sencillamente un trance.

Años luz

Su aproximación, o mejor dicho, reapropiación del jazz a su propio universo musical, con la posterior formación Spinetta Jade (1978 a mediados de los 80’ con intermitencias), muy en la onda de Steely Dan de poner el virtuosismo al servicio de la canción pop, le permite entrar con sofisticación, fama y fortuna en los años ochenta sin olvidarse nunca de la canción acústica (en esa época, repleta de chorus) directa, íntima, emotiva. Las melodías de los temas del Flaco son tan claras que sólo enfrentándote a ellos desde un instrumento reparas en lo intricado de las armonías, que por otra parte, no eran producto de una búsqueda racional o forzada de Spinetta -así lo testimonian los propios (virtuosos) músicos de esa y posteriores bandas-, sino fruto de una imaginación gigante y una intuición visionaria. (A propósito, en los últimos años varios guitarristas se prestaron a “sacar” los temas viejos de Spinetta porque el autor sencillamente no recordaba cómo los había hecho).

Después, una obra sin fisuras, que uno ya podía seguir: “Pelusón of Milk”, un divertimento donde el Flaco toca todo, juguetea con la caja de ritmos y contiene ese hermoso tema camote “Seguir viviendo sin tu amor”, entre otros. Desde “Fuego Gris” (1993) hasta “Un Mañana” (2008) los álbumes se demoran un poquito más en salir pero nos lo presentan siempre en plena forma musical, inspirado, sabio, enamorado, entrañable.

En medio, y para no olvidarme, otro punto alto es el trío que encara a finales de los 90’: el poderoso trío junto a Marcelo Tórrez y Daniel Wirtz, Los Socios del Desierto. Un bandón que rockea en grande y tiene un espacio de acción enorme entre el nuevo sonido eléctrico y canciones para todos los gustos. Un discazo doble y otro en vivo acaso no sean suficientes, pero es una formación para la historia.

Para el majestuoso concierto de las Bandas Eternas, del 2009, en que reunió a los sobrevivientes musicales de su periplo, lejos de especular y lucrar con un falso revival, Spinetta desalienta a los sponsors y organiza su propio homenaje, ensaya meses con sus amigos de toda la vida y se manda un concierto que por sí mismo es ya un legado definitivo a la música popular en español. Sin intermediarios entre lo que siempre tuvo para decir y la gente.

Mañana es mejor

Con Spinetta aprendí que la música viene de adentro, que esa energía es lo que te permite relacionarte con la realidad, la objetiva y la subjetiva, de una manera estética, ejerciendo el principio básico de ser libre creativamente a toda costa. Que las canciones pueden llevarte lejos y traerte de vuelta fresco, renovado, que pueden indagar en el alma común de las gentes, exorcizar tus demonios, hacerle bien a alguien, certificar que queda belleza en el mundo.

Es cierto que Spinetta hizo carrera en el momento y lugar precisos, no sé que habría sido de su talento en otro contexto. Pero eso también es parte de su leyenda viviente. No voy a hablar de la penumbra. Gracias por todo. Eres árbol, hoja, salto, luz. Te quiero Flaco, quedate un poco más por aquí, harás falta.

* Músico y compositor boliviano.