Con mucho dolor, agotada, después de más de un mes de paseo de fiera acorralada entre las paredes de mi casa, les escribo. Desesperadamente, porque los hombres, creados a imagen y semejanza de Dios, no escuchan; les escribo. Les escribo porque creo que el cerebro y el corazón de las mujeres conciertan su sensibilidad, intuición, generosidad y constancia para componer los desaciertos de los humanos.

Les escribo, en esta hora final de una agonía, para pedirles que escuchen las voces de los pueblos aislados en la selva… por favor, les pido un acto de apertura, de respeto, de acogida y de ternura. Hoy son los del TIPNIS, mañana será otro territorio dividido por carretera, campo petrolero, central hidroeléctrica, colonización, coca excedentaria…

Respetuosamente han pedido ser tomados en cuenta, han esperado ser vistos, han tendido la mano pidiendo respeto a sus territorios, educación, salud y justicia; han confiado en un desarrollo de cada uno y de todos, y ni siquiera se ha hecho el registro de todas las especies de fauna y de flora que sobrevive únicamente en este parque; mucho menos se conoce a la gente, sus habilidades, su canto, su generoso refugio, y en nombre del desarrollo serán arrasados “conforme dicta la ley”.

No quieren nada de lo que ambicionamos nosotros, ciudadanos de cemento, de neón y de satélites; a ellos, hace mucho, después de tantos coloniajes, se les ha acabado la paciencia y ya no esperan nada de quienes se han llamado sus patrones para quitarles la tierra y sus justificados derechos; luego, se han llamado gobernantes para asignarles números que no les han dado beneficios, sólo prohibirles el paso por sus caminos ancestrales; se han llamado hermanos, para acercarse, saquear sus territorios y quitarles su última esperanza: la posibilidad de la vida como pueblo, libre, constructor de su cultura que avanza en recíproca jornada con la magia de la naturaleza, preciosa obra de Dios que ya está hecha, para vivirla día a día, junto a sus desafíos, soledades y tristezas; pero en digno caminar, buscando un desarrollo auténtico que promueva condiciones más humanas para ellos, con fraterna y próspera vivencia entre los pueblos.

Ellos, mujeres y hombres de paso suave entre la hojarasca, de lucha mansa y pacienzuda, acorralados entre el salvaje ataque de insectos, felinos y ofidios venenosos, y el perverso acoso del avasallamiento extraño, el inevitable exterminio de todos los seres de la selva, de sus lenguas y de los espíritus vegetales, los del monte, los jichis del agua, los hechizos de la luna y los arcoíris…

Ellos se sienten lastimados por los discursos de los gobernantes, porque los menoscaban diciendo que son manipulados; se sienten discriminados, porque han esperado vanamente al Presidente para hablar de la carretera y otros motivos; sin embargo, en el mismo corazón del TIPNIS, han escuchado el sarcasmo intencionado en sus reuniones frecuentes con los colonizadores del Chapare.

Por estar pendientes de la incursión de los extraños, han descuidado su propia forma de vivir y ya no pueden pasarse la vida intentando frenar la arrasadora presencia extraña, que es geográfica, pero también es cultural; es abusiva y cruel.

Ellos quieren no sólo una carretera, quieren muchas; pero que no les desangre el corazón partiéndoles su territorio sagrado, su “Loma Santa” anhelada, la que venían buscando desde los años cincuenta, que creyeron haber hallado cuando recibieron los títulos de la tierra prometida por los santos protectores de sus ancestros y estirpe.

Hoy día 14 de agosto, han llegado a Trinidad después de largas leguas de camino en el monte, largos días de remo y canoa, veloces y silenciosos llegan en grupos, en familias, en comunidad… mañana partirán, pese a los dedos acusadores, seguirán andando sedientos de ser ellos mismos, temerosos de perder sus valores entre los que consideraban sus hermanos, temerosos a que una nueva colonización los atrape con sus encendidos colores, tratando de conservar intacto lo que juzgan es su patrimonio exclusivo, la libertad en su tierra.

Mis lagrimados ojos no quieren ver ni oírlo todo, pero ya salieron anuncios en los avisos clasificados de El Deber de Santa Cruz, ofertando al mejor postor, terrenos de mil metros junto a la carretera Villa Tunari-San Ignacio… Antes de que un indígena sea propietario de un camión, una vagoneta o un tractor, sus bosques comunales ya nos dicen adiós pues la subasta empezó.

Yo no soy una de ellos, pero siento como ellos y me duele la desproporcionada confrontación verbal, la violencia disfrazada en discursivas palabras de hermandad y desarrollo, el chantaje diario mediático tratando de confundirlos para que renieguen de todo y aislarlos mentalmente; me duele la destrucción de la selva y me duele ser de los “otros”, de los que tendrán la oportunidad de transitar en autobuses y carros por la carretera milagrosa que servirá para que los ecologistas vayan de paseo al bosque a cuidar los ecosistemas y a tomar las últimas fotos de londras y monitos y parabas azules. Me duele ser boliviana, de la Bolivia de antes y peor aún, de la Bolivia de hoy, porque me siento engañada; me duele existir y lloro de vergüenza y dolor.

Y estoy triste, estoy triste, sencillamente triste por esa larga caminata que emprenderán mañana, andando por los muertos, andando por los vivos, por los ojos de los niños que miran asombrados, buscando, quien sabe, encontrarse ellos mismos con la tierra que calla bajo este sol intenso (mi nieta de diez años, me dijo sabiamente ¿Y por qué no construyen la carretera por la orilla del monte?)…

Por eso les escribo. Por la poca alegría que queda en esta tierra nuestra.

Y les seguiré escribiendo, con nombre y apellido, a todos mis amigos hasta que mi sombra sea un duro esqueleto y la negra llovizna de la selva extinguida nos cubra en su ceniza de mugre y de tristeza. A los que conocí apoyando la Marcha del 90, a los que llenaron mis oídos con discursos de respeto a la autodeterminación de los pueblos; les seguiré escribiendo hasta que no quede nada de mí, ni una palabra.

Trinidad, 14 agosto 2011