Sin duda que en los últimos 20 años Chile ha sido un ejemplo para los demás países de América Latina por su pujante organización política y social, pero, sobre todo, por su bonanza económica que en cierto momento pareció llevar al país a encaramarse al privilegiado círculo de naciones desarrolladas. El superlativo progreso encuentra explicación en una apertura directa, sagaz, y sin distingo, hacia todos los mercados internacionales que acogieron con beneplácito la política de puertas abiertas que Chile manifestó.


Y aunque a muchos no les cuaje la realidad, pues la historia no miente, o traten de soslayarla, fue durante la dictadura de Pinochet -por muy cruda y a garrotazos que hubiera sido- que germinó esta fresca iniciativa, bien aprovechada posteriormente por la Concertación, una variada alianza de socialistas, comunistas, radicales y democristianos que tomó el relevo de esa política de modernización hasta acelerar aún más su ritmo. Así, Aylwin, Frei, Lagos y Bachelet perfeccionaron el armazón político y social con el horizonte desplegado prioritariamente en lo económico.

No obstante, ante el perfil de fortuna que la cúpula gobernante ostentaba, la clase media, primordialmente, comenzó a reclamar para sí todo lo extraordinario que se exhibía para afuera y exigió cambios sustanciales en su propia economía, y también en educación, cuyo estancamiento tuvo una primera llamada de atención en la gestión de Bachelet cuando una rebelión estudiantil mantuvo a raya al gobierno, que con buen tino sin embargo desbarató las revueltas. Pero fue un elocuente llamado de atención. Con todo, la presidenta Bachelet concluyó su mandato con buena calificación, pero a sabiendas de que flotaba un clima de malestar que tuvo como primera consecuencia la derrota de la desgastada Concertación y la toma del poder por el empresario Sebastián Piñera, apoyado por un conglomerado de derecha llamado Alianza por Chile.

Así como al principio de su mandato los movimientos sísmicos y el accidente minero mantuvieron a todas las capas del país en patriótica unidad, como lo propio ha ocurrido en semanas pasadas con la desaparición en una catástrofe aérea de una las figuras más emblemáticas y queridas de la televisión chilena, los estudiantes prosiguen su lucha bajo la carismática figura de Camila Vallejo, una egresada de Geografía, presidenta de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECh), y vocera de la Confederación de Estudiantes de Chile (CONFECh), que al mando de las huestes estudiantiles exige reformas fundamentales en la educación secundaria y superior, y revertir el costo excesivo de las matrículas en las universidades privadas y en las oficiales mayormente. Sobre este segundo punto, el razonamiento de los estudiantes es simple: dado que el sistema chileno otorga becas y también créditos a quienes no pueden pagar por sus estudios, las deudas, avaladas por sus padres o tutores, se han ido sumando, y a los nuevos profesionales les ha llegado la hora de devolver los montos que oscilan entre los treinta y cuarenta mil dólares estadounidenses; exorbitantes cantidades cuyos pagos naturalmente los condena a una negra contingencia de futuro.

Si bien la protesta no es rechazada por nadie, ni tampoco por el propio gobierno que aduce que el sistema lo ha heredado de los anteriores, de todas formas las propuestas que puedan ofrecer las autoridades gubernamentales serán dudosas para abaratar con prontitud las matrículas hasta alcanzar un carácter de gratuidad, que es lo que finalmente demandan los universitarios. A todo esto, el descontento de las clases chilenas respecto de este problema, y de la insuficiencia en la calidad de la enseñanza, ya ha tomado carta de ciudadanía, y va en permanente ascenso, al punto de que el gobierno se debate en una sombría realidad de impotencia de acción y mínimos porcentajes de apoyo en las encuestas, que seguirán en picada en la medida en que las urgentes medidas de solución no sean las exigidas. La realidad chilena ha cambiado…