En el helado Estrecho de Bering están dos singulares islotes conocidos como las islas Diómedes, nombradas así por sus descubridores en honor al valiente guerrero griego. En la lengua esquimal local se denominan Imaqliq e Inaliq y se encuentran situadas entre las penínsulas de Seward, en Alaska, justamente frente a la siberiana Chukotka, señala en su libro Greg Durocher, del Centro Científico de Juneau.

La isla más grande pertenece a Rusia, mientras que la menor forma parte de Estados Unidos y la única habitada es la Pequeña Diómede, que cuenta con un aislado asentamiento de habitantes de origen esquimal, dedicados a la talla del marfil y a la caza de ballenas.

En 1867, Estados Unidos le compró a Rusia el territorio conocido hoy como el estado de Alaska y estableció como nueva frontera a las islas Diómedes, por lo que las mismas ganaron notoriedad mundial por primera vez.

Aunque algunas familias nativas quedaron divididas por el trazado artificial de la nueva demarcación, esto no supuso demasiados problemas puesto que el tránsito de personas a través del estrecho brazo de mar entre las islas siguió tolerado hasta el incremento de las tensiones entre las dos potencias durante la Guerra Fría.

La entonces Unión Soviética trasladó a los habitantes de la Diómedes mayor al interior de su territorio y repobló Ratmanov, nombre dado en ruso, con un pequeño destacamento militar guarda frontera, mientras en la isla menor permaneció el diminuto pueblito de esquimales.

Diómedes Menor, de 7,3 kilómetros cuadrados, alberga según el último censo 170 habitantes agrupados en el poblado de Inalik, formado solamente por 47 viviendas. El acceso a esta isla es extremadamente complejo debido a sus peculiares características geográficas y climatológicas. Las condiciones climáticas son prácticamente insoportables y casi de “hielo perpetuo” e intensa neblina por su ubicación geográfica al norte del paralelo 60 y cercana al Polo Norte.

Para llegar a las Diómedes no existen medios de transporte que hagan la ruta regularmente ya que solamente en el verano las aguas están libres de hielo, aunque hay vientos huracanados casi todo el año. No tienen puerto, ni pista de aterrizaje, y están rodeadas por grandes placas de hielo la mayor parte del año, por lo que la única vía segura de acceso es mediante helicóptero.

Los pobladores reciben suministros una vez al año a través de un barco carguero que desembarca sus mercancías en pequeñas lanchas durante el verano, mientras el servicio postal se realiza una vez a la semana mediante helicóptero.

Línea internacional del cambio de fecha

Un aspecto llamativo es que la línea internacional del cambio de fecha también pasa entre ellas, de manera que desde la estadounidense Diómedes menor miran al “futuro” y desde Rusia al “hoy”, según la ubicación donde estemos posicionados.

A pesar de la cercanía entre ambas, la diferencia horaria entre ellas es de 21 horas, de manera que cuando en el lado ruso son las 12 del mediodía, cuatro kilómetros al este son las tres de la tarde del día anterior, explica Stephen Blank, del Instituto de Estudios Estratégicos de Estados Unidos.

Por la cercanía entre ambas islas, la hora solar es exactamente la misma, y como están situadas al este del meridiano 180, cuando el mar se congela ambas quedan unidas por el hielo. Y ese diminuto pedazo de océano se convierte en el único lugar del mundo en el que se puede cruzar del ayer al hoy, o del hoy al mañana, a pie.

Actualmente existen varios costosos proyectos para construir un túnel o un puente entre los dos continentes, que tendrían como punto fundamental de cruce estas extraordinarias islas y cubrirían los 80 kilómetros que separan a los dos continentes gigantes allí, en la cima del mundo.

En caso que finalmente se llegara a realizar algún día esa obra maestra de la ingeniería civil, sería posible dar la vuelta al planeta por carretera y cruzar por uno de los lugares más inexplorados, atractivos y vírgenes de nuestro planeta.

* Jefe del Departamento de Difusión de Prensa Latina.