La Habana, (PL).- La causa de los Cinco antiterroristas cubanos encarcelados en Estados Unidos es un puente de unión entre personas nobles del mundo, afirmó una de las hijas de René González, uno de los prisioneros. Irma González, en la actualidad profesora universitaria, era apenas una adolescente cuando su padre fue arrestado en Miami durante un operativo del Buró Federal de Investigaciones (FBI) el 12 de septiembre de 1998. “Recuerdo que era de madrugada”, y las palabras brotan con un sabor amargo.

Fue, según ella, un suceso que le cambió la vida, tal vez mucho más que el día que se enteró en La Habana, que su papá era “un traidor” que se había “robado” un avión. Era entonces una niña y corrían los primeros años de la década de 1990.

Luego, entre incertidumbres y dudas, llegó la explicación materna de que él, René, “quería que nos reuniéramos en Estados Unidos”. A partir de ese momento Irmita, como cariñosamente le llaman, tuvo que madurar de pronto, aunque a ciencia cierta, como expresa el refrán, “solo sabía que mi papá no podía ser malo”.

Ya en Estados Unidos una de las contradicciones que tuvo que resolver fue el llegar a colocar en la justa dimensión el criterio de cómo si su papá era bueno, estaba allá reuniéndose “con gente que para mí no eran iguales a él”.

Durante una conversación anterior con esta reportera, Irma González narró que ella “asistía a las reuniones que hacían y un día ‘ya había cumplido los 12 años me senté con mis padres‘. En esa ocasión les dijo ‘€˜fíjense bien, no voy a más ninguna cosa de esa, ni a ningún arroz con pollo‘, porque casi siempre en esas reuniones los único que se dedican es a hablar mal del sistema en Cuba y a decir cómo iban a tumbar a la Revolución”.

La componenda ilegal

Precisamente, Gerardo Hernández, Ramón Labañino, Antonio Guerrero, Fernando González y René González, infiltraron esos grupos extremistas que, según la apreciación de Irmita, solo planificaban “tumbar” a la Revolución cubana, utilizando métodos violentos enfilados a sembrar el pánico, el caos y la muerte.

Sus misiones dieron seguimiento a connotados elementos terroristas como Luis Posada Carriles, Orlando Bosch (fallecido en Miami sin pagar por sus crímenes) y Rodolfo Frómeta, por solo citar algunos de esos ejemplos.

Fue así como se detectaron y neutralizaron planes vinculados con los intentos de entrar armas ilegales en Cuba, sabotear aviones comerciales o asesinar al líder cubano Fidel Castro. Argumentos que se presentaron con pruebas durante el amañado juicio que se siguió contra los Cinco en la ciudad de Miami en 2001.

Todas esas acciones se fraguaban con total impunidad en el sur de Florida, incluso los mismos terroristas y miembros del sector más reaccionario del exilio cubanoamericano alardeaban de su labor “anticastrista”.

En julio de ese mismo 2001, un mes después de dictarse el veredicto de culpabilidad contra Gerardo, Ramón, Antonio, Fernando y René, el entonces director ejecutivo de la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA) Joe García, declaró ante la prensa que esa organización “era el objeto central de las operaciones de este grupo”.

De la tristemente célebre hoja de vida de la FNCA (creada el 6 de julio de 1981), se conoce bastante. Sus fundadores tenían orígenes comunes, habían pertenecido a las estructuras armadas y políticas del dictador Fulgencio Batista, mercenarios de la Brigada 2506 e integrados a grupos terroristas anticubanos, así como prestaban servicios a la CIA en sus planes contra la nación caribeña.

Pues García certificó a los periodistas: “Nos sentimos confiados en que la Fiscalía mantenga el proceso judicial hacia delante y que lo lleve a donde lo lleve”.

El 12 de julio de ese 2001 la Fundación agasajó a los directivos del Buró Federal de investigaciones (FBI) que estuvieron involucrados en la detención y juicio de Gerardo, Ramón, Antonio, Fernando y René. Encabezó la lista Héctor Pesquera, director de su división en Miami hasta diciembre de 2003.

Antes, el 25 de junio John Ashcroft, entonces secretario de Justicia, opinó que el veredicto de culpabilidad dictado a cinco cubanos (el 8 de junio) era una “victoria para los derechos de los ciudadanos de este país (Estados Unidos)”.

Horas después, el 26 de junio, Ashcroft se reunió en un restaurante de Miami con algunos de los principales jefes anticubanos, entre ellos José Basulto, cabecilla de la organización terrorista, disfrazada con un manto humanitario, Hermanos al Rescate. Las anteriores son razones suficientes para interpretar que la naturaleza de este caso fue, desde el inicio, un proceso político.

El juicio realizado en Miami contra los Cinco por un presunto atentado a la seguridad nacional de Estados Unidos no fue más que una componenda legal de la Casa Blanca para ofrecerles un guiño a sus incondicionales aliados en Florida.

La afirmación de García y la conducta de Ashcroft corroboran el porqué los declararon culpables de delitos no cometidos y fueron condenados a severas y arbitrarias sanciones que en conjunto suman dos cadenas perpetuas, 98 años y 19 meses de prisión.

Paradójicamente, mientras Ashcroft estaba en Miami, los Cinco eran conducidos de vuelta al “hueco” (calabozo de castigo) en represalia por su comunicado al pueblo norteamericano del día 17, en el que manifestaron su inocencia y alertaron que ningún daño pretendían contra los estadounidenses.

Además, expresaron en ese mensaje que durante 33 meses y cinco días habían soportado “el riguroso encierro en las celdas de una prisión de otro país cuyas autoridades son hostiles al nuestro”.

