Siendo este un fenómeno tan complejo, y teniendo por objetivo esta reflexión ir desde la crisis educativa, a nuestra crisis global y sus alternativas, haremos solamente una breve mención de distintos aspectos de la crisis educativa y de aquella de generación del conocimiento que la acompaña.

Los problemas de la educación en nuestra sociedad actual tienen a nuestro entender un origen temprano. Los grandes cambios producidos por la revolución industrial y sobre todo por la llegada de la sociedad de masas y el desmesurado crecimiento de la población urbana en nuestra cultura a principios del siglo XX, trajeron entre otras consecuencias el quiebre de instituciones sociales tradicionales (familia ampliada, comunidades provinciales, centros cívicos, comunidades religiosas) y el nacimiento de nuevas formas de interrelación social. Si entendemos por educación, -en una definición amplia- al proceso e instituciones por los cuales toda sociedad se encarga de proporcionar a niños y jóvenes las pautas, conocimientos comunes y valores sociales colectivos, vemos que precisamente esas instituciones que colapsaron y tendieron rápidamente a desaparecer, eran las que en la sociedad tradicional cumplían este rol.

Con el progresivo colapso de estas instituciones, la introducción de niños y jóvenes a la sociedad quedó en manos de los sistemas de enseñanza, que hasta aquel entonces, y prácticamente desde la Edad Media, venían encargándose sobre todo de proporcionar a determinados estamentos sociales conocimientos específicos para el desempeño de labores determinadas. Estas instituciones sociales no estaban en capacidad, con sus estructuras, métodos y sistemas, de cumplir con objetivos que las desbordaron. Esto fue percibido tempranamente por diferentes educadores y filósofos, quienes intentaron desarrollar nuevos modelos educativos que pudieran enfrentar la situación. Algunos ejemplos en la larga lista de estos pioneros van desde la temprana María Montessori, pasando por Ovide Decroly o John Dewey, hasta la experiencia de Alexander Neill en Summerhill que tuvo su mayor difusión a fines de los años sesenta.

Mientras fue avanzando el siglo XX, la sociedad de masas naciente se fue transformando en sociedad de consumo, sobre todo luego de terminar la Segunda Guerra Mundial. El progresivo desarrollo del originario sistema de producción capitalista industrial hacia un nuevo sistema que permitiera la producción masiva abastecedora de esa sociedad de consumo, y las modificaciones estructurales que esto produjo en las sociedades de los países centrales (sobre todo en los EUA) implicó también nuevos cambios que dieron una nueva faceta a la crisis educativa. Por ejemplo, la necesidad de disponer de cantidades ingentes de individuos de mayor capacitación para abastecer las necesidades tanto la industria como de los servicios en creciente expansión, fue convirtiendo a las universidades, en fábricas cada vez más estandarizadas productoras de progresivos volúmenes de profesionales técnicos, abandonando su rol (que mantenían desde la edad media) de instituciones sociales creadoras y atesoradoras de conocimiento. En este complejo proceso las universidades fueron perdiendo sobre todo su capacidad de investigación, mientras el capitalismo productivo fue convirtiéndose en las cercanías de los tres cuartos del siglo pasado, en el actual neocapitalismo corporativo. Fueron apareciendo entonces fenómenos actuales que continuaron afectando la educación y el conocimiento.

1. La acumulación de poder y capital trajo el crecimiento en poder y tamaño de las grandes corporaciones, que se han ido transformando en las verdaderas dueñas del planeta, así como el advenimiento de la globalización que intentan imponer. Ellas se fueron haciendo cargo de la investigación y producción de nuevo conocimiento, llevando estas actividades a estar orientadas específicamente al lucro. Las consecuencias han sido muy graves, como por ejemplo el desarrollo desbordado de la tecnología como un fin en sí misma y la pérdida progresiva de la creación de nuevos conocimientos cualitativos (ver Daniel Bell). Hace ya prácticamente más de seis décadas que no se producen descubrimientos fundamentales ni nuevas teorías generales (con consabidas excepciones como la Teoría del Caos o el desarrollo de las Ciencias Sociales). Esta es otra faceta de la crisis general que está relacionada directamente con la educación.

2. Este mismo proceso y el predominio absoluto de la lógica del capital corporativo y el lucro, ha provocado una tendencia hegemónica, sobre todo a partir del predominio mundial desde los años 80 de lo que hemos llamado la propuesta neoliberal, que es la mercantilización de la cultura. Ya no basta con producir bienes de consumo masivo tradicionales, es necesario conseguir nuevos “productos” para ampliar los mercados y las ganancias en su producción y comercialización. Los hechos culturales son estos nuevos “productos”, que por supuesto estarán “elaborados” en forma industrial para su mayor rentabilidad. No solo el conocimiento (que además se protege con un sistema de marcas, patentes y “propiedad intelectual” controlado por las corporaciones) sino todas las demás actividades culturales, como la producción de música o de publicaciones, para no hablar de la producción tanto de las artes más tradicionales como de los lenguajes audiovisuales.

