La economía es la disciplina ineludible de los tiempos modernos. Tiene que ver con nuestras vidas de manera hasta abrumadora. La economía está por encima de las personas aisladas. Incluso de sus valores y metas, a las cuales subordina.  Sin embargo, es habitual que apliquemos conceptos parciales, llenos de prejuicios, con información sesgada o equivocada. Esto necesita una cuidadosa explicación.

En realidad, la economía es una ciencia social, donde los valores no están ni pueden estar ausentes, pero a la cual varias generaciones de economistas conservadores han tratado de convertir en una ciencia exacta, revestida por lo tanto de un andamiaje analítico donde las relaciones causa efecto son matemáticas y en consecuencia indiscutibles. O solo modificables si se advierten errores en tales relaciones matemáticas.

En tal intento, los conservadores no pretenden negar los valores y su importancia. Simplemente, toman como dogma la idea que sustenta el trabajo de Adam Smith en el siglo 18. En La Riqueza de las Naciones se sostiene que cada individuo busca su interés personal, pero en el mercado esos intereses se confrontan y equilibran, consiguiendo así la mejor situación general.

Es decir: la economía está por encima de las personas aisladas. Incluso de sus valores y metas, a las cuales subordina. Por lo tanto, podríamos agregar, sería interesante si los seres humanos fuéramos altruistas. Pero si no lo somos, la economía se encarga de condicionarnos, para construir el mejor escenario posible.

La llamada economía neoclásica se encargó de perfeccionar este concepto y configurar el arquetipo del “hombre económico”, ese ser racional que toma decisiones buscando optimizar la asignación de sus recursos, detrás de la maximización de sus beneficios, con lo cual, a través del mercado, se logra la mejor condición social general.

Tal vez la expresión más precisa de esta búsqueda de generar una ciencia exacta fue el trabajo de Frederick Winslow Taylor y sus seguidores, en las primeras décadas del siglo 20, asociado a la eficiencia productiva. Como dijera el propio Taylor ante el Congreso de Estados Unidos en 1912: “El aumento sistemático de productividad permite que tanto la conducción de las fábricas como los trabajadores puedan quitar sus ojos de la distribución del excedente, ya que éste se hace tan grande que es innecesario discutir sobre como se ha de dividir”.

En síntesis: El pensamiento económico hegemónico ha evolucionado hacia una idea del progreso permanente, que se consigue con el crecimiento sistemático y sin límites a la vista, de la producción de bienes y servicios. La condición para subirse a ese exitoso barco es ser un “hombre económico”. Si esto no se concreta, pasa a ser un problema individual. Cuando los individuos incluidos en esta categoría de fracaso son numerosos, el problema es asistencial. Pero en ningún caso es considerado consecuencia necesaria y sistémica de la lógica económica imperante.

Esta lógica coloca a la economía neoclásica en el lugar del referente de verdad. La asignación informada e inteligente de los recursos a través del mercado es esencialmente lo único relevante. Si hay avaricia, el mercado la limita. Si no hay ambición, la asistencia social se hace cargo. El crecimiento permanente, en su momento, conseguirá que la marea haga subir todos los botes, como decía la popular frase de John F. Kennedy sobre su plan de gobierno.

Esto ha recibido cuestionamientos ideológicos basados en los valores morales de la tesis fundante. Embates de este tenor hubo varios y algunos de tal fuerza como los expresados en los escritos de Carlos Marx y Federico Engels y la acción práctica correlativa de sus seguidores en varias partes del mundo. El principio básico del cuestionamiento marxista, que luego se traslada a todas las otras facetas sociales, es que en todo proceso de transformación productiva, hay una apropiación indebida del valor generado, que va en perjuicio de aquellos que venden su fuerza de trabajo, los trabajadores o dependientes.

El marxismo cuestiona de raíz la distribución económica al interior de cada unidad productiva, con su correlato inmediato en la distribución del poder de decisión.

Sobre esa discrepancia matriz se ha construido una controversia que lleva más de un siglo, en la que el pensamiento conservador ha obtenido un éxito ideológico. En efecto, ha conseguido poner en polos opuestos la justicia distributiva y la libertad individual, como si fueran opciones excluyentes. Ha conseguido con eso que todas las clases medias del mundo y buena parte de los proletarios rechacen las opciones colectivas, básicamente por restrictivas de la libertad.

Esto podría profundizarse mucho más, pero no es el centro del tema en análisis. Lo señalo aquí al solo efecto de mostrar que tanto el capitalismo tradicional, fundado en el pensamiento neoclásico, como las diversas formas de socialismo moderno o intentos de llegar a él, tienen diferencias de mirada social muy nítidas, pero un supuesto común: la posibilidad del crecimiento sin límites. Discrepan totalmente sobre como distribuir sus frutos, pero no sobre el tamaño posible del árbol.

Los finales del siglo 20 y lo que va de este siglo han conseguido poner en crisis el modelo capitalista, esta forma de ver la sociedad y la vida de cada uno, con fundamentos que no tienen un componente moral en primera instancia, sino que lo incorporan luego. Permiten así dibujar otro escenario, donde la falsa confrontación entre libertad y justicia social, no puede ser esgrimida.

En efecto, lo que ahora resulta cuestionada es la escala, esto es: la idea del crecimiento permanente. El origen del cuestionamiento es metodológicamente impecable. Se trata de admitir, seguramente por primera vez desde que la ciencia económica se hizo hegemónica, que la economía mundial es un subsistema contenido dentro de otro, que es el planeta, cuyas dimensiones son fijas y que por lo tanto, le imponen un límite a todo lo que se desarrolle dentro de él.

La economía mundial no puede ni podrá crecer más que lo que el planeta le permita. Y el planeta impone condiciones a través de su capacidad de proveer recursos naturales y de absorber desechos generados en los procesos productivos. La escala tiene un límite. No solo eso, tiene un óptimo, para cada proceso de extracción y de evacuación.

Ahora bien, si la escala tiene un límite, la frase de F. Taylor citada más arriba, no es cierta. La justa distribución de los frutos de la actividad humana es un tema a considerar, que no podrá ser soslayado por el crecimiento sin barreras. Si la canasta tiene un número finito de uvas, quien es el que las come y por qué, pasa a ser un tema de análisis ineludible.

Los economistas ecologistas – que de ellos se trata – terminan diciendo: Si se discute y acepta una escala; si allí se establece un criterio de justicia distributiva; solo entonces, se puede dar lugar – en tal marco – a la discusión de la asignación óptima de los recursos disponibles, con la eficiencia debida, la cuestión que ha sido el meollo de la economía por siglos.

El escenario social resultante está en construcción. No es el capitalismo de equilibrio automático ni tampoco el socialismo con un Estado omnipresente. Seguramente será un sistema donde muchos mercados funcionen; el Estado tenga una gran presencia; y los instrumentos comunitarios, de análisis, propuesta y toma de decisiones, sean moneda corriente y en muchos casos decisiva.

En esa construcción de la que no conocemos su mobiliario, pero si entendemos como podrán ser sus cimientos, deberá tenerse instrumentos básicos para medir el progreso. Para saber cuándo nos movemos en una dirección correcta, más allá de nuestra propia subjetividad; para buscar datos objetivos que describan los diversos ámbitos sociales de complejas realidades como son las de un país o una región.

* Del libro “Nuevos Cimientos. Debates para honrar el bicentenario”, Ciclo de debates en el marco del Bicentenario de la Revolución de Mayo. Fuente: http://www.iade.org.ar/uploads/c810100d-c8a5-485c.pdf