El conflicto entre el Gobierno Nacional, las Naciones Indígenas del Oriente, y ahora las Comunidades Interculturales, ha sido detonado por la controvertida construcción de la carretera Villa Tunari a San Ignacio de Moxos. El fondo de la disputa denota la existencia de muchos intereses encontrados, al menos dos visiones y modelos de desarrollo que tienen sus orígenes mucho más allá de la coyuntura actual.

Por una parte, es innegable que las actuales Naciones Indígenas del Oriente (antes solamente pueblos indígenas) han habitado ancestralmente en los bosques más pródigos, diversos y bellos del planeta; que por cierto, ocupan más de la mitad de nuestro territorio nacional. Cada una de las 36 Naciones Indígenas incluyendo a los Quechuas, Aymaras y Kallawayas, poseen sus territorios (muchos de ellos reconocidos con título propietario) en medio de los bosques, y ellos son parte intrínseca de su vida, su cultura y su futuro. Por otra parte, es innegable la existencia y vigencia de un modelo económico-productivo agropecuario y forestal, occidental y capitalista, que ha reducido a la Madre Tierra a una simple mercancía; y que al estar inspirado en la revolución verde agroindustrial para los ricos y en la agricultura de subsistencia para los pobres; ha reducido en los últimos 60 años, a menos de la mitad, los bosques de nuestro planeta, y han convertido a Bolivia en el subcampeón de piromanía de los bosques y sabanas del continente sudamericano (para el cambio de uso del suelo), luego de Brasil (Gaianoticias 2010). Para convencerse de ello, basta respirar el humo criminal de estos meses secos alimentado por los 20.000 focos de calor en el país.

Este modelo agro capitalista comienza con políticas como la “Marcha al Oriente” y antes, el “Plan Bohan” de 1942 (inspiradas y financiadas por los Estados Unidos). Dichas políticas públicas, desde hace seis décadas, han promovido el avance de la frontera agropecuaria a costa de nuestros bosques, bajo las formas de agroindustria, colonización, y la explotación forestal selectiva causante de la degradación del valor económico de los bosques con a manos de empresas madereras, que pese a su actual certificación, siguen traficando las maderas más preciosas del planeta.

Cabe señalar que la Primera Marcha Indígena de los Pueblos del Oriente por el “Territorio y la Dignidad” de 1990, fue detonada por el avasallamiento, abuso y depredación que venían ejerciendo impunemente las empresas madereras y las haciendas ganaderas, sobre los espacios de vida de los pueblos indígenas benianos, que fueron históricamente arrinconados a las tierras marginales para la agropecuaria. Lo difiere de aquella importante marcha con la de hoy, es que los gobiernos neoliberales, dejaban que la marcha llegue hasta La Paz.

Debe quedar claro, que estas políticas que anunciaban de inicio de la denominada colonización planificada, no hicieron otra cosa que arrojar a su suerte (colonización espontánea sin asistencia técnica, financiera y social) a nuestros compañeros colonizadores venidos de tierras altas en medio de los bosques tropicales, que por cierto, lo único que aprendieron es a batallar tozudamente contra la selva y su incómoda biodiversidad, a fuerza de fuego, hacha y machete, con la conocida tecnología arcaica de la “roza, tumba quema”, más comúnmente conocida como “chaqueo”, para hacer sus parcelas en las que producir alimentos para la subsistencia y en el mejor de los casos recibir las migajas económicas que derrama el narcotráfico y la exportación.

Lamentablemente, el peligro del avance de este sistema insostenible de colonización sobre los bosques del TIPNIS, propiciado como siempre por las carreteras que se han abierto en el país (como impacto inducido a futuro), es el que hace que los indígenas se opongan a la construcción de la misma, pese a que su posición geográfica es estratégica: justo al centro del país. Otra cosa es y ha sido, la depredación agroindustrial y forestal que ha sido instrumentada conscientemente por la oligarquía y con amparo, apoyo y financiamiento del Estado, desde hace unas cuatro décadas.

