…los jóvenes han reaparecido en un escenario político que los extrañaba por su creatividad yentrega desinteresada de poder o fines político-partidarios.



Comienzo este microensayo con un título que tal vez deja mal sabor de boca a muchas personas, otras tantas atribuirán el título a un escritor parcializado con el oficialismo, pero se equivocarán. Escribo este artículo como un joven, un chango, con el objetivo de invitar a la reflexión sobre la relación entre los jóvenes y el (sobrevaluado) proceso de cambio.

Los acontecimientos que recordamos como Octubre Negro (2003) movilizaron a actores de diversas capas sociales del país. La huída de Gonzalo Sánchez de Lozada (y sus secuaces) fue humo blanco para dar inicio a una nueva etapa en la vida política en el país. La nueva etapa se consolidaría tres años más tarde, el 22 de febrero de 2006, momento en el que se posesionaba a Evo Morales como Primer Ministro de Bolivia. Después de la posesión en Plaza Murillo centenares de personas se congregaron en la Plaza de San Francisco a celebrar; por supuesto había gran presencia indígena, pero había también muchos jóvenes. En ese momento parecía que todos ganaban. Se apropiaron de la victoria los movimientos sociales, indígenas, campesinos, sindicales, ecologistas, mujeres, jóvenes y turistas curiosos.

Después de la revolución, la normalización. Han pasado cinco años de aquel festejo en San Francisco, Bolivia no es más una República, es un Estado Plurinacional. Nuestro calendario cívico se ha nutrido de un par de días feriados más (entre ellos el 22 de febrero), tenemos nuevos (y resistidos) símbolos patrios, tenemos nueva Constitución Política del Estado. Además de estas novedades, durante estos cinco años los bolivianos hemos sido testigos y/o participes de acontecimientos violentos como Enero Negro en Cochabamba (2007), la denominada Masacre del Porvenir (2008), la agresión a campesinos en Sucre (2008), entre otros hechos. Todo esto ha pasado y los jóvenes, salvo aquellos que pertenecen a movimientos institucionalizados, no han elevado sus voces.

Los cambios en la nomenclatura nacional no han ocasionado reacción alguna en los jóvenes, salvo para contadas intervenciones humorísticas. Pero los enfrentamientos generaron durante mucho tiempo un imaginario de terror al otro, al diferente. En las zonas más

nices

de las urbes tenían un enemigo, no estaba bien identificado pero estaba. No se limitaba a la figura de Evo Morales, ni al gobierno, sino eran todos aquellos a quienes este gobierno decía representar. Entonces se (tristemente) se comenzó a pensar que lo enemigo era lo indígena o lo campesino. En Cochabamba todavía escucho los relatos

de algunos jóvenes universitarios que relatan sobre la paliza que les dieron a aquellos que se atrevieron a tomar la Plaza Principal de nuestra ciudad en enero de 2007.

Una luz. La presencia de los jóvenes en la Plaza de San Francisco, hace cinco años, fue el último acontecimiento social-político que congregó a los jóvenes sin afán de enfrentamiento, sin el odio como excusa, con ganas de cambiar una realidad que parecía y era injusta.

La represión ocurrida el 25 de septiembre de este año fue la gota que rebasó el mar (por la dimensión inmensurable que adquirió el conflicto del TIPNIS y la carretera). A partir de este hecho, y antes cuando la marcha indígena recorría los primeros kilómetros desde el Beni, los jóvenes han reaparecido en un escenario político que los extrañaba por su; creatividad y

entrega desinteresada de poder o fines político-partidarios.

Las Redes Sociales, como en muchos conflictos recientes a lo ancho del mundo, han servido como plataforma para expresar su desencanto con el gobierno y su apoyo a la marcha indígena. Además muchos jóvenes han salido a las calles durante la jornada de paro convocada por la COB en apoyo a la marcha indígena. Lo que nos invita a pensar que ese imaginario de enemigo ha sido superado, hoy el enemigo vuelve a ser el poder y su uso desmedido. La incapacidad del gobierno ha encendido una tea (por usar la famosa figura protomártir) que no puede ser apagada, la unión de los jóvenes con la crítica realidad social-política, una realidad que los necesitaba y los necesitará. Ese es el legado de Evo Morales para los jóvenes.