La Habana (PL).- Espectador de cine es la persona que va al cine. Aspira a entretenerse, en todo el sentido inconmensurable de la palabra. Es decir: distraerse, divertirse, fugarse, soñar, satisfacer su curiosidad, gozar la belleza, sentir emociones, instruirse, educarse y quizás hacerse mejor o peor.

Todo ello con una cierta alegría o inconsciencia de juego, de espontaneidad, de ensueño, de fascinación, de trance extático, como algunos han pretendido calificarlo.

Con el tiempo, estos espectadores se van convirtiendo en críticos, en estetas, en pensadores y hasta en moralistas. A estos infinitos amigos de ver cien pudiera aplicarse, con una osadía muy cinematográfica, una cita de Ortega:

“En su República, Platón concede una misión especial a lo que él denomina amigos de mirar. Son los especulativos, y al frente de ellos los filósofos, los teorizantes -que quiere decir los contemplativos”.

Y por supuesto, existe una cierta simbiosis de cine y vida. El lazo que liga espectadores y agonistas, contemplación y sentimiento, es algo más que un ligamento inerte de relación social. Es como arteria y nervio que llevan el jugo y vibración de la vida.

El cine incorpora al espectador a la barahúnda de sombras vivas del cosmos. Pues todo espectador no solo se cree, sino que se sabe artista por ser precisamente sombra de ese cosmos. Y como tal ensaya en público o en privado.

Ahora bien, ¿se debe suponer que el espectador, por un favor arbitrario y singular, llega a ser, delante de ciertos filmes, muy sutil y razonable? ¿O bien que sus ojos bien abiertos, calificados de cándidos e ingenuos frecuentemente, encuentran en el cine la más normal de las leyes humanas, una especie de ley del menor esfuerzo para captar en lo banal y en los aspectos novelescos de la vida los ideales que le van urdiendo?

Afirmativo en ambos casos. No es que el público espectador sea más sutil o razonable ante el cine. Es, sencillamente, que éste posee la fórmula más eficiente y placentera para incorporar al espíritu humano cualquier idea o hecho. Y que la simplicidad, el mismo ensueño, la quietud receptiva, la holganza, continuarán siendo una meta deseable a los hombres.

Tampoco es desechable la hipótesis de que el género humano demuestre haber encontrado un medio, fruto de una civilización técnicamente superior a cualquier otra precedente, y que por este mismo reconocimiento se prevé a sí misma fácilmente superada en un futuro próximo.

El cine provoca una posesión del espectador mediante el personaje y la atmósfera en que se mueve. El espectador se siente unido al héroe y con él goza o sufre, triunfa o pierde. Algo similar a lo que le ocurre con el protagonista teatral o novelesco. Pero como el cine ha multiplicado los mecanismos afectivos, ha logrado aumentar considerablemente lo que antes daba lugar solo a la “identificación” teatral.

De esta manera, el espectáculo visual, integrado por imágenes concretas, es más rico en contenido emocional y rápida asimilación que el lenguaje abstracto expresado en palabras.

Compárese, por ejemplo, el relato de un accidente automovilístico, tal cual puede leérselo en un diario o en una novela, con la filmación de dicho percance. Como ocurre en la inolvidable secuencia de Las cosas de la vida, de Claude Sautet, el filme francés que sentó cátedra en la materia.

Basta enfrentarse con las imágenes de la pantalla para que no solo comprendamos lo sucedido de inmediato, sino que nos sintamos al mismo tiempo sobrecogidos, algo que rara vez ocurre en la lectura de un diario o de una novela. Mientras que, en el cine, comprensión y emoción surgen parejos como pasa frente a la realidad.

Cierto que, en la novela, las cosas pueden cambiar si el escritor así lo decide. Pero sin duda la palabra escrita nos obliga a un constante analizar y sintetizar. A un continuo sopesar sujetos y atributos, verbos y adverbios, preposiciones y complementos, lo que impide acceder a la sensación inmediata. A la auténtica emoción que brinda el cine.

En resumen, el espectador de cine está sometido a la inducción cinematográfica que procede tanto del cine en sí como de su ambiente. Y además es un hecho que el cine se convierte, para muchos espectadores, en una necesidad cuya privación causa algo parecido a la ansiedad.

La causa de por qué ha llegado a ser una especie de exigencia es doble. Una, la historia fílmica en sí, sin duda una bella historia y, la otra, la misma condición y característica esencial del cine como imagen en movimiento.

* Historiador y crítico cubano de cine. Autor del primer diccionario de cine de América Latina. Colaborador de Prensa Latina.