En junio también, pero de 1998, las autoridades La Habana, en un intercambio con el FBI, entregaron 230 páginas sobre actividades terroristas contra Cuba orquestadas desde territorio norteamericano.

El mismo FBI que admitió estar impresionado por la cantidad de pruebas aportadas fue el que tres años después festejó por el juicio y arresto de los Cinco con los terroristas denunciados en el proceso legal.

La tortura, otra sanción

Ha sido este un caso caracterizado por la ausencia de las más elementales garantías y derechos humanos, en el cual existe una presencia permanente de la aplicación de torturas contra los Cinco y sus familias.

Se entiende en este sentido por tortura todo acto por el cual se inflijan de manera intencional dolores o sufrimientos graves a una persona, ya sean físicos o mentales, con el fin de obtener de ella o de un tercero información o confesión; así como castigarla por un acto cometido, o se sospeche que ha cometido.

¿Cuánto de esto hay en la causa de los Cinco?, un cuestionamiento que no debe faltar cuando se analizan las violaciones a lo largo de casi 13 años de encierro.

El Grupo de Trabajo de Detenciones Arbitrarias de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas en su opinión del 27 de mayo de 2005, catalogó de arbitraria la detención de estos luchadores contra el terrorismo y sugirió al Gobierno estadounidense reparar de inmediato esa situación, o sea, liberarlos.

También organizaciones humanitarias han planteado su preocupación ante el Fiscal General de Estados Unidos y el Buró Federal de Prisiones, por los quebrantamientos al derecho de los detenidos y sancionados, así como el de sus familiares, sin obtener hasta la fecha cambio alguno en su posición.

Para la doctora Nuris Piñero, abogada de la familia, la Casa Blanca debía responder públicamente ¿por qué permitió aplicar castigos crueles a los Cinco?, como es el caso de haberlos confinado en el llamado hueco en varias ocasiones.

Sin embargo, otros castigos que igualmente se suman a la lista de torturas contra ellos es el hecho de impedir que Adriana Pérez y Gerardo Hernández puedan sostener el encuentro matrimonial, aun en medio de las duras condiciones de una cárcel.

Un cruel ejemplo: en julio de 2002 a Adriana se le prohibió ingresar al territorio norteamericano, luego de que Estados Unidos le concediera en esa ocasión la visa.

Y para aumentar el sufrimiento de la pareja, a ella la obligaron a retornar a Cuba después de someterla a un interrogatorio del FBI durante 11 horas. Desde entonces es el reclamo porque se les respete su derecho de visita.

Pero la tortura ha sido un arma sistemática contra Gerardo. El día 21 de julio del pasado año, sin reportar indisciplina alguna, fue conducido al hueco despojado de sus pertenencias personales.

En abril de 2010 él había solicitado una consulta médica, pues presentaba problemas de salud. El 20 de julio, tres meses después, fue revisado por un galeno de la cárcel, quien indicó una serie de análisis debido a sus síntomas.

En lugar de brindarle el tratamiento, Gerardo fue enviado abruptamente a un calabozo de castigo 24 horas después, o sea, el 21 de julio.

Ese nuevo atropello, generó una fuerte protesta internacional, porque además lo aislaron en momentos en que se preparaba junto a sus abogados a propósito del recurso de apelación de Habeas Corpus.

En la lista de terribles violaciones se cuentan también las cometidas contra Olga Salanueva y René González. Ella fue víctima de presiones psicológicas del Gobierno de Estados Unidos para tratar de obligar a su compañero a que se declararse culpable y testimoniara contra sus co-acusados.

Al no lograrlo, la sometieron a un proceso ilegal que culminó con su deportación en noviembre de 2000, considerándola en 2006 como inelegible para recibir visa, con lo cual les negaron el derecho de reunión familiar.

Esto quebranta el derecho de Ivette González, de 13 años de edad, hija menor de ambos y además ciudadana estadounidense, a visitar a su padre en compañía de la figura materna, que es lo más apropiado.

El procedimiento vulnera las reglas más elementales de reunión familiar amparadas por la Convención de Ginebra en su artículo 26, cuando reconoce el derecho al contacto regular entre los miembros de un mismo núcleo, sostiene la abogada Piñero.

“Cuando mi mamá fue deportada de Estados Unidos empezamos otra vida aquí en Cuba ella, mi hermanita y yo”, dice Irma González. “Al volver sentí la alegría del reencuentro con mi patria, pero traía una enorme tristeza porque atrás quedaba mi padre sin saber por cuánto tiempo”.

Hace una década se reveló quiénes son Gerardo, Ramón, Antonio, Fernando y René, “basta hoy con mencionar sus nombres para identificarlos”, advierte en este recuento a Prensa Latina.

Y enlazando una y otra idea indica: Los hijos hemos sufrido, pero también nos hemos levantado. El tiempo ha pasado. Ya no somos niños. Creo que en cada uno de nosotros está la huella. Crecemos con el ejemplo de los Cinco. Mi hermana Ivette era muy pequeñita aquel 12 de septiembre.

“Ahora Ivette es una adolescente, ha crecido, es noble -subraya-, gracias, en buena medida, a miles de personas que se le han acercado a darle su amor, su esperanza”.

También “al final, cuando saquemos el saldo de lo vivido pienso que estos años de sufrimiento nos hicieron incluso mejores seres humanos”.

Lo más difícil para ella es “comprender el discurso de Estados Unidos respecto a esa supuesta lucha contra el terrorismo, porque si no fuera un discurso hipócrita mi papá y sus hermanos no estarían en cárceles de ese país”.

* Periodista de la Redacción Norteamérica en Prensa Latina.