El proceso actual es una auténtica marejada popular, un tsunami social, una riada incontrolable y, por ello, parecida a la de la revolución del 52, incluso en el perfil de sus críticos. 

En primera fila estaban las víctimas de la revolución: los hacendados, los abogados, los políticos del viejo régimen, que veían su heredad destruida como si fuera la caída de la casa Usher. ¿Tanto esplendor construido desde la fundación de la República para que el país se llenara de campesinos, de mineros, de milicias armadas?

Otros no habían perdido nada, salvo sus creencias y adhesiones sociales, y por eso se lamentaban como el doctor Zhivago, que tenía todo el derecho de pensar en su vida destruida por la revolución, pero carecía de la sensibilidad para comprender el nuevo tiempo.

Como en la Revolución Francesa, los ciudadanos en la cúspide del poder eran obreros, campesinos, sastres, carpinteros, talabarteros. Como en la Revolución Rusa, los comisarios y camaradas eran sombrereros, verduleras, barzolas, gente de medio pelo. ¿Cómo habían osado expropiar no sólo minas y haciendas, sino ideas y principios que inflamaban a los intelectuales antes, durante y después de la Guerra del Chaco?

Entre éstos, había intelectuales de muy buena leche, de linaje irreprochable, marxistas viejos (cristianos viejos) cuyo compromiso con los desposeídos se remontaba a los inicios del siglo XX. Ellos contemplaban compungidos los desastres que provocó la riada del 52: animales muertos de vientres hinchados, troncas, despojos que dejaban una sentina de escombros a su paso. Entre ellos, aparecían los viejos partidos políticos, los partidos tradicionales, pero, también los partidos de izquierda que no lograron comprender el sentido de la historia. Había que escuchar a esos maestros piristas, profesores eméritos de la universidad, que se inflamaban al pronunciar argumentos sólidos y racionales contra el voto universal (que llamaron pongueaje político), contra la reforma agraria (que llamaron desastre de la agricultura), contra la nacionalización de las minas (que llamaron consolidación de la burocracia).

Todos ellos denunciaban la inflación, el comercio de cupos, el monopolio de los cargos públicos por el partido oficial, la venta de las libras esterlinas, las irracionalidades en la gestión de gobierno, hasta que el régimen se vino abajo y todos ellos aplaudieron la caída aunque inaugurara un largo ciclo de dictaduras militares.

Pero el juicio histórico no se fabrica examinando la coyuntura sino la estructura, el cambio en el árbol social, que se produce a largo plazo. Por eso hoy me divierte escuchar a los nietos de los hacendados, de los empresarios mineros, de los viejos intelectuales de izquierda, que ya no dicen, como sus abuelos, “Mono ladrón” sino “¡Qué gran estadista!” Ya se olvidaron de la irrupción de los antiguos pongos y mineros en las ciudades y, a la distancia, consideran ese ciclo histórico como hechura de una élite pensante que se prestó ideas de la izquierda y, bien o mal, las hizo realidad histórica.

La historia es una dama desdeñosa e injusta en el tiempo corto; pero en el tiempo largo suele poner las cosas en su sitio. Entre los olvidados, hay hombres y mujeres valiosos por la integridad y la profundidad de su búsqueda, de su lucha por la liberación nacional y por la profundización de la democracia. Quizá este proceso los olvida, pero ya hallarán su sitio.

En cuanto a los observadores, uno es libre de ubicarse en el punto de mira que le plazca, si en la columna de los Zhivagos, si en la de los intelectuales desdeñosos o en la de los pocos deslumbrados por la historia que, una vez más, hace las grandes transformaciones no por dictado de la razón ni por la contundencia de un programa sino en la cresta de una marejada popular, de un tsunami social.