La Habana (PL).- Desde 2001 Somalia figura, junto a Libia, Siria, Irán y Sudán, en una lista de siete países hacia donde Estados Unidos dirigiría una intervención militar. Así lo informó el general retirado Wesley Clark, ex comandante supremo de la Organización del Tratado Atlántico Norte (OTAN) durante la guerra de Kosovo, a la periodista Amy Goodman en una entrevista publicada en Democracy Now, en 2007.

Informaciones más recientes señalan que el Gobierno Federal de Transición (GFT) de Somalia desestimó reportes del grupo de derechos humanos británico Reprieve, sobre un supuesto centro de detención clandestino asesorado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en Mogadiscio, la capital. Pero, añadió el despacho de prensa, reconoció la ayuda estadounidense para “mejorar la situación de seguridad en el país”.

El origen de la crisis humanitaria de Somalia, ahora ante una feroz sequía, está en la guerra civil por más de dos décadas con encontronazos entre 21 facciones tribales, entre ellas las Cortes Islámicas y Al Chabab. La segmentación del país, en gobiernos autónomos y estados independientes, junto a la inoperancia del mando central, siempre de transición y elegido bajo la égida de Estados Unidos y Occidente, marcan también la crisis actual y la difícil salida del oscuro callejón.

La anarquía somalí actual se remonta al choque entre adeptos y contrarios al derrocado presidente Siad Barre en 1991, que a la larga provocó la intervención de la Organización de Naciones Unidas (ONU) para un llamado al orden y una supuesta ayuda. A esa instancia fue formada la Unitaf, una coalición de fuerzas de paz de unos 28 mil efectivos, lideradas por Estados Unidos, y justificó la entrada a Somalia de “tropas humanitarias” entre 1993 y 1995.

Sin perder tiempo, durante los dos años del “apoyo”, las compañías norteamericanas Conoco, Amoco, Chevron y Phillips recibieron derechos de exploración petrolera sobre dos tercios del territorio somalí.

Algunas fuentes comentan cómo Conoco cedió sus oficinas corporativas en Mogadiscio a la embajada estadounidense previo al desembarco de los marines, devenida sede temporal del primer enviado especial de la administración de George W. Bush.

La treintena de norteamericanos muertos en la contienda, la mayoría en la llamada Batalla de Mogadiscio, apuntan algunas fuentes, provocaron la retirada, calificada como desastrosa, de las tropas de Estados Unidos en marzo de 1995.

De aquel chasco bélico trata la película norteamericana Black Hawk Down (La caída del Halcón Negro), una especie de evidencia de la soberbia de una potencia ante un adversario supuestamente inferior.

La responsabilidad por la inexistencia de un Estado somalí recae en el gobierno estadounidense, a juicio del especialista en geopolítica del mundo árabe Mohamed Hassan, en una entrevista a Pueblos, revista de información y debate.

La política de esa potencia priva a Somalia de un verdadero gobierno; es la vieja estrategia de establecer administraciones débiles y divididas para poder tirar mejor de sus hilos, señaló.

El Estado colapsó en 1990 ante conflictos bélicos, el hambre y los saqueos, y Estados Unidos, dijo Hassan, que unos años antes descubrió reservas de petróleo en el país, lanzó la Operación Restore Hope (Restablecer la esperanza) en 1992.

Fue la primera intervención de marines estadounidenses en África para tratar de tomar el control de un país, y también la primera incursión bélica en nombre de la injerencia humanitaria.

La explotación del petróleo somalí, según Hassan, es un objetivo a largo plazo; las reservas están allí y pueden esperar, mientras trata de impedir a otras potencias competidoras tomar ventajas.

Transcurrido casi 20 años, el escenario de desolación y guerra es el mismo.”¿Por qué, aparte de la acusación sólo ligeramente documentada de extremismo islámico en Chabab, vuelve Estados Unidos a involucrarse en Somalia en este momento?” La pregunta fue retomada por el sitio digital Voltaire y realizada por el último embajador estadounidense en Somalia (1994-1995), Daniel H. Simpson, en una columna para el Pittsburgh Post-Gazette el 10 de marzo de 2010.

