Cuando comenzó la exploración espacial en 1965 de los planetas y satélites del sistema solar, los científicos del mundo se preguntaron cuál sería un buen indicativo de la presencia de vida en un astro. 

El científico inglés James Lovelock pensó que una de las características más generales de los seres vivos es que utilizan “energía” y “materia” eliminando productos de desecho. Lovelock concluyó que los organismos utilizan la atmósfera como medio para llevar a cabo este ciclo vital, de la misma forma la usan para respirar oxígeno y expulsar dióxido de carbono. En pocas palabras, la vida (toda forma) dejaría una huella química detectable en la atmósfera de un planeta. La señal de la presencia de vida podría estar en la composición química de las diferentes atmósferas de los planetas, comparadas con un planeta donde era seguro encontrar vida: la Tierra. Al analizar la composición de la atmósfera de Venus y Marte se encontraron grandes diferencias con la de nuestro planeta. Nuestros vecinos tienen más de un 95% de dióxido de carbono con un poco de oxígeno y no tienen metano.

La Tierra, en cambio, tiene mayoritaria¬mente nitrógeno, abundante oxígeno y un poco de metano. Marte y Venus están muertos químicamente, puesto que ya ocurrieron todas las reacciones que po-dían haber sucedido y sus atmósferas están en equi¬librio químico. La atmósfera de la Tierra, en cambio, tiene una gran mezcla inestable de gases que reaccio¬nan espontáneamente, como el oxígeno y el metano, y que sin embargo han coexistido por varios millones de años en cantidades abundantes. Además, resulta evidente la evolución paralela entre la biosfera y la atmósfera, dado que fue la vida la que determinó la composición atmosférica y es quien la regula: la mantiene en una composición constante y que, además, es favorable para los organismos mismos. El efecto acumulado de incontables organismos puede verse desde el espacio como si la Tierra misma fuera un enorme ser vivo, especialmente en comparación con sus inertes vecinos.

La Tierra puede ser descrita como un –superorganismo- con mecanismos de homeostasis (regulación) físicos y químicos que mantienen las condiciones que posibilitan la vida, y en los cuales participan los seres que la habitan. Lovelock nombró su teoría como con el nombre de la diosa “Gaia”, que personificaba, en la mitología griega, a la Madre Tierra. Como todas las hipótesis, Gaia actualmente tiene sus defensores y sus detractores pero, indudablemente, es una idea sugestiva que permite una nueva forma de ver y apreciar a nuestro planeta como un gran ser vivo, conformado en un principio por grandes extensiones de bosques y ecosistemas como así también las especies de flora y fauna que interactúan en ella.

A medida que la especie humana va a degradando la vida, poco a poco se le va quitando “equilibrio” a Gaia (pachamama en términos nacionales) lo cual se manifiesta en el inminente cambio climático que estamos viviendo a nivel mundial, ahora bien si tomamos en cuenta que el TIPNIS posee una extensión actual de 1.091.656 hectáreas ubicándola entre las aéreas protegidas mas grandes y significativas de Bolivia y que su aporte como “unidad” ecológica a nivel nacional y mundial es -vital- para regular, equilibrar, las altas emisiones de dióxido de carbono (humo) que hemos estado respirando en las últimas semanas, además de ofrecernos todo un bastión genético de biodiversidad a gran escala, salta al aire la pregunta, ¿ en un futuro inducido de no más de 30 años seremos capaces de hallar evidencias de nuevas GAIAS-TIPNIS en otras planetas que solucionen nuestros requerimientos de vida?……sinceramente creo que no.

Biologo especialista en Biodiversidad e investigacion Cientifica / email : dunkleoustus@yahoo.com