(Datos & Análisis).- La batalla satelital por la captura de bin Laden demostró que la producción de tanques y armas de destrucción masiva es un crimen capitalista que debe proscribirse a estas alturas del siglo XXI. Son armas de un pasado genocida y tan obsoletas como los arcabuces del siglo XIX. La ONU debería declarar ilegal su fabricación.

El fabuloso avión espía Black Bird fabricado por Lockheed detectó y registró con rayos infrarojos cada movimiento de bin Laden en su refugio paquistaní, los helicópteros Chinnok de la Boeing transportaron a los equipos Delta hasta la casa del terrorista con el mayor sigilo, mientras unos Stealt Hawk con rotor silencioso e invisibles al radar rodeaban la casa de Osama. Un vecino suyo mandó mensajes por el Twitter al descubrir la furtiva incursión y el presidente Obama apostado en el Salón Oval recibía las imágenes satelitales en tiempo real. Cuando tuvieron el cuerpo sin vida del terrorista, un experto forense del Pentágono extrajo de su pen-drive el archivo con los datos genéticos de la familia bin Laden y confirmaron el ADN en el acto. La batalla había terminado y un mensaje de “Game Over” apareció en todas las pantallas todavía encendidas.

Y como no podía ser de otra manera, el principal botín de guerra obtenido entre los bártulos del guerrero muerto consistió en discos duros, Cd’s, DVD’s y muchos chips conteniendo información digital estratégica acerca de la estructura oranizativa de Al Qaeda y su red de células dormidas, acerca de sus finanzas, etcétera.

Al letal jefe terrorista le derrotaron los más avanzados sistemas satelitales y paquetes computacionales diseñados por la industria bélica norteamericana en la era de Barack Obama.

Aquella imagen del Presidente negro con ropa de día de caza, mirando de cuclillas la transmisión satelital mientras un general del Pentágno chateaba por spike comandando desde la Casa Blanca el operativo para ejecutar a Osama bin Laden, tiene un significado estremecedoramente revolucionario. La guerra satelital reduce a su mínima expresión el riesgo del “daño colateral” y más bien beneficia al mundo con un desarrollo intenso de las fuerzas productivas dentro el campo de la tecnología digital, que harán más accesibles los usos civiles del internet.

Obama capitaneó la madre de todas las batallas derramando el mínimo de sangre, apenas mató quirúrgicamente al entorno íntimo del jefe terrorista y no hubo bajas en el bando gringo —salvo el helicóptero a control remoto que por una falla de configuración se estrelló en la terraza del refugio invadido al comenzar la captura—.

La batalla satelital por la captura de bin Laden demostró que la produción de tanques y armas de destrucción masiva es un crimen capitalista que debe proscribirse. Los tanques y los bombarderos de guerra son armas de un pasado genocida que ya no es consonante con las emergencias humanistas de este cibernético siglo XXI. Son armas tan obsoletas como los arcabuces del siglo XIX. La ONU debería declarar ilegal su fabricación.

Para atrapar a Sadam Hussein, George Bush masacró miles de inocentes con armas de destrucción masiva que costaron miles de millones de dólares engordando obscenamente las cuentas bancarias de los fabricantes de tanques. En cambio Obama, gastando lo estrictamente necesario, suprimió a bin Laden con solo hacer un click en el Google monitoreando las imágenes que los soldados “SEALs” transmitían desde sus gafas de visión nocturna conectadas al satélite.

Hacía falta que el operativo sea comando por un Premio Nobel de la Paz y, lo más importante, había que ponerse a la altura del talento guerrero de bin Laden apelando a lo más sofisticado de la tecnología satelital.

No fueron tanques sino computadoras conectadas al satélite las armas principales usadas para derrotar a bin Laden. No fueron desaforados comandos con caras pintadas y altas dosis de cocaina en las neuronas los ejecutores de tan prolija estrategia, sino ingenieros informáticos de costumbres vegetarianas y expertos en las artes ocultas del mundo virtual, nuestro mundo hoy.

* llactacracia@yahoo.com