Entonces respondió que, en parte, “porque Estados Unidos tiene su única base en África, en Djibouti, la antigua Somalilandia Francesa, en la costa relativamente cerca de Mogadiscio”.

El Mando África de Estados Unidos (USAFRICOM o AFRICOM) fue establecido allí en 2008 y, ante la falta de disposición de otros países africanos a fin de recibirlo, la base en Djibouti se convirtió en el centro de operaciones para las tropas y los cazabombarderos estadounidenses en ese continente, señaló Voltaire.

Desde entonces, preserva los intereses estadounidenses en la región, es decir, controla las riquezas naturales y minerales, e influye en las decisiones políticas de los gobiernos locales. Necesita ocupar una posición hegemónica en África, muy rica en materias primas.

Según dijo Hassan en una entrevista publicada en el sitio web Rebelión, en el Indico, el arco del Islam, que va desde Somalia hasta Indonesia, pasando por los países del Golfo y Asia Central, está el nuevo centro estratégico del planeta. Por esa zona pasa el 70 por ciento del petróleo mundial; además el 90 por ciento del comercio del orbe se realiza en barcos contenedores y por el Índico trafican la mitad de ellos.

La ubicación de Somalia, con algo más de tres mil 300 kilómetros de costa africana y frente al golfo Arábigo y al estrecho de Ormuz, dos centros neurálgicos de la economía de la región, explica las pretensiones de occidente en este país del Cuerno Africano.

Con una excelente posición geográfica, petróleo y minerales, pudo ser una potencia regional, pero fenece por hambre, enfermedades, guerras y piraterías bajo un gobierno de facto pronorteamericano.

Somalia, la incitación a la violencia

La organización radical islámica somalí Al Chabab (La Juventud) cambió su nombre por Imaarah Islamiya (Autoridad Islámica), pues muchos de sus integrantes ya son adultos y la dirección insurgente decidió el rebautizo. Junto al nuevo nombre refuerzan el rechazo al Gobierno Federal de Transición (GFT) por inadecuado para los musulmanes, y a Occidente, enemigo de Alá, al cual “todos los somalíes están obligados a combatir”, dijeron en un comunicado difundido por Somalia Report.

El ahora Imaarah Islamiya insiste en prohibiciones como el consumo de alcohol y de cualquier tipo de drogas, incluido el tabaco o el khat, en las zonas controladas por el grupo fundamentalista.

Los soldados kenianos que combaten hace dos meses a esa milicia pasaron a formar parte de las fuerzas de pacificación de la Unión Africana (Amisom), sustentada por la ONU y compuesta por nueve mil soldados ugandeses y burundeses.

Muchas denuncias de abusos y muertes de inocentes apuntan al grupo ahora llamado Autoridad Islámica, pero también a efectivos del GFT, a Amisom, y a las milicias locales respaldadas por países vecinos. Todos ellos decididos a matar a esa milicia, con supuestos vínculos con la red terrorista Al Qaeda, y acusada del secuestro de colaboradores europeos en suelo keniano, versión desmentida por los insurgentes.

Las tropas en conflicto han empleado artillería en la capital, Mogadiscio, en tanto el grupo islámico responde con disparos de morteros desde zonas densamente pobladas. Fuerzas del GFT y Amisom repelen a los insurgentes con contraataques indiscriminados, mientras la población huye despavorida.

Autoridad Islámica está culpada de reclutar a niños y jóvenes por la fuerza y de impedir la entrada de ayuda humanitaria a los residentes en la extensa zona bajo su control.

Esa milicia confiesa ser contraria a todo cuanto huela a Occidente, por tanto repele la ayuda humanitaria, y está empecinada en instaurar en el país un gobierno ultraortodoxo, esencialmente confesional.

Para el especialista en geopolítica del mundo árabe Mohamed Hassán, éste y otros grupos islámicos quieren derrocar al ocupante extranjero y procurar una reconciliación nacional del pueblo somalí.

El GFT, reconocido como proestadounidense, está acusado también de detenciones arbitrarias, de ataques indiscriminados y respuestas inusitadas a agresiones, sin reparar en daño a los civiles.

Estados Unidos, la Unión Europea y Naciones Unidas apoyan al gobierno de Sharif Sheikh Ahmed, el duodécimo mandatario en esa nación del Cuerno Africano, y poco hacen para frenar los abusos.

Entre versiones difíciles de dirimir de atacantes y atacados, y mientras unos y otros en fuego cruzado defienden sus posiciones de poder, miles de niños, mujeres y ancianos mueren de hambre, sed y enfermedades, víctimas de una gran tragedia humana.

Temprano fue el llamado de organizaciones humanitarias para ayudar a atenuar la catástrofe frente a previsibles bajísimos niveles de lluvias que se avecinaban sobre Somalia y el resto de los países del Cuerno Africano.

La alerta de una gran sequía fue dada, pero la gente moría y muchos se desentendían de la tragedia. Estados Unidos, por ejemplo, entre 2008 y 2010 redujo su asistencia humanitaria a Somalia en un 90 por ciento, y solo avanzada la hambruna desembolsó una ayuda.

Somalia necesita alimentos, agua, pero le urge paz, el cese de la violencia y un retorno a la armonía capaz de asegurarla la autosuficiencia alimentaria de años atrás, arrebatada por la guerra y las políticas hegemónicas que la prefieren hundida en el caos.

La intervención militar en Somalia

La respuesta militar de los países del Cuerno Africano al deterioro de la situación somalí recuerda una máxima muy empleada en el esplendor del anarquismo: cuanto peor, tanto mejor, contrasentido que en política rinde dividendos.

Africa asume hoy que la paz y la seguridad son categorías irremplazables en el destino continental, donde -sin embargo- por momentos se pierde la prudencia y se tira del gatillo para solucionar conflictos de cualquier envergadura o latentes en la turbulencias étnicas y confesionales.

Tras dos décadas de maniobras políticas, disputas por el poder, connivencia delictiva y de un vacío institucional, parece que la decisión bélica subregional completará el declive de Somalia, hoy, además, presa de un hambre atroz.

Así de compleja es la situación allí, adonde acudieron tropas de cuatro países para enfrentar a la organización radical Al Chabab, cuyo objetivo va más allá del cambio de gobierno y la imposición de una nueva autoridad pues -según sus fundamentos- lo válido es destruir al actual tipo de Estado para dar paso a una teocracia.

No obstante, el proceso en cuestión no se ciñe sólo a un dilema de actualización institucional: las razones proceden ante todo del momento en la zona, donde las contiendas armadas tienden a desaparecer, pero aún persisten para recordar las asimetrías sufridas por Africa, continente rico que se hunde en la pobreza y las disputas.

La intervención militar en Somalia es un hecho que enseña cómo opera ese mecanismo de presión cuando chocan de frente dos orientaciones ideo-políticas diferentes. Esa opción bélica es un fenómeno multidimensional que abarca el interés de los países de la Autoridad Intergubernamental para el Desarrollo (IGAD), los cuales afinan con los de la Unión Africana (UA), con los del vecino etíope, con los leales al Gobierno Federal de Transición (GFT) y los clanes políticos.

Los participantes en el conflicto intentan delinear el modelo que sucederá a los cambios previstos tras la crisis en ese espacio sumido en el caos desde 1991, cuando fue derrocada, por coaliciones insurgentes, la administración del general Mohamed Siad Barre, quien sobresalió por sus malabares gubernamentales y arruinó al país.

Esta historia porta actualmente violencia, venganza y miseria propias de una guerra intermitente, en la cual victorias y derrotas tienen perfiles borrosos. Lo novedoso es que ahora contra Al Chabab han operado con independencia relativa fuerzas etíopes, burundesas, ugandesas y kenianas.

Antes, el panorama -que la prensa calificó de guerra civil- era muy distinto pues presentaba a la organización radical islámica enfrentada al GTF y no era todo un poderoso músculo militar experimentado y con sobresalientes avales bélicos, respaldado por Occidente, como ahora acontece.

La IGAD confecciona un escenario favorable al gobierno de tránsito, para que funcione y posea legitimidad en un ámbito en el cual la hegemonía radical de la Unión de las Cortes Islámicas (UCI) se impuso por la fuerza, aunque también dio pasos a través de las acciones civiles a fin de reponer las instituciones de derecho.