3. Dentro de esa desenfrenada carrera por convertir todos los hechos humanos en mercancías comercializables, el proyecto neoliberal incluye la “privatización” (la conversión de su operación en un negocio en manos de empresas privadas) de todos los servicios sociales. Para ello debe propender a quitar al Estado funciones tradicionales, para así poder manejar los servicios públicos (agua, telecomunicaciones, energía), la Seguridad Social, la Salud Pública, las cárceles, la producción agropecuaria (a través de los transgénicos y los monoculitivos industriales) y por supuesto la educación. Una nueva variable que alimenta la crisis educativa, la conversión de sus instituciones a todo nivel (desde el preescolar al postgrado universitario) en rentables empresas de negocios.

La Crisis global

Baste entonces lo expuesto para apreciar como la crisis sistémica de nuestra educación contemporánea es parte de la crisis general de todo un sistema, que sospechamos que va aún más allá de lo que algunos definen como “crisis del capitalismo” Nuestra sospecha es que estamos viviendo un proceso de quiebre y desmoronamiento que por estar motorizado por lo cultural, más que por lo puramente económico, se refiere a un derrumbe de propuesta civilizatoria. Quien parece estar colapsando, más que el sistema capitalista, es la Cultura Occidental y Cristiana.

Esta civilización que naciera en Europa, y a partir del Renacimiento comenzara una expansión inusitada por el mundo, apoyada en el desarrollo de las ideas racionalistas que llevaron al desarrollo de la ciencia, en el crecimiento desmesurado de una tecnología utilitaria basada en ella, y en la secularización de su cultura, que abandonando la contemplación religiosa promovió el individualismo, el logro y la conquista del mundo; parece estar llegando en este principio del siglo XXI a los límites finales de su crecimiento.

Todo el sistema parece estar desmoronándose. Ya a fines de los años sesenta aparecieron los primeros síntomas. Los movimientos sociales, las protestas, la crisis petrolera, constituyeron los primeros indicios generales y evidentes de que las propuestas que intentaban imponerse al mundo estaban siendo cuestionadas, no solamente desde la periferia, sino desde los mismos países centrales.

La respuesta agresiva por parte del poder establecido, conjuntamente con la caída de la Unión Soviética y el fin de la Guerra Fría, le permitieron al sistema generar la “primavera neoliberal” de los años 80. Habiendo eliminado las resistencias de las décadas anteriores, algunas veces a sangre y fuego como en nuestra Latinoamérica con la imposición en serie de terribles dictaduras militares apoyadas por los poderes centrales, habiendo apagado las protestas en el centro del sistema con un cierto “éxito” del Estado de Bienestar y la ilusión del consumo como panacea de vida impuesta a través de un sistema cada vez más corporativo de medios de comunicación, o promoviendo sangrientas guerras de conquista, durante casi veinte años el mundo pareció encaminarse hacia los anti-paraísos profetizados por “1984” o “Un mundo feliz”, bajo la tutela de una presencia hegemónica y totalizadora.

Las nuevas alternativas

Sin embargo, ya a partir de la última década del Siglo XX, las cosas parecieron tomar otro cariz. Comienzan a aparecer en el panorama global nuevas alternativas, que no solo son ajenas a esa propuesta globalizadora, sino que se le enfrentan con cada vez mayor éxito.

El mundo islámico se va convirtiendo en un problema para el control central. Problemas que van desde la caída del Sha de Irán y el advenimiento del régimen de los Ayatolá, a la sucesión de gobiernos que se han resistido a ser manejados por los intereses de las potencias centrales y las corporaciones transnacionales, algunos de ellos como el de Irak o el de los Talibanes en Afganistán, que fueran apoyados y promovidos por los propios EE.UU. y que se convirtieron en sus opositores u otros como el de Libia (al que hoy se le quiere hacer pagar bien cara su rebeldía) que fueron producto de movimientos nacionalistas propios.

Es bien curioso lo que sucede con el Islam. En el año 1964 tuvimos la oportunidad de escuchar una conferencia del gran historiador británica Arnold Toynbee, en la cual entre otras cosas el decía que la situación de Occidente con el Islam no estaba todavía definida. Que por su conocimiento en el tema, cuando entre dos civilizaciones sucedía lo que aconteció entre estas, que una avasalla a la otra, la historia presentaba tres alternativas posibles: a) La civilización avasallada era absorbida por la otra y desaparecía b) La civilización avasallada conquistaba el alma de su agresora y la impregnaba de sus valores, o c) La civilización avasallada resurgía de sus cenizas y derrotaba a su agresora. Los hechos actuales parecen destacar la última alternativa.

