(SEMlac).- La idea de salud es una idea integral. El bienestar depende del cuerpo, el espíritu y la condición social. Es un derecho humano incontrovertible y su cuidado y desarrollo depende de las políticas de Estado. Para las mujeres la salud significa mucho más que un hecho biológico. Está ligado a factores biológicos, psicológicos y sociales, y depende del lugar que las mujeres ocupan en la sociedad (determinantes sociales de la salud), de su capacidad de acceder a los recursos materiales y simbólicos para vivir una vida digna, con igualdad de oportunidades, exenta de violencias. Una vida en la cual la sexualidad y la reproducción se ejerzan desde la autonomía y la libertad. 

Lo que este cúmulo de reportajes elaborados por un grupo de corresponsales de SEMlac y el de nuestra compañera de la Red Internacional de Periodistas con Visión de Género de Catalunya muestran es el contorno y los resultados específicos de cómo se vive y busca la salud de las mujeres de Latinoamérica, considerada como la más desigual del mundo, no sólo por la marginación y la pobreza, sino por el modo y el trato con que transcurren las vidas de millones de mujeres y las de las familias que les toca mantener.

Este acercamiento a algunas realidades a través de este monográfico, muestra el laberinto donde salud o enfermedad dependen de las condiciones socioeconómicas, de las visiones conservadoras o liberales que persisten respecto de las mujeres.

En Colombia se las obliga al desplazamiento; en la mayoría de países se les niega su derecho a interrumpir un embarazo; en República Dominicana la pobreza e ignorancia las convierte en carnada para el negocio de la trata y la esclavitud sexual.

También narra el funcionamiento de la violencia institucional, delincuencial y de género que se impone y que las hace convivir con el desastre cotidiano, lo que les produce un intenso y pernicioso estado mental que las desgasta y segrega. Las deprime y menoscaba.

Los déficit en atención y derechos, expuestos en cuadros estadísticos y cifras que espantan, y que afectan a millones de mujeres, es especialmente lamentable cuando se enuncia que son constantes y siempre contra las más pobres y las más jóvenes.

La situación, desafortunadamente, está teñida de una ideología conservadora que -al negar el derecho a un aborto seguro- conduce a la desgracia. La muerte materna que se prometió detener desde que en 1985 los Estados tuvieron la oportunidad de conocer y tomar conciencia de que medio millón de mujeres en el mundo mueren cada año a consecuencia de parir, aun es una realidad en Latinoamérica.

Podemos leer que en la región todavía se niega el ejercicio en libertad de los derechos sexuales y reproductivos para la mitad de la población, así como también se regatea la información sobre el VIH/sida y otras Infecciones de Transmisión Sexual y no se facilita el acceso a los tratamientos de cura o paliativos. Se obstaculizan incluso las mejores prácticas de la anticoncepción, en nombre de la falta de recursos y de moralidad.

Estos reportajes, inclinados hacia la salud sexual y reproductiva y al tema del aborto y las infecciones de transmisión sexual como centro y fuente de la pérdida de salud, muestran que debido a las secuelas los recursos internacionales que llegan directamente a los gobiernos, quienes regatean derechos que los organismos internacionales han elevado a acuerdos, convenciones y programas de acción, no están exentos del contexto en que ello sucede: la falta de democracia y de interés político.

En abril de 2011, como hacen notar algunos de los escritos, la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) llamó a sus Estados Miembros a eliminar las barreras en el acceso a los servicios de salud reproductiva y a comprometerse a dar buenos servicios en todos los casos de interrupción legal del embarazo.

Solamente en Chile, El Salvador y Nicaragua está totalmente prohibida la interrupción del embarazo, mientras que otros países acotan este derecho a través de leyes que hacen excepciones, no tienen reglas claras o persiste una sistemática negativa a reconocer esas excepciones.

Según la Organización Mundial de la Salud (como enuncia el reportaje de México), el 11 por ciento de las muertes de mujeres en la región tienen que ver con el aborto inseguro.

La muerte, dice la Red de Salud de las Mujeres de América Latina y el Caribe (RSMLAC), afecta mayormente a emigrantes y/o desplazadas, a las que habitan zonas rurales o urbano-marginales, a las mujeres de distintas etnias, a quienes tienen capacidades diferentes y a quienes optan por una preferencia sexual distinta a la biologista. Para ellas, el cruce de discriminaciones, violencias y exclusiones las aleja cada día del goce de sus derechos humanos, del derecho a la salud integral y de sus derechos sexuales y reproductivos.

La violencia

Las indagaciones periodísticas ponen sobre la mesa los datos y los hechos más recientes. Se dirigen al tema de la interrupción legal de los embarazos, por representar en este vértice la evidencia más clara de cuál es la condición social, económica, política y cultural de las latinoamericanas mayores de 14 años.

Madres adolescentes, sin alfabetizar y sin información sexual y de salud; niñas que se trafican, enfermedades venéreas en los espacios marginados, prostitución y desplazamiento. Miedo y subordinación.

