La Paz, (PL).- Para su poblador más común, La Paz o Nuestra Señora de La Paz (nombre oficial), no sólo es la sede de gobierno y la Asamblea Plurinacional de Bolivia, es más bien la ciudad de las cuatro estaciones. Para el autor de estas líneas, quien desanda sus calles hace más de un lustro, no hay mayor verdad que esa aseveración.

Lo cierto es que en cualquier época del año, usted puede encontrar de mañana temprano a la primavera, después el calor veraniego, luego el otoño y en la noche-madrugada el más cruel de los inviernos, por las bajas temperaturas.

Por eso, los paceños suelen salir de sus hogares al trabajo o al paseo con abrigos de todo tipo y el tradicional paraguas. No hacerlo implica enfrentar los embates climáticos más insospechados sin otra defensa que el cuerpo o la resignación misma.

Pero La Paz, fundada en 1548 por Alonso de Mendoza en la altiplánica localidad de Laja, como punto de descanso entre el tránsito Potosí y Cusco, es también una ciudad con características únicas.

Calles empinadas que parecen trepar al cielo contrastan con amplias avenidas ondulantes que unen todos sus puntos. Ahora en 2011 surgieron sus nuevos tres Puentes Trillizos que enlazan de manera mágica a sus cerros más empinados.

En La Paz lo tradicional y lo moderno se mezclan, así como la diversidad étnica y cultural de su población.

Una muestra es la antológica Plaza Murillo, corazón de esa urbe, donde radica el kilómetro cero -en su esquina sur- y está rodeada de las edificaciones sedes del Gobierno y el parlamento (monumentos nacionales), así como de la cancillería y la Catedral de La Paz.

Para el visitante foráneo, La Paz es también el callejón de Jaén, otrora Kaurd Kancha o mercado de llamas, y ahora suerte de museo viviente en el que confluyen pasado y presente.

Cada piedra recuerda los tiempos en que mercaderes de distintas regiones realizaban en ella la compra y venta de animales típicos del altiplano boliviano, pese a la cantidad de museos instalados a ambos lados.

Y es que la conocida en estos tiempos como calle Apolinar Jaén -en honor al orureño que alentó la lucha liberadora en los pueblos negros de Yungas contra el dominio colonial español- terminó copada por personajes de total renombre en la sociedad mestiza como Pedro Domingo Murillo.

La antigua casa del prócer de la independencia boliviana devino uno de los tantos museos que atraen a millares de visitantes extranjeros, nacionales y escolares al callejón, que se inicia en la calle Indaburo y desemboca en la de Sucre.

Jaén, corta por su longitud, es enorme por el incalculable contenido histórico que acumula.

Algunos comienzan el recorrido desde el parque Riosinho y voltean la vista hacia la puerta del Museo de Instrumentos Musicales de Bolivia, creado en 1962 y en el cual radica el Teatro del Charango.

Un poco más allá, el Museo Etnocultural hechiza con las evidencias que conserva de la heterogeneidad distintiva de los pobladores de este territorio andino-amazónico, en tanto el Museo de Metales Preciosos o del Oro permite transitar por la historia monetaria.

El domicilio donde está enclavado este último perteneció al compañero de Murillo en la Revolución de 1809, cuyo nombre tomó la calle, y guarda piezas realizadas en oro, plata, cobre, bronce y cerámica de las culturas aymara, mollo, wankarani, tiwanaku, chiripa e inca.

Pero La Paz es también el Lago Sagrado de los Incas, o Titicaca, un cuerpo de agua ubicado en la meseta del Collao en los Andes Centrales a una altura promedio de tres mil 812 metros sobre el nivel del mar entre los territorios de Bolivia y Perú.

Es el embalse navegable más alto del mundo y ocupa el puesto 19 a nivel mundial en superficie, con unos ocho mil 562 kilómetros cuadrados y una profundidad máxima de 281 metros.

El lago es alimentado por los glaciares de las cordilleras de Apolobamba y de La Paz. Junto a la ribera norte del Titicaca se yerguen majestuosos los colosales picos, eternamente nevados, de los Andes bolivianos.

Otro de los lugares más atractivos de La Paz es su nevado Illimani (águila dorada, en lengua aymara), cuyos seis mil 462 metros de altura le permite ser divisado desde cualquier parte de la ciudad.

El macizo montañoso tiene ocho kilómetros de longitud y cuatro cumbres sobrepasan los seis mil metros de altura.

Orgullo de los paceños es también el sitio arqueológico Tiwanaku, ubicado en el altiplano en la margen oriental del río del mismo nombre.

Tiwanaku fue el centro de la civilización tiahuanacota, una cultura preincaica que basaba su economía en la agricultura y la ganadería, y que abarcó los territorios de la meseta del Collao, entre el occidente de Bolivia, el norte de Chile y el sur del Perú, y que irradió su influencia tecnológica y religiosa hacia otras civilizaciones contemporáneas a ella.

La ciudad de Tiwanaku se caracteriza por su arquitectura decorada con relieves y planos incisos colocados sobre estelas; está compuesta por siete construcciones arquitectónicas importantes: Kalasasaya, Templete Semisubterráneo, Pirámide de Akapana, Portada del Sol y Puma Punku.

El Imperio Tiwanaku, la cultura más longeva de Suramérica, sobre cuya zona andina se expandió, desapareció, dice la tesis mejor sentada, a causa de una sequía secular que redujo hasta cinco veces el tamaño el Gran Lago Minchín o Ballivián, dejándolo en los límites en que se circunscribe el Lago Titicaca, que comparten actualmente Bolivia y Perú.

Según el último censo de 2001, la población de La Paz asciende a poco más de 900 mil habitantes en toda el área metropolitana.

El centro de la ciudad está aproximadamente a tres mil 650 metros sobre el nivel del mar y forma —junto con la ciudad de El Alto—, el segundo núcleo urbano más grande y poblado de Bolivia.

El nombre completo designado por los conquistadores españoles fue Nuestra Señora de La Paz, constituyéndose en la tercera ciudad después de Sucre (1538) y Potosí (1545).

Su nombre conmemora la restauración de la paz después de la guerra civil que siguió a la insurrección de Gonzalo Pizarro contra Blasco Núñez Vela, primer virrey de Perú.

La Paz se levanta el 16 de julio de 1809, con Pedro Domingo Murillo y otros mártires locales contra el imperio español e instaura el primer gobierno libre de Hispanoamérica, formando una Junta Tuitiva el 22 de julio de 1809.

Tras la guerra federal de 1898 – 1899, La Paz asumió de facto la sede de gobierno (poderes ejecutivo y legislativo). La contienda enfrentó a Liberales del norte, contra Conservadores del sur.

De acuerdo con la directora de Patrimonio del municipio paceño, Ximena Pacheco, se trabaja en un Plan de Rehabilitación de Áreas Históricas, que comprende 25 conjuntos de inmuebles de valor patrimonial en diferentes zonas de La Paz.

* El autor es corresponsal jefe de Prensa Latina en Bolivia.