(Prensa Latina).- En cada fruto sacado de las plantaciones marfileñas de cacao hay sudor y lágrimas de niñas y niños esclavos, la mayoría arrastrados hasta allí por contrabandistas. Casi la mitad del chocolate consumido en el orbe proviene de Costa de Marfil, a donde van a parar miles de pequeños -de entre 10 y 14 años- procedentes de África Occidental y Central.

Los traficantes obtienen unos 230 euros por cada infante entregado a los hacendados productores del otrora llamado Alimento de los Dioses, pero los menores son luego forzados a trabajar por centavos. El bombón de chocolate más caro del mundo es el de la marca francesa Theodorus Cornelius y cuesta unos 350 euros.

Contrasta pensar que, para satisfacer su paladar, existan personas capaces de pagar semejante suma a cambio de una porción de chocolate, fruto del dolor y la miseria.

El dedo acusador de tal vejamen apunta a las transnacionales, a los pasivos consumidores, a los padres que venden a su prole impelidos por la pobreza más aberrante y, en primer término, a la humanidad que tolera impasible semejante barbarie en pleno siglo XXI.

Denuncias van y vienen

El documental El lado oscuro del chocolate, del director danés Miki Mistrati, demostró hace algunos años cómo esa industria se beneficia de la esclavitud y el tráfico de niños.

“Fue terriblemente sencillo encontrar mano de obra infantil”, explicó Mistrati al relatar sus dos viajes al África Occidental, donde visitó 17 plantaciones diferentes de cacao y “en todas ellas trabajaban niños”.

Los productores aprovechan esa mano de obra barata, a la cual obligan a recoger las semillas y a cargar bolsas de hasta 20 kilos en jornadas de 12 horas diarias.

Algunas fuentes, como el documental Dulce Amargo, de la cadena británica BBC, señalan que los campesinos cosecheros reciben por el cacao el mismo precio de hace 40 años.

Sin embargo, en el mercado internacional, como ocurre con otros muchos alimentos, su importe creció hasta un 300 por ciento en la última década. Ese desequilibrio es utilizado como justificación para la trata infantil.

Made in “trabajo infantil”

Entre los escasos esfuerzos por erradicar este flagelo, algunas ideas quedaron en el intento como las de roturar cada producto con su fuente de origen, algo así como, Made in “trabajo infantil” que, por supuesto, no prosperó. Tampoco encontró eco promover entre los consumidores un boicot al suculento negocio del también llamado Oro Marrón.

Hershey, Nestlé y otros consorcios trasnacionales han sido esporádicamente blanco de tales campañas, pero al poco tiempo olvidan que cada gramo de cacao extraído de Costa de Marfil es resultado de condiciones de esclavitud infantil.

Entre las muchas sabrosas golosinas, el chocolate en sus más diversas formas es la preferida del común de las personas y la predilecta de los más pequeños.

Resulta irónico que la inmensa mayoría de los niños y niñas cosecheros del producto original, el cacao, ni siquiera conozcan la existencia del chocolate y jamás se hayan llevado a la boca un bombón.

Las ilusiones perdidas

Durante décadas, niñas y niños de los países pobres son explotados en minas, canteras, áreas agrícolas y también reclutados para la guerra, la prostitución y el tráfico de armas y de drogas.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) fijó el 2016 como meta para la erradicación de las peores formas de trabajo infantil. Sin embargo, poco después de aquel llamado esa entidad reconoció que “los esfuerzos pierden fuerza (sic)” y convocó a “revitalizar” la campaña mundial para erradicar el mal.

Antes anunció, y de ello se hicieron eco diversas agencias noticiosas, que entre 2004-2008 disminuyó la cifra internacional de niños trabajadores de 222 millones a 215 millones.

Un breve cálculo arroja que en cuatro años, apenas descendió el número de menores explotados laboralmente en tres por ciento y a ese ritmo en el 2016 (siendo optimistas) quizás podría lograse reducir un 15 por ciento.

Pero si en su informe global sobre el tema la OIT indicó reducciones entre niños y niñas de cinco a 14 años, en sentido inverso, entre los adolescentes de 15 a 17 años aumentó un 20 por ciento, de 52 millones a 62 millones.

El más reciente análisis mundial sobre el tema realizado en La Haya, Holanda, estableció una Hoja de Ruta “para de manera significativa aunar esfuerzos” en aras de llegar a la meta en 2016.

“Pero no nos engañemos: la Hoja de Ruta no marca el final de nuestra labor conjunta, por el contrario, debemos continuar trabajando”, advirtió el ministro de Asuntos Sociales y Empleo de los Países Bajos, Piet Hein Donner.

Este 12 de junio, Día Mundial contra el Trabajo Infantil, volverá a la palestra pública el tema, y desde ya se sabe, será una jornada para nuevas justificaciones, dilaciones y promesas que no existe la voluntad de cumplir.

* Periodista de la Redacción África y Medio Oriente de Prensa Latina.