Se entiende en psicoanálisis que laregresiónes unmecanismo de defensapsíquicoconsistente en la vuelta a un nivel anterior del desarrollo del sujeto. Puede observarse levemente en pacientes con una enfermedad médica. Desde el punto de vista delpsicoanálisis,Laplanchelo definen de la siguiente manera: Dentro de un proceso psíquico que comporta una trayectoria o un desarrollo, se designa por regresión un retorno en sentido inverso, a partir de un punto ya alcanzado, hasta otro situado anteriormente.

Considerada en sentidotópico, la regresión se efectúa, según Freud, a lo largo de una sucesión de sistemas psíquicos que la excitación recorre normalmente según una dirección determinada. En sentidotemporal, la regresión supone una sucesión genética y designa el retorno del sujeto a etapas superadas de su desarrollo (fases libidinales, relaciones de objeto, identificaciones, etc.).En sentidoformal, la regresión designa el paso a modos de expresión y de comportamiento de un nivel inferior, desde el punto de vista de la complejidad, de la estructuración y de la diferenciación. (1)

¿Qué podemos decir de lo que podríamos llamar regresiones políticas? Se trata de retornos, de vueltas hacia atrás, a etapas supuestamente superadas. Cuando se dice que este es un tema superado y, sin embargo, después de un corto tiempo, se vuelve a lo mismo, a lo superado, como si fuera una problemática insuperable, se puede hablar de regresión, ahora en sentido político, regresión política que no deja de tener vínculos íntimos con las regresiones psicoanalíticas. ¿Cuál es su vinculación? La vinculación se encuentra en la estructura constitutiva del sujeto, que también se la puede considerar estructura de-constitutiva del sujeto, estructura donde se conforma esa relación tan problemática y asombrosa entre lo que llama el psicoanálisis el inconsciente y la consciencia, quizás con la presencia tan ambigua del pre-consciente, que dependiendo de los periodos de las investigaciones de Sigmund Freud, aparece y desaparece de la descripción, es nombrado o deja de serlo. Esta estructura del sujeto o de la escisión del sujeto es la base de nuestras acciones y también del lenguaje, como ha podido constatar Jacques Lacan. El inconsciente reaparece en el lenguaje, es lenguaje en un sentido pleno; lenguaje, lugar privilegiado donde se desplazan las figuras, las metáforas, las metonimias, los símbolos, las alegorías, las significaciones y los sentidos que atormentan al sujeto. (2)

Ahora bien, la política como ámbito de las luchas sociales, está configurada por acciones, discursos, fuerzas, agenciamientos e instituciones, por escenificaciones y dramatismos, por violencias y por suspensiones, por la excepcionalidad del Estado. En la política nos encontramos con conductas y comportamientos, que son como textos, que terminan tejiendo sentidos o sin-sentidos. Es indispensable descifrar la política a partir de la lectura de estos eventos y acontecimientos, pero también de sus síntomas. Llaman la atención determinados síntomas no solamente de la política sino también de los políticos, de lo que podríamos llamar la clase política. Hay algunos que llaman sobre todo la atención debido a que terminan mostrando, develando, las composiciones complejas de la subjetividad. Vamos a detenernos en algunos síntomas que pueden obligarnos a hacer interpretaciones y análisis de esos síntomas.

Uno de esos síntomas tiene que ver con la predestinación; los políticos, sobre todo, los que ocupan los cargos más altos del gobierno, se consideran predestinados. Nacieron para esos puestos, son anteladamente los personajes de una historia ya escrita. Por lo tanto, de manera casi inmediata y evidente terminan siendo los actores de esos papeles pre-establecidos. Los políticos actúan. Estamos ante el teatro político, en su sentido amplio de la palabra, no solo como escena sino como sustitución de lo que llamaremos, por razones de síntesis, la “realidad”, quizás mejor, recurriendo al sentido que le atribuye el psicoanálisis, “lo real”. Los políticos son actores al extremo que viven el dramatismo de sus papeles de manera consecuente, se casan con el guión, con los desenlaces de la trama, incluso si este desenlace los lleva a la muerte. Se pueden entender entonces representaciones agudas como eso de las que Yo soy el Estado o todas las frases parecidas. Yo cargo, mi cuerpo carga, con el peso del Estado; Yo soy el soberano, podríamos decir incluso, Yo soy la soberanía misma. Esto nos puede llevar a extremos, Yo soy la ideología, Yo soy el programa, Yo soy la estrategia, Yo soy el pueblo. Esto es la majestad, la excelencia, lo que se encuentra más allá, sobre los mortales. Que exige la inmediata legitimación, el reconocimiento del origen mismo de la legalidad, que es la mismísima violencia; la comprensión de sus actos por parte de todos aunque sus actos sean incomprensibles.

