El viernes 5 de agosto la agencia calificadora de riesgos Standard and Poor’s rebajó la calidad de la deuda del gobierno de Estados Unidos. Ahora la deuda pública del país del norte tiene la nota AA+, antes poseía una calificación AAA. Ese hecho provocó que los mercados financieros mundiales reaccionaran con pánico, pues los índices bursátiles más importantes del mundo experimentaron descensos. A la luz de los datos, se ve que existe una elevada probabilidad de que una nueva contracción económica aparezca en las economías del Atlántico norte. La probabilidad de que los efectos de la crisis se trasladen a las economías del sur, provocando una recesión, es más baja; sin embargo conviene tomar previsiones oportunas.

Inmediatamente después del fin de semana posterior al anuncio de S&P, el índice más importante de la Bolsa de Nueva York, el Dow Jones, disminuyó su nivel en 6%. Por su parte, el Eurostoxx 50 de Frankfurt y el Nikkei de Tokio disminuyeron en 3,2% y 1%, respectivamente. La reacción de las bolsas mundiales ha sido interpretada por muchos analistas y agentes económicos como la antesala de una recaída de la economía mundial. Se está hablando de una segunda crisis después de la de 2008. Sin embargo, no parece adecuado realizar tales afirmaciones en base a los movimientos bursátiles por su volatilidad a corto plazo.

Por el lado correcto, se puede adivinar la dirección futura de la economía observando los datos del crecimiento, desempleo y estado de la deuda de las economías más grandes del mundo. Al respecto, Estados Unidos y la Zona Euro no han superado el crecimiento (anualizado) del 2% en el primer trimestre de 2011. La tasa de desempleo de las dos economías sigue siendo elevada, alrededor del 10%; antes de la crisis, en 2006, la tasa de paro no superaba el 5% en Estados Unidos y era 8% en Europa. Además, la deuda de las economías industrializadas no arroja buenas cifras, Estados Unidos tiene una deuda pública que supera el 100% de su PIB y a la Zona Euro le corresponde un 85% (véase Eurostat), si sumamos la deuda privada a los datos mencionados los porcentajes se duplicarían o inclusive más. Lo negativo de la deuda, para los deudores, es que genera intereses que deben ser pagados, restringiendo el gasto destinado al consumo e inversión, contrayendo la demanda agregada y producción a corto plazo.

El bajo crecimiento, la elevada tasa de desempleo y la deuda alta se mezclan con políticas que se concentran en la reducción del gasto público, con el pretexto de que el déficit fiscal es el mayor problema y no el desempleo ni la actividad económica. De hecho, en Estados Unidos se está planteando reducir los gastos en seguridad social y en salud. Y en Europa, como se sabe, los planes de austeridad fiscal van desde reducciones de los salarios y despidos en el sector público hasta políticas de “co-pago” en los servicios de salud. Con ese panorama parece que en los siguientes meses las economías del norte entrarán en una nueva etapa recesiva. También Bernanke, Presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, ve problemas pues acaba de anunciar que mantendrá los tipos de interés de referencia entre 0 y 0,25% hasta 2013, la disminución del tipo de interés anunciada por Bernanke puede estar enviando la señal de que Estados Unidos nuevamente ingresa en un periodo de contracción económica.

Pero ¿qué sucede con las economías emergentes? De ellas se espera que para finales de 2011 crezcan a un buen ritmo. Según previsiones del FMI –actualizadas a junio–, se piensa que China crecerá en 9,6%, India sobre el 8% y Brasil y Rusia alrededor del 5%. Por otro lado, el comercio entre las regiones del sur se está incrementando. A la luz de las cifras de la UNCTAD el valor del comercio entre China y los países de Unasur, India y Rusia, en conjunto, creció en más de 1250% entre 2000 y 2010, mientras que, en el mismo periodo, el comercio entre Europa y Estados Unidos apenas aumentó en 53%. Estos datos están mostrando claramente que la dinámica de la economía mundial se está dividiendo en dos corrientes, por ello, no parece que la disminución de la demanda de bienes de los países del norte pueda tener efectos significativos en los países del sur. Sin embargo, conviene anotar que los efectos de la temida desaceleración y recesión de las economías industrializadas sobre las economías emergentes y en desarrollo pueden llegar por tres vías: primero, por la disminución de los precios de las materias primas, segundo, por la política monetaria de Estados Unidos y, finalmente por las propias políticas de las economías emergentes aplicadas para contrarrestar los posibles efectos de la crisis.

Por una parte, la disminución de la demanda mundial de materias primas puede provocar la caída de sus precios, especialmente del petróleo y minerales, lo cual reduciría los ingresos fiscales de los países productores y exportadores de bienes primarios, aquí se piensa en las economías sudamericanas. Por otra parte, la política monetaria de Estados Unidos, que ha decidido disminuir sus tipos de interés, puede ocasionar que el dólar se deprecie aún más con la consiguiente apreciación de monedas como el Yuan chino, de hecho, el Yuan ha alcanzado su valor más fuerte en agosto (6,4 yuanes por dólar); siguiendo con China, la apreciación de su moneda combinada con una inflación interna elevada conduciría a pérdidas de competitividad de sus productos; además, el empeoramiento de calidad de los activos financieros norteamericanos puede llevar a los especuladores a colocar sus inversiones en las grandes economías emergentes: China y Brasil; pudiendo provocar la expansión del crédito desencadenando presiones inflacionarias. Finalmente, si las economías emergentes, con el objetivo de contrarrestar los efectos de la crisis, decidieran aplicar políticas fiscales contractivas encaminadas a disminuir el déficit por la vía de reducción del gasto, entonces se provocaría una restricción de la demanda interna ocasionando reducciones en los niveles de producción y aumentos en el paro.

De ese modo, a corto plazo, las medidas aplicadas por las economías emergentes para enfrentar los posibles efectos de la crisis originada en las economías industrializadas, deberían concentrarse en neutralizar los elementos especulativos de una masiva entrada de capitales financieros y, centrarse en la aplicación de políticas contracíclicas, utilizando para ello medidas fiscales y monetarias adecuadas. A medio plazo, convendría que se llevaran a cabo acciones que incentiven más el crecimiento del comercio entre las economías del sur, emergentes y en desarrollo.

Por último, y a la luz de los datos, se ve que existe una elevada probabilidad de que una nueva contracción económica aparezca en las economías del Atlántico norte. La probabilidad de que los efectos de la crisis se trasladen a las economías emergentes, provocando una recesión, es más baja; sin embargo conviene tomar previsiones oportunas.

* Doctor en Economía, profesor de Análisis económico de la Universidad Católica San Antonio de España.