Respecto al Lejano Oriente, lo que en un principio durante los 80 preocupó a Occidente, el desmesurado crecimiento de la capacidad productiva y competitiva de aquellos a los que se llamó los “tigres asiáticos” que sin embargo fue controlado por los poderes centrales a través de una mezcla de presión política y apoderamiento por parte del poder corporativo de las riendas de la producción, hizo eclosión con la explosión de desarrollo industrial y económico de China. Allí emergió entonces quien es hoy la nación que parece estar comandando los destinos económicos del planeta. Que el motor principal que produjo este fenómeno es cultural, no es difícil de apreciar. A pesar de que las corporaciones se han instalado en China, el control económico sigue en manos de su gobierno. Y no es ninguna casualidad, que una misma nación haya producido en dos épocas diferentes, con distintas tecnologías y con regímenes políticos distintos las dos únicas obras humanas que pueden verse a simple vista desde el espacio (La Gran Muralla y la Represa de las Tres Gargantas), el secreto parece estar en sus características sociales y culturales.

Y finalmente, lo que nos toca más de cerca y de lo cual somos protagonistas, es el nuevo rol que está empezando a desempeñar nuestra región latinoamericana en el contexto internacional. En los últimos tiempos nos hemos convertido de aquellos que Mao Tsé Tung llamara “el patio trasero del imperialismo”, en un conjunto de naciones que comienzan a orientarse hacia una nueva forma de vida, con una visión integracionista que rescata los sueños de las gestas independentistas de hace doscientos años y de los hombres que las llevaron adelante. No es necesario exponer aquí lo que hoy para nosotros es noticia cotidiana de este proceso, basta con mencionarlo como una de las nuevas perspectivas.

Y el escenario final que estamos viviendo tiene sobre todo que ver con el resquebrajamiento del sistema económico-financiero que intenta controlar el planeta. A partir de la crisis financiera que comenzara en los Estados Unidos en el 2006 con el estallido de la “burbuja hipotecaria”, una progresiva espiral decreciente parece ir marcando la caída del sistema, que había llegado a absurdos tales como que más del 70% del dinero que se generaba provenía no de lo producido sino de la pura especulación, o de una concentración de capital que hace que por ejemplo el 1% de la población mundial maneje casi la mitad del capital global. A pesar de todos los esfuerzos hechos por los gobiernos centrales para detener esta caída, ella se ha ido convirtiendo ya en casi una década en indetenible. Claro que mientras tanto todo parece colapsar, las grandes corporaciones son financiadas por esos gobiernos y presentan unos márgenes de ganancias cada vez más disparatados.

Esto está acompañado por la progresiva aparición de movimientos sociales que convulsionan el ámbito internacional. No sólo lo que se ha dado en llamar la “primavera árabe”, donde las protestas masivas en Medio Oriente y el Magreb no sólo han tumbado varios gobiernos tradicionalmente autoritarios, sino que siguen haciendo presión por cambios sociales, sino lo que ahora se nombra como “indignados”, movimientos sociales de protestas generalizadas en los países centrales, en respuesta al colapso del Estado de Bienestar producido por la crisis financiera y las medidas de gobiernos y entidades transnacionales de control económico (FMI, Banco Mundial, Banco Europeo) que cargan sobre los ciudadanos el peso de la crisis económica.

Este es a grandes rasgos el panorama internacional analizado desde una perspectiva general.

Conclusiones

Si este enfoque tiene en alguna medida una perspectiva correcta, podemos establecer ciertas conclusiones provisionales:

1. La crisis general que estamos viviendo tiene un carácter profundo, que va más allá del derrumbe del sistema económico. Lo que está en juego es la validez, no sólo de los sistemas políticos y económicos vigentes, sino sus sistemas de valores y sus objetivos, es decir sus propuestas culturales.

2. Las nuevas alternativas que emergen frente a esta crisis están presentando por ende no sólo la búsqueda de formas económicas y políticas alternativas, sino la conformación y desarrollo de nuevas cosmovisiones, nuevos sistemas de valores, nuevos hábitos de convivencia, nuevas formas de vida.

3. La crisis de la educación, que es parte estructural de esta crisis general, solo podrá enfrentarse de la misma forma, promoviendo y descubriendo desde nuestro lugar nuevas ideas, nuevos sistemas y nuevas formas para rescatar un proceso educativo para una nueva sociedad.

4. En lo que respecta a Nuestramérica, tal como lo dice Aram Aharonian, debemos comenzar a “vernos con nuestros propios ojos”. Ya estamos desde algunos lugares intentándolo. No es casualidad la búsqueda de propuestas que vengan desde nuestros pueblos originarios, cuya cultura fuera barrida y escondida durante quinientos años, y que hoy parecen tener mucho que aportar. Tal como lo propusiera hace ya dos centurias Simón Rodríguez, la alternativa para nosotros en el fondo es muy simple: “O inventamos o erramos”.

* Ponencia presentada por el autor en el foro “Crisis Sistémica, retos de la Educación Superior”, auspiciado por el Foro Mundial Temático (capitulo Venezuela), Radio Fe y Alegría, Nodo Libre, COtTRAIN y Barómetro Internacional, el 21 de octubre de 2011, en el Auditorio Naranja de FACES, Universidad Central de Venezuela. Fuente: Barómetro Internacional, miguelguaglianone@gmail.com