Visto desde esta perspectiva, podemos decir que esta actuación vivida, este protagonismo del político es un síntoma de una profunda violencia de la representación contra los representados. La confianza, la delegación de los representados al representante, deviene en esa figura alucinante del soberano, que condensa la voluntad de todos, pero también el destino de todos, que termina como monopolio político, termina en manos del gobernante. En este sentido, es extraño el sistema democrático representativo; la re-presentación no sólo es una repetición de la presencia del representado, sino un diferimiento, una diferencia, una separación, y por este camino una represión del propio representado. Este monopolio de la representación es de por sí una violencia, empero legitimada por el mismo acto electoral. La clase política es una clase que se reproduce por el mecanismo de esta diferencia, de este diferimiento, de esta delegación. La confianza se convierte en una otorgación de poder. Estructura de poder que mantiene en la subordinación a los representados.

Por eso tiene sentido emancipatorio el planteamiento de la democracia participativa, forma de democracia que intenta romper el monopolio del ejercicio de la representación en el representante, que busca retrotraer la política a sus orígenes, si nos dejan usar este término, a la suspensión de los mecanismos de dominación, a las luchas por la igualdad, por la igualación, por el consenso, por la deliberación y la decisión colectiva. Hay plena conciencia del significado del ejercicio efectivo de la democracia, como gobierno del pueblo, ejercido por el pueblo, como gobierno popular, ejercido por la acción y deliberación del pueblo. De lo que se trata es arrancarle a la clase política el monopolio no sólo de la representación sino de la propia decisión política, del ejercicio de las políticas públicas. Podríamos decir también que se trata de sacar del escenario a la política, de-volverla al público.

El anterior síntoma nos lleva a otro monopolio, el monopolio de la verdad, que puede expresarse en una creencia del político; Yo soy la verdad, Yo digo la verdad, los demás dicen mentiras, son falsos, sobre todo cuando hacen críticas al poder, a los poderosos, al gobierno. Esta situación parece confirmar esa hipótesis de Michel Foucault de que la verdad es producto del poder. El poder no acepta críticas, no acepta que se cuestione su legitimidad, menos su legalidad; no acepta que se cuestione su versión de los hechos. Esto es una conspiración, una conspiración contra el orden, el orden de las cosas, el orden del discurso, el orden institucional. El poder no es crítico, no acepta la crítica; es mas bien dogmático.

Pero hay más síntomas; otro síntoma es esa creencia de los políticos de que el poder no puede ser derrotado; el poder es absolutamente victorioso, es la victoria en sí. Nadie derrota al poder; el poder es invencible. Incluso cuando es evidentemente derrotado, la derrota no se la acepta. Es una invención de los otros, de los conspiradores, de los que no quieren el orden, el progreso, el desarrollo, los otros, que aparecen como agentes de fuerzas externas, que atentan contra la integridad del Estado. Esta condición psicológica, esta creencia en la invencibilidad del poder se mantiene obsesivamente, sobresaliendo su contraste dramáticamente sobre todo en los momentos de crisis.

Hay pues una patología, un cuadro patológico, digno de análisis detenido. La anterior creencia se sustenta en otra que más o menos se puede expresar del modo siguiente: El poder lo puede todo, por eso es poder. Puede cambiar todo, incluso la realidad. El poder es todo poderoso. Una derrota política puede ser revertida por la astucia del poder, que, obviamente no se parece a la astucia de la razón. La astucia del poder es el recurso del engaño, no sólo en el sentido del disfraz, del encubrimiento, de la manipulación, sino también en el sentido perturbador de invertir el sentido del desenlace: Yo te he hecho creer que venciste, emplee la estrategia envolvente, te di aparentemente una victoria para atraparte, para rodearte y después derrotarte. Tú crees que has vencido; te equivocas, has sido engañado.

Otro síntoma, tiene que ver con otra creencia; siempre vamos por buen camino, aunque parezca lo contrario. Pues el camino puede ser más largo de lo que se ha creído, el camino puede ser una curva demasiada curvada, incluso un laberinto; empero siempre estamos pos buen camino. Los otros caminos, sobre todo los directos, son utopías, no están en ninguna parte. Por lo tanto no son caminos. El camino es el que hace viable el poder, aunque tenga que contradecir a la Constitución, aunque tenga que contradecir a los postulados iniciales, aunque tenga que restaurar lo viejo. Este es un buen camino por que es el camino posible. No importa, que se encuentre muchos obstáculos, muchas piedras, no importa que circunde los barrancos y nos ponga en peligro de desbarrancarnos, lo importante es que hay camino, camino trazado por los que gobiernan, por lo tanto por los que saben qué se puede hacer.

Sin embargo, toda esta patología, toda esta sintomatología, no podría darse o explicarse, si el poder no contara con un público seducido o completamente supeditado, por lo tanto sometido. Hablamos de esa parte del público que cree en la función, que cree en el dramatismo del teatro político, que está tan metido, se encuentra tan atento en el desenvolvimiento de los papeles, que termina convencido que esa, la representada, es la única realidad. No hay otra. La otra es un invento de los conspiradores. Este público atrapado en las redes del poder, en la telaraña del poder, este publico convencido de la versión oficial, tiene un núcleo duro; este es el entorno de aduladores, los modernos cortesanos del poder, los que rinden pleitesía al poder, los que se encargan de ejecutar la ceremonialidad del poder, los que aplauden. Este núcleo duro es como el espejo del poder; el poder se ve en ese espejo, se ve confirmado, se encuentra verificado. Sus verdades se repiten conmovedoramente en los asentimientos de esta muchedumbre dócil.

