Los menores de Afganistán emergen como las víctimas por excelencia del hambre, las enfermedades, el analfabetismo y el trabajo forzado imperante en un país expuesto a la guerra y sus nefastas consecuencias. Los Basha Bazi o niños danzantes de Afganistán se han convertido en un fenómeno social. La costumbre radica en que los infantes, a menudo vendidos por sus padres, son vestidos, pintados como mujeres, obligados a bailar en fiestas -solo para varones- y sometidos a vejaciones sexuales.

El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) estima que al menos el 30% de los niños de Afganistán, con edades entre cinco y 14 años, realizan algún tipo de labor. La situación ya era mala para la infancia afgana antes de que comenzaran los bombardeos de Estados Unidos y Reino Unido desde hace una década pero ahora es peor, declaró a la prensa Eric Laroche, representante de Unicef en el país.

Como la mayoría de los niños están desnutridos y carecen de abrigo adecuado, Unicef considera que 100 mil de ellos morirán este invierno de neumonía, diarrea y otras enfermedades.

Laroche puntualizó que menos del cinco por ciento de todos los niños de Afganistán asisten a la escuela, cifra reveladora del colapso del sistema educativo en una nación devastada por los conflictos bélicos; de hecho, una generación entera de menores afganos crece sin educación, aseveró, y las niñas son las más afectadas. Para empeorar tal situación, se ha recrudecido el reclutamiento y la movilización de pequeños con fines de guerra.

En diversos testimonios publicados abundan ejemplos como los de Yasin, uno de los casi dos millones de infantes obligados a trabajar para sostener a su familia, generalmente como única fuente de ingresos del hogar. El menor de 11 años friega automóviles en un comercio capitalino, en el cual consigue 20 afganis (menos de medio dólar) diarios. También se muestra el caso de Rokay, de 13 años, quien cada día se desplaza de su casa, en el norte de Kabul, la capital, a la céntrica calle de Shar-e-Nao, para vender huevos cocidos a siete afganis (15 centavos de dólar).

La capital está plagada de niños que trabajan en la calle y en negocios de toda naturaleza -desde comercios hasta talleres de reparación de coches y de la industria metalúrgica-, fenómeno motivado por una crisis económica y social acentuada por la guerra. Con una renta per capita de 800 dólares, el 42 por ciento de los 30 millones de afganos vive por debajo del límite de la pobreza.

La alta tasa tiene su origen en factores estructurales pero la sucesión de conflictos armados sufridos en el país durante los últimos años la ha aumentado por traer un desequilibrio de género que choca contra los usos y costumbres locales.

Miles de hombres han muerto o arrastran secuelas graves por las heridas en combate, y aunque la caída del régimen talibán desde hace una década forzó cambios legales respecto a la situación de la mujer, en muchas provincias no se acepta culturalmente el trabajo femenino.

En caso de que el marido muera o quede incapacitado, el núcleo familiar pasa a depender de los otros varones de la casa, independientemente de su edad, por lo que a menudo son los niños quienes se convierten en el nuevo cabeza de familia.

Grupos humanitarios y de derechos humanos dicen que las leyes en materia de trabajo infantil son regularmente desobedecidas. Si bien los menores de edad pueden trabajar legalmente hasta 35 horas por semana desde los 14 años, no se les permite realizar labores peligrosas.

Afganistán es uno de los países más pobres del mundo, donde los niños representan la mitad de la población, un cuarto de los pequeños muere antes de los cinco años y la expectativa de vida promedio es de 44.

En recientes declaraciones a la prensa, el viceministro afgano de Trabajo y Asuntos Sociales, Waselnur Mohmand, mencionó iniciativas como la apertura de una oficina para asistir a esos infantes, con ayuda financiera europea.

El funcionario dijo que el Gobierno ha emprendido un proyecto llamado Red de Acción de Protección de la Infancia (CPAN por sus siglas en inglés), el cual asegura que ya presta cuidados a los menores en 28 de las 34 provincias del país. Pero es improbable, sin embargo, que esos planes lleguen a tiempo para Yasin y Rokay, a quienes el trabajo diario aún les permite soñar.

El primero quiere ser militar, pero el segundo apunta más alto cuando se le pregunta qué desearía ser de mayor: “Quiero ser presidente de Afganistán”.