En este momento, el asunto más preocupante es que el conflicto está derivando en un enfrentamiento entre dos sectores populares: las naciones indígenas del oriente en su marcha legítima y las comunidades interculturales con su bloqueo en Yucumo, y en medio el Gobierno Nacional que es el principal actor llamado a evitar que las cosas vayan a más. Creo que en los términos arriba expuestos, el problema no ha de resolverse con un simple diálogo entre el Gobierno y las Naciones Indígenas del Oriente, sobre un tema tan puntual como, si va o no va la más famosa carretera; sino que este conflicto ha develado raíces estructurales que tienen que ver con un necesario y pendiente debate nacional, que sea lo más sincero, profundo y participativo posible, sobre “los modelos de desarrollo del país” que este “proceso de cambio” debe asumir de inmediato, para desmontar y descolonizar en el país, lo que el Presidente Morales en muchos foros internacionales ha calificado como la causa de la crisis ambiental y la pobreza en el planeta: el modelo capitalista en el agro boliviano.

Este debate nacional, no puede resolverse -por cierto- en unas cuantas horas de diálogo en el camino, ni siquiera meses, sino que debe ser parte de una agenda permanente y de años; porque un cambio de paradigma y de modelo económico-productivo, nos ha de llevar muchos años, y debe ser más o menos gradual, como para no estresar nuestra vulnerable y dependiente economía. En estos momentos no podemos ser irresponsables rompiendo radicalmente con el patrón de desarrollo cuasi mono-productor de la minería y los hidrocarburos (aunque son los mayores contaminantes del orbe); pero creo que podemos ser creativos y buscar nuevas alternativas económicas y sociales que además sean limpias, equitativas y eficientes, tal como versa el Plan Nacional de Desarrollo y nuestra posición planetaria: diversificar la matriz productiva y respetar los Derechos Humanos, Indígenas y de la Madre Tierra. Personalmente, estoy convencido de que esta conjunción es posible y deseable, no solamente por el país sino por este nuestro mundo sumido en una profunda crisis del paradigma civilizatorio.

Algunas pautas para un debate nacional surgen de estas preguntas: ¿es posible que como país y como planeta nos reconciliemos con nuestros bosques?; ¿cuidar los bosques es lo mismo que cuidar a la Madre Tierra?; ¿los Derechos Humanos coinciden también con los Derechos de la Madre Tierra?; ¿los bosques en pie son económicamente más rentables en el largo plazo, frente a la agroindustria de biocombustibles y la colonización?; ¿será verdad que es mejor vender un árbol, un millón de veces como turismo que una sola vez como madera?; ¿Cuáles deben ser los valores supremos del desarrollo?; ¿es posible combinar armónicamente la agricultura, la ganadería, y la producción forestal?; ¿nuestras ventajas comparativas según el contexto del mercado internacional y la soberanía alimentaria, son los hidrocarburos, la minería y la agroindustria, o la producción ecológica agro-silvo-pastoril artesanal, industrial y/o familiar?, ¿es posible democratizar la participación en la planificación y gestión de las políticas forestales y agropecuarias?, ¿es realmente beneficiosa para el país la compensación económica por los beneficios que brindan nuestros ecosistemas al planeta?; más concretamente ¿podemos pensar en otra alternativa de conectividad que no sea una carretera por medio del TIPNIS?; ¿posiblemente una vía férrea, que no tenga impacto inducido y pueda conectarse con la red bi-oceánica de trenes, que su mejor trazo de interconexión pasa por el Chapare?; etc.

Mientras respondemos como país a éstas, y muchísimas otras preguntas más; se me ocurre proponer concretamente, que para salir del conflicto el Gobierno ordene paralizar todas las obras de la carretera Villa Turari – San Ignacio de Moxos en todos sus tramos, y realizar la consulta previa, informada y de buena fe a las naciones indígenas; y con ello se podría lograr la desmovilización de la sacrificada y decidida marcha de los compañeros indígenas de oriente y occidente; porque, en caso contrario, parece que vamos como país a un despeñadero, en el que todos hemos de perder. Finalmente, rescatemos lo que nos dejó escrito el gran pensador boliviano René Zabaleta Mercado, “la crisis como el mejor momento para aprender”, entender y proyectar el desarrollo de nuestro país, respetando ahora la dimensión de la plurinacionalidad de nuestro Estado, y compartiendo entre todos lo que necesitamos saber sobre la convivencia en armonía con nuestros bosques y nuestros ecosistemas naturalmente arreglados para la vida por nuestra Pachamama.

* Guardabosque, Ingeniero Forestal y Doctor en Medio Ambiente.