Málaga, España (PL).- Las sirenas de la ambulancia tragan trechos de circulación en busca de la salvación del mundo encarnado en un viejo que se ha roto una mano por querer andar en bicicleta. Tiene un raro parecido con Ben Gazzara tanto más cuanto que no habla más que la lengua de Broadway. “El mundo es un asco”, musita con un entrecomillado en armenio.

Le regalé un costurero/grande, de raso pajizo,/ y no quise enamorarme/ porque teniendo marido me dijo que era mozuela/ cuando la llevaba al río.

En medio de la circulación maldita y ruidosa me imagino a Federico García Lorca llevándose a Marilyn Monroe a la orilla del río. Qué decepción tendría el pobre al descubrir que ya no era mozuela.

A Lorca, el poeta más idóneo de una Andalucía, que no España, llena de genialidad y sarcasmo, de facinerosos que agarran un cheque como los pescadores del puerto una sardina que quieren embellecer con un buchito de agua y peinándole las cejas. La España de los bárbaros del año 1936, cuando empezaba la guerra civil que en tres años, sólo tres años, iba a destruir toda una civilización acuñada por moros y cristianos que trataron de civilizar estas tierras salvajes.

Hacía tiempo en el año 36 que los moros habían tenido que salir huyendo de Andalucía, al igual que los judíos, con los que negociaban en la paz de los cementerios hasta que reyes católicos y malolientes se cruzaron en su camino.

Estamos tan vacíos en este siglo XXI de crímenes de guerra por doquier que los más desesperados tienen que recurrir a la belleza del pasado para reconciliarse, si no con la felicidad, al menos con una vida menos siniestra.

A Steve McQueen lo han arrancado de la tumba para que haga publicidad de no sé que atrocidad. Qué lástima que ya no tenga su Winchester de culata recortada para liquidar a tanto imbécil.

Pero alegrémonos de vivir en un siglo tan penoso, donde se destruyen países por el capricho de un monarca republicano y otro demócrata más allá del Mississipi ve como se hunde en el terreno pantanoso de su imbecilidad congénita. Guantánamo, lugar de terroríficos atentados contra la humanidad, sigue abierto y tan contento.

En Irak, ¿todavía se acuerdan de esa cuna de la civilización?, los muertos ya no tienen sangre. Los gritos del silencio lo cubren todo. Como en Afganistán, o en el cuerno de África. Pero, mire, amigo, todos tan contentos, porque gracias a estos siniestros y cadavéricos príncipes del terror nuestra Marilyn Monroe está cada día más presente. Vivimos una época tan fea que ella reluce con el brillo de una belleza sin par.

Cada día salen más enrevesadas letras para tratar de saber si era una intelectual o sólo una tontita guapa y maravillosa. En el libro que tengo a mi izquierda, Marilyn se enfunda en un jersey negro de cuello alto y un pantalón pirata blanco. Hay contraluces en la toma. Sus ojos brillan despistados mirando a no se sabe dónde. Me parece que fuma. Pero le habrán quitado el pitillo para adaptarse a la época.

En el planeta en que vivo han prohibido el tabaco a rajatabla. Los vecinos pueden denunciarte si das una fumada donde no debes y en la calle si te ven con un cigarro en la boca hasta pueden desterrarte a una isla perdida como la de Montecristo. Pero tú no te escaparás como él, porque tú no tienes por pariente a Alejandro Dumas.

Otro libro sobre Marilyn, Una rubia en Manhattan, el cuento de un periodista que la fotografió como a mí me hubiese gustado atraparla en mi Rollei durante unos días de 1955. Marilyn en el metro de Nueva York, donde un tipo la mira sabiendo que nunca podrá amarla. Marilyn sonriendo.

Sigue, persigue, me persigue el ulular de la sirena. Ben Gazzara pega unos golpes en la mampara que le separa del conductor: Stop! grita con acento de Broadway. El ululeo se para en seco. Ben abre la puerta, se quita la venda de la mano como en cualquier película y salta al asfalto. A la jungla de asfalto. Y de nuevo se acuerda de Marilyn Monroe.

Y Federico García Lorca, fusilado por estúpidos fascista únicamente por ser homosexual, “maricón” como decía el jefazo que mandó ajustarle la cuenta definitiva, seguiría cantando.

*Escritor y periodista frances radicado en España. Colaborador de Prensa Latina