Antesala. En julio de 2004 algo ocurre en Egipto, a saber, la creación de un movimiento político amplio con un solo objetivo: derrocar al régimen de Mubarak. Kifaya (que en árabe significa “basta”) entraba en la escena política no para acomodarse en la anestesia de un partido, sino más bien, para permanecer en el temblor del acontecimiento. De ahí en adelante, Kifaya asumirá una posición de boicot a las elecciones egipcias de 2005 considerándolas un fraude en tanto se efectuaban en medio de la vigencia de un estado de emergencia; asimismo se opondrá a la ocupación israelí en Palestina, así como a la invasión estadounidense de Irak. Hoy, cuando todo el mundo árabe grita Kifaya, éste ya no es un simple movimiento egipcio, sino el rostro de una historia de la cual hoy pende nuestro presente.

1.- Kifaya

Ya se había hecho habitual que los conflictos en Medio Oriente tuvieran la forma de enfrentamientos religiosos. Toda la tradición secular de la política árabe parecía haber sido definitivamente enterrada. En el plano discursivo, los árabes parecían haber sido sustituidos por los musulmanes, así como las luchas políticas eran ensombrecidas por los nuevos conflictos civilizacionales. A partir de aquí, la politología oficial post-guerra fría apuntalaba el nuevo marco discursivo de la política exterior norteamericana impuesta desde la caída del muro de Berlín se volvió una biopolítica orientada a administrar a un conflicto civilizacional de carácter global: desde la circulación de la tesis sobre el “choque de civilizaciones” hasta el discurso que Obama pronunciara en la Universidad de Al Azhar de El Cairo el año 2009: “(…) he venido hasta aquí para buscar una nueva relación entre EEUU y los musulmanes (…)”.

Todo parecía volverse un problema de “civilizaciones” cuya historicidad se encontraría en los largos períodos de sus diferentes formaciones hasta alcanzar su presentación “como tal”, en el actual escenario global. Sin embargo, para el mundo árabe, la caída del muro de Berlín y la reestructuración de ese nuevo marco, habría tenido lugar unos años antes con la puesta en juego de tres eventos que sobredeterminarán decisivamente a la región hasta el día de hoy:

– En primer lugar, el triunfo israelí en la guerra de 1967 con la extensión de su hegemonía regional y la profundización de su alianza estratégica con los EEUU;

– En segundo lugar, la Revolución iraní de 1979 que proyectó al islam como una fuerza política de carácter anti-imperialista (o, si se quiere, anti-occidental) y,

– En tercer lugar, el giro egipcio, a principios de los años 70, hacia las reformas neoliberales en el plano económico (infitah) bajo el gobierno de Sadat (paralelo al golpe de Estado llevado a cabo en Chile en 1973).

Así, pues, mientras la politología oficial elaboraba estrategias para mellar el poder de la insurrección islámica, los árabes les han tomado por sorpresa. Nada parecía anunciarles, a pesar de que todas las estadísticas no hacían más que admitir la progresiva pauperización económica, social y política de las diferentes sociedades árabes. Sin embargo, lo que hoy queda claro es que la relación entre dichos indicadores y el levantamiento general como al que estamos asistiendo no es de ninguna manera una relación necesaria. Ninguna “ley de la historia” podría haber determinado aquello, ni ningún “saber” podría haberlo predicho. Más bien, el levantamiento tiene lugar como el acontecimiento de lo político con el que los árabes han interrumpido el feliz carro de la historia. Hace años atrás, el pueblo palestino le dio un nombre a dicho acontecimiento: intifada, esto es, una rebelión de carácter popular cuya característica no es la de la fundación de nuevas instituciones, ni la de su proyección universalista (como ocurre con una revolución), sino mas bien, la de la revocación radical de la soberanía estatal.

Quizás, el acontecimiento de la actual intifada ha convertido a todos los árabes en palestinos. Como si todos hubieran comprendido que la ocupación israelí no es privativa de éstos, sino que sobredetermina a toda la región por igual. Con ello, los territorios ocupados no serían sólo aquellos que corresponderían a Palestina como espacio geográfico, sino también, aquellos de Egipto, Túnez, Yemen, Bahrein, etc. como sus nuevos espacios políticos. Y si bien, estos territorios ya no están ocupados por tropas israelíes, si lo están por dictadores árabes que les hacen su trabajo. “Hacer su trabajo” significará elaborar una estrategia que mantenga la hegemonía israelí en la región la cual, tendría dos caras: o bien, aliarse a los EEUU como Egipto y ser parte de las políticas genocidas de Israel contra el pueblo palestino, o bien, como Siria o especialmente Irán que mantienen un régimen feroz contra sus ciudadanos, articulado por el fantasma del enemigo occidental. Dos caras de una misma máquina del poder que, en un polo tiene a los dictadores de regímenes seculares (Egipto, Siria) y en el otro a dictadores confesionalistas (Arabia Saudita, Irán). La intifada árabe, se ha situado al centro de dicha máquina, como su resto, comenzando a desactivar sus fantasmas, luchando por la revocación de los estados de excepción y gritando ¡Kifaya! por todos los rincones de la tierra.

2.- La intifada es un movimiento anti-policial

Si es cierto que nuestro tiempo es, el tiempo de la policía o, lo que es igual, el tiempo en el que “el estado de excepción se vuelve paradigma de gobierno”[1], se podría decir que la intifada árabe es, ante todo, un movimiento anti-policial: a principios de Marzo, en el barrio residencial egipcio de Medinet Nasr cientos de manifestantes ingresaron a la sede de la policía para apoderarse de documentos que registraban con detalle las actividades de los organismos de seguridad.

Habiendo realizado torturas sistemáticas, persecución, desaparición y encarcelamiento de miles de ciudadanos, la policía se aprestaba a quemar dichos documentos para borrar todo registro de sus actividades. En esta perspectiva, habría que ver cómo la intifada rechazó la sustitución de Mubarak por Omar Suleiman, jefe de la policía secreta egipcia, y cómo ésta rechazó en Túnez la presencia de Ganuchi en el nuevo consejo de la transición política. Mas, habría que subrayar que las redes policiales en los diferentes países en que se ha levantado la intifada, han sido alimentadas política y económicamente por la acción de las potencias occidentales que han tejido durante todos estos años los mecanismos necesarios para la expansión de su propia hegemonía.

A esta luz, la acción anti-policial de la intifada es, a la vez, una acción anti-colonial. En Irak, un país en que las protestas se han focalizado en contra de las fuerzas norteamericanas que aún permanecen en el país, quizás muestra esa inmediata relación. Sin embargo, las protestas en Siria, donde el régimen de Bashar Al Assad se mantiene en base a un estado de excepción declarado desde el año 1963, indican que este movimiento no se dirige contra tal o cual gobierno, sino contra la totalidad de las oligarquías árabes que, desde finales de los años 60, no han hecho mas que congelarse en enormes