La violencia que hoy muestra el centro de la exclusión femenina, ha sido perfectamente ligada en los escritos, a la condición de salud mental y física de las mujeres de Colombia, México y Guatemala, sin que ello exima a las de Argentina, Chile, Republica Dominicana, Bolivia, Nicaragua, Perú y Uruguay, donde todavía es la violencia machista el signo principal. Violadas, traficadas, vulnerables, desplazadas, acorraladas por la ley, las mujeres latinoamericanas y del mundo entero sufren en su cuerpo atrocidades inenarrables.

El feminicidio empieza a significar un indicador ligado a la falta de ciudadanía femenina, igual que la negativa a ejercer una vida libre y sana, al ejercicio de su sexualidad. Y en contradicción, se puede leer a la ideología que reconoce en las mujeres su capacidad reproductiva-maternal como excelsa, y se cae pecho tierra cuando se miran las cifras de muerte materna en Guatemala y México.

En éste último país, suman más de 2.000 mujeres asesinadas al año, por sus parejas o familiares, pero a manos de militares, policías y sicarios cada vez más. Los efectos del miedo, la viudez y el abandono, como el desplazamiento en Colombia, donde desde hace 50 años que se vive la guerra, empiezan a tener un documental preocupante.

El VIH/sida

La violencia sistemática y normalizada contra las mujeres en nuestras sociedades, sumada a problemáticas como los abortos clandestinos, la desinformación y relegación de las mujeres a la maternidad y al cuidado, sumado a la incapacidad de las políticas estatales para dar una respuesta integral, no deja de mostrar la labor de la sociedad civil desde nuestras sociedades y desde otras, a través de la cooperación internacional, y el apoyo a entidades de trabajo comunitario e incidencia política locales.

Habría que hacer un rescate aparte para honrar a todas las mujeres que forman parte de grupos comunitarios, ONGs y particularmente a quienes conforman las redes de Mujeres Viviendo con VIH, la Comunidad Internacional de Mujeres Viviendo con VIH (ICW) y el Movimiento Latinoamericano y del Caribe de Mujeres Positivas (MLCM+), así como a la Red de Trabajadoras Sexuales (REDTRASEX) y la red Transgénero de Latinoamérica y Caribe (REDLACTRANS).

Según los datos oficiales, las mujeres que viven con VIH todavía son discriminadas en los servicios de salud, así como privadas de sus legítimos derechos reproductivos y sexuales. La violencia contra las mujeres y niñas de América Latina se encuentra entre las más altas del mundo y la cobertura de los servicios que reducen la transmisión madre-hijo del virus sólo es accesible para 53 por ciento de las embarazadas latinoamericanas viviendo con el VIH.

Pendiente está el abordar de qué hablan los crímenes de odio contra personas trans en toda la región, así como la todavía mínima disponibilidad de servicios sociales para las personas trabajadoras del sexo, que podrían contribuir a reducir su vulnerabilidad.

La perspectiva

Los textos aquí reunidos, prácticamente en todos los casos, muestran la urgencia de trabajar aceleradamente en todos los frentes para mitigar la condición de salud de la población femenina en América Latina, Caribe y de las migradas y pobres en Catalunya.

Y luego de que han pasado 17 años desde que se celebró la Conferencia Internacional en el Cairo, ocasión en la que los estados se comprometieron a responder con políticas efectivas ante los estragos de la salud sexual y reproductiva, a crear mecanismos permanentes para la atención de las mujeres y donde -se creyó-, ligaron esta situación a la condición de género de las latinoamericanas, se hace claro que todo parece insuficiente.

En la perspectiva no parece haber razones para pensar que las cosas pueden cambiar pronto.

Los relatos de Chile, Bolivia, México, Colombia, Dominicana, Uruguay, Nicaragua, Perú, Guatemala y Argentina, muestran paralelamente cómo la ideología que mantiene a las mujeres en una condición discriminada por ser mujeres, impide el cumplimiento de compromisos y echa por tierra los planes y los programas de atención y financiamiento para evitar que el deterioro nulifique cualquier política o decisión sobre la ciudadanía de las latinoamericanas.

Poco se puede hacer. Cada uno de los reportajes muestran cómo se impide el mejoramiento de las leyes estatales, cómo la prohibición del aborto ha llevado a las mujeres a la cárcel o a la persecución, como en Chile, México y Nicaragua. Y de qué manera los prejuicios sociales y gubernamentales hacen que amar a las mujeres signifique pensar en que sólo la maternidad las eleva a una posición de igualdad como discurso.

Las periodistas que aquí han colaborado han realizado una reflexión informada sobre la salud de las mujeres, han rescatado datos y opiniones, y nos muestran a algunas mujeres concretas, con nombre y apellido que hablan de ese laberinto que les impide el goce de esa vida plena y saludable a la que cualquier persona puede aspirar.

Un reconocimiento a su trabajo y su dedicación para Norma Loto en Argentina, Helen Álvarez en Bolivia, Ángela Castellanos en Colombia, Tamara Vidaurrázaga en Chile, Soledad Jarquín en México, Alba Trejo en Guatemala, Sylvia R. Torres en Nicaragua, Mirta Rodríguez y Mercedes Alonso en República Dominicana, Julia Vicuña Yacarine en Perú, Isabel Pérez en Uruguay y Fabiola Llanos en Catalunya.