Entre el público espejo del poder no solamente están los aduladores, los “llunkus”, sino también los que se apegan al poder por conveniencia, por interés, por cálculo, porque usan el poder en propio beneficio. Este estrato del público y ejecutor del poder es el extremo del pragmatismo; el poder sirve para eso, para aprovecharlo, para usarlo para el enriquecimiento personal. También el poder sirve para la prebenda. El sentido extremo del pragmatismo del poder está ahí, en el uso clientelar y prebendal del poder, en el tejido de las redes paralelas, en el gobierno paralelo de la economía política del chantaje. Por lo tanto si el poder es útil en este sentido, es lo que hay que defender a toda costa, no porque coincide con una versión, con un discurso, con la propaganda y la publicidad, sino porque coincide con mis intereses.

El ámbito expansivo de la corrosión, de la perturbación, de la prevención, de la morbosidad del poder, de la conformación de los paralelismos a la formalidad de la institucionalidad, del despliegue desbordante de la economía política del chantaje, abarca al aparato del Estado, cubre a las gestiones de gobierno, lo abraza fogosamente comprometiendo deformaciones adulteradas. Todo esto ocurre a tal punto que ya no se sabe cuál es el lugar donde se instala el poder, el institucional o el efectivo. La carta de presentación o el lugar de los hechos. ¿Dónde está la realidad del poder? ¿En los grupos palaciegos o en las catervas? ¿En ambos? ¿Hay complicidad? ¿Se complementan? Ahora bien, estas dos instancias del poder parecen gemelas; ¿cuál de las gemelas domina? ¿Una puede con la otra o están condenadas irremediablemente a vivir juntas? Responder a estas preguntas es indispensable sobre todo cuando se dice que se está en lucha contra la corrupción.

Otra constatación sintomática de la forma personificada del poder, de la persona política por excelencia, del gobernante, es su completo aislamiento y su deslumbrante soledad. ¿Cómo ocurre esto? Uno esperaría lo contrario, que las personas que ejercen poder, el poder político, el ejercicio de gobierno, sean más bien las que se encuentren en más contacto, más rodeadas, más acompañadas, menos solas. Lo que ocurre es paradójico, pues precisamente son las compañías de la persona del poder las que terminan aislándolo, las que convierten su lugar en lugar sagrado, intocable, intangible, no accesible. Son la propia ceremonialidad del poder y es la propia maquinaria del poder las que terminan aislando a la personificación presidencial de la soberanía. Se da lugar no sólo una separación sino una aislación, un retiro, un distanciamiento político de la realidad. Un abandono completo al imaginario del poder. Se vive el laberinto ficticio; el poder se encierra en su propia imaginación placentera, en las significaciones construidas, en la narrativa de su propia propaganda. En este sentido, se puede decir que el personaje político por excelencia, el gobernante es también un narciso, se enamora de sí mismo, de sus glorias cantadas por sus entornos, aduladores y por los mismos pragmáticos que merodean en los espacios de realización y de gestión del poder. La persona suprema de la soberanía, de la representación de la soberanía, del ejercicio de la soberanía, es la persona que menos sabe lo que pasa.

En la historia reciente del proceso boliviano hay una abrumadora secuencia de hechos que patentizan esta sintomatología política, sobre todo cuando hablamos de las gestiones de gobierno. La mantención del Estado-nación, de sus formas liberales; la repetición de la forma de gobierno, las gestiones centralizadas y problemáticas, repitiendo inercialmente sus males, baja gestión, baja ejecución, incongruencias orgánicas, improvisaciones coyunturales, y sobre todo reiteración de los problemas de la gubernamentalidad liberal, gobernar a nombre del pueblo sin poder satisfacer sus demandas. Medidas políticas que deberían ser trascendentales terminan limitadas por las ambigüedades implícitas en su ejecución, entonces llegan a ser intrascendentes. Políticas públicas que no cambian, que administran las viejas normas. Políticas económicas atrapadas en el prejuicio monetarista del equilibrio económico. Medidas de shock al mejor estilo neoliberal.

Inconstitucionalidad en la elaboración de leyes, en las acciones de gobierno, sobre todo en la suspensión de los derechos fundamentales, de los derechos de las naciones y pueblos indígenas originarios, de los derechos de la madre tierra. Alejamiento abismal de los objetivos y finalidades de la Constitución, de la construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico, de la economía social y comunitaria, de la conformación autonómica y de la descentralización administrativa política. Incompatibilidad del modelo efectivamente seleccionado y ejecutado, el modelo del capitalismo dependiente, el modelo colonial extractivista, desechando en la práctica el modelo constitucional y de las resoluciones de Tiquipaya, el modelo del vivir bien, alternativo al capitalismo, a la modernidad y al desarrollo; convertido en un modelo ideal.

Notas:

1. Laplanche, Jean. Diccionario de psicoanálisis. Paidós. pp.357.

2. Jacques Lacan dice que Elinconscienteestá estructurado “como” unlenguaje.

* Miembro de Comuna, http://horizontesnomadas.blogspot.com/