El juego de los Basha Bazi o niños danzantes afganos

Mientras los países occidentales invierten miles de millones de dólares en la guerra contra los talibanes del sur de Afganistán, una costumbre ancestral resurge, el también denominado juego con niños. Los Basha Bazi o niños danzantes de Afganistán se han convertido en un fenómeno social.

Cientos de menores de corta edad llenan las calles de las ciudades afganas deambulando entre los deseos de la extrema pobreza, y con la promesa de una vida mucho mejor para ellos, y es cuando los señores ricos y poderosos los acogen para un fatal destino.

La costumbre radica en que los infantes, a menudo vendidos por sus padres, son vestidos, pintados como mujeres, obligados a bailar en fiestas -solo para varones- y sometidos a vejaciones sexuales. Si se niegan, son apaleados, y al cumplir una edad superior a la adolescencia -en la que ya no son atractivos- resultan abandonados a su suerte con graves secuelas mentales y físicas.

Suelen los Basha Bazi ser también niños capturados en la guerra o huérfanos de padre, que se venden para aportar algún sustento a sus familias por el tiempo que dura la etapa de la pubertad. A partir de los 11 años, aprenden a cantar y bailar con atuendos y maquillaje de mujer, pero saben que ahí no acaban sus servicios.

Ellos danzan en las bodas para sus dueños, quien elevan con esa práctica el prestigio social, poder e influencia. Pero detrás de ese hecho, criticado en reportajes televisivos, se oculta uno de los mayores crímenes contra los derechos humanos de la niñez: se trata de brindar placer visual y sexual a los adultos.

Un Bacha bereesh es un niño al cual no le ha salido todavía el vello facial, por eso son más deseados entre los poderosos hombres de la región, quienes consideran que entre 14 y 18 años están en plenitud para ejercer esta práctica, siendo 14 la edad perfecta.

El reportaje de Najibullah Quraish “Los niños danzantes de Afganistán” (Frontline, abril 2010) desmiente el término Basha Bazi como un problema cultural. A los 18 años, excesivamente mayores con vistas a ser “niños danzantes”, abusados sexual y psicológicamente para empezar una nueva vida, ya de mayores y en una minoría de casos, los Basha se proponen tener a sus propios Bazi.

Pero, ¿qué piensan y dicen las madres y las hermanas de los Basha Bazi? Nada en especial, porque la mitad de la población femenina en Afganistán es sacrificada, excluida, despreciada y sometida a innumerables maltratos.

En marzo 2009, el presidente Hamid Karzai legalizó el derecho de familia chií (una comunidad que representa entre el 10 y 15 por ciento de la población), contrario a la Constitución afgana de 2004. La ley impide a las mujeres negarse a tener relaciones sexuales con sus esposos, excepto en caso de que estén enfermas. Además de permitir la violación dentro del matrimonio, las familias múltiples y los matrimonios de niñas, significa la aplicación estricta del purdah, o sea, la separación (uso del burqa y de cortinas) entre hombres y mujeres.

Soraya Sobharang, de la Comisión Independiente de Derechos Humanos en Afganistán, criticó lo que consideró el silencio de occidente sobre el tema, el cual en su opinión ha sido desastroso para las afganas. En tanto, la socióloga Anna Maria Cardinalli reafirma el vínculo existente entre al aumento de niños danzantes y la reducción de mujeres, seres considerados impuros, con función reproductora y excluidas de las esferas económica, social y cultural.

En una sociedad en la cual el acceso a las mujeres es restringido pero a los niños de la calle resulta algo cotidiano, la pobreza extrema lleva a muchos de esos infantes a adentrarse en esta práctica prohibida por el Islam. Sociólogos y antropólogos dicen que el problema es consecuencia de la mala interpretación de la ley islámica.

Las mujeres son simplemente inaccesibles. Los hombres afganos no pueden hablar con una fémina ni mantener ningún tipo de relación hasta después de proponerle matrimonio. Un joven aficionado al Bashi Bazi insinuó: “¿Cómo te puedes enamorar (de una mujer) si no puedes ver su cara? Es que la “cara de una mujer resulta fuente de corrupción”.

* Periodista de la Redacción Asia de Prensa Latina.