El proyecto de Estado impulsado por la Autoridad Intergubernamental para el Desarrollo resistió hasta donde pudo y esencial para ello fue el apoyo de Etiopía a clanes relacionados con el entonces presidente de la transición y señor de la guerra Abdulahi Yusuf Mohamed, hombre fuerte del Puntland.

Después fue el actual jefe del GFT, Sharif Sheik Ahmed, considerado un político moderado, aunque fue líder de Alianza para la Re-liberación de Somalia (ARS), que operaba en el seno de la UCI, predecesora de la organización Al Chabab.

La Alianza y el Gobierno Federal firmaron un pacto en octubre de 2008 y en 2009, Sheik Ahmed logró vencer en un proceso electoral a Maslah Mohamed Siad, hijo de Mohamed Siad Barre, con lo cual se colocó al frente de la estructura estatal, que a los efectos de la práctica política actual es invisible.

Todos los esfuerzos por restablecer la estructura estatal, que marcaron la década pasada pese a las contradicciones propias de la convivencia nacional, se perdieron y con eso se alejaron del horizonte los objetivos más positivos.

La destrucción que se atestigua, sin embargo, es un anuncio de cambios tanto en ese país dividido y amenazado como en toda la región oriental africana, donde poseen el mismo significado los términos seguridad y estabilidad, aunque pueden interpretarse de manera distinta en el momento de resolver un conflicto.

Así, la reciente intervención militar keniana se vincula con la reacción del país a los secuestros de extranjeros en la zona fronteriza con Somalia y por los que el gobierno de Mwai Kibaki culpa a Al Chabab, que se distanció de esos raptos, en su mayoría de cooperantes de grupos u organismos humanitarios, un tema de seguridad nacional.

Los soldados kenianos entraron el 16 de octubre en el sur de Somalia, como apoyo aéreo, pero después se intensificaron las acciones, lo cual provocó un incremento en las cifras de muertos y heridos en zonas tales como Afmadow. Nairobi justificó esa intervención sin precedente con una serie de secuestros de europeos cometidos en su territorio, atribuidos a la organización somalí.

El empleo de la fuerza por el ejército extranjero en esta etapa converge con otras acciones de guerra contra Al Chabab, como fueron las ofensivas de la Misión de la Unión Africana (Amisom) en Mogadiscio.

En la actual operación contra Al Chabab participa Estados Unidos, que la asocia a su guerra global contra el terrorismo, pero, además a su interés de establecer un comando continental con tareas y soldados africanos que el Pentágono pueda teledirigir, sin correr el riesgo de la fracasada misión Restaurar la Esperanza de 1992-1993.

Después de establecer bases de aviones robot (drones) en la subregión, el paso siguiente fue emplearlos contra la población somalí: seis personas murieron y 70 sufrieron heridas en el más reciente ataque perpetrado por esas naves estadounidenses contra la ciudad portuaria de Kismaayo, al sur de Mogadiscio, describió Press TV.

Muchos civiles, la mayoría de ellos mujeres y niños, huían en busca de refugio. También varios buques de guerra, pertenecientes a las fuerzas francesas, bombardearon algunos puntos de las costas de Somalia.

Los barcos dispararon 20 misiles pesados contra la ciudad de Kuda y el puerto de Kismaayo, donde por lo menos cuatro impactaron y otros seis fueron contra aquella localidad, lo cual demuestra que París está involucrado seriamente en este proceso.

“Francia ha movilizado sus fuerzas hacia Kenia, cruzando la frontera hasta Somalia, para iniciar una batalla contra el grupo extremista Al Chabab”, afirmó una fuente citada por Press TV.

El presidente somalí, Sharif Cheikh Ahmed, denunció la intervención militar keniana y dio a entender que esa operación fue lanzada sin su consentimiento. “Kenia aceptó apoyar a las fuerzas somalíes desde el punto de vista logístico, pero jamás permitiremos supuestas intervenciones externas”, expresó.

Dos días después del inicio de la ofensiva, los ministros de Defensa de Kenia y Somalia firmaron un acuerdo de cooperación para las operaciones militares y de seguridad, que limitaba la intervención a la región de Baja Juba (sur).

* Periodistas de la Redacción África y Medio Oriente de Prensa Latina.