(Erbol).- La sentencia con tufo de emperador ha sido dictada: “habrá carretera, quieran o no”. Entonces, ¿para qué ya consultarán a los indígenas? ¿Para qué conozcan la ira del delegado de la Pachamama? 

La historia se repite, escribió Marx, la primera vez como tragedia, la segunda, como comedia. En 1492, llegaron los españoles y dictaron con aire real la misma sentencia: “estas tierras son del rey, quieran o no”. 519 años después se escuchan las mismas palabras, pero esta vez y para sorpresa de todos, las pronuncia su autonombrado líder espiritual, su salvador, su mesías.

El llamado proceso de cambio puso por encima de la realidad ideales como la justicia, la igualdad, la libertad, cuando en realidad habían seguido siendo las condiciones materiales las que determinan la ideología y las impresiones que tenemos del mundo. He ahí la explicación de la diferencia entre cocaleros e indígenas. Los primeros buscan riqueza material así sea a costa de otras especies, los segundos quieren preservar su única riqueza: la naturaleza.

Evo es como China, socialista en discurso, capitalista en la práctica. Su origen étnico es aymara, pero su ADN de clase es cocalera, por tanto liberal y partidario del desarrollo capitalista. Morales es producto de sus relaciones económicas y víctima de su poder narcisista. Lo acaba de demostrar.

Se repite otra vez la historia, para los invasores españoles los indios no tenían alma; para Morales, no tienen inteligencia, por eso cree que son manejados por los “oenegeros” que un día fueron sus amigos, cuando eran tiempos de cambio, pero ¿cuánto ha cambiado con el tiempo? Está irreconocible.

Los indígenas aman en serio a la Madre Tierra y no quieren una herida de 306 kilómetros. Para nosotros la selva es como un hotel de cinco estrellas, me dijo un día la indígena María Saravia.

Otra vez la historia; hace 500 años la cruz sirvió para justificar el mayor genocidio que se recuerde en la historia. Después de siglo y medio, los evangelizadores habían diezmado la población indígena. Hay historiadores que aseguran que de 70 millones de seres humanos que vivían en estas tierras, apenas quedaban 3 millones. La excusa de hoy es el desarrollo y está a punto de acabar con árboles, plantas, animales, ríos, que si hablaran como en “El bosque animado” de Wenceslao Fernández, le dirían a Morales: “No nos mates, nosotros también somos hijos de la Pachamama”.

Pero no todo está perdido, apelo a la conciencia ecológica del Presidente para salvar uno de las reservas más ricas del Mundo. Con ese fin le narro un hecho que me contó José Ignacio López Vigil.

En 1988, sesionaba la asamblea constituyente de Brasil. Los pueblos indígenas de la amazonía habían recogido las 30 mil firmas necesarias para presentar una enmienda constitucional sobre el derecho a sus tierras ancestrales. Las galerías estaban repletas de indias e indios con sus torsos desnudos y coronados de plumas. Para sorpresa de todos, el representante de los pueblos nativos apareció impecablemente vestido con traje y corbata. Atravesó el hemiciclo y llegó hasta la tribuna. Le dieron 20 minutos para exponer. El indio se volvió hacia el presidente del Congreso como pidiendo autorización para comenzar. Y entonces, en vez de hablar, tomó un bolso donde llevaba una caja de tintes y empezó a engalanarse la cara con los colores guerreros de su tribu. Empleó los 20 minutos previstos para su discurso pintándose la frente, las mejillas, el mentón, después miró desafiante a la audiencia con el rostro más digno del mundo. Sin decir palabra, guardó la caja de tintes de sus antepasados y se retiró del salón del Congreso. Ganaron la enmienda, el artículo 231 de la Constitución del Brasil reconoce el derecho de los pueblos indígenas a ser propietarios a perpetuidad de las tierras que siempre ocuparon.

El mensaje ha sido claro: déjennos vivir con nuestro desarrollo en paz. Por ello, la carretera debería ser diseñada rodeando el Parque Isiboro Sécure. Costará más, pero será una prueba de amor a la Pachamama.

* Director de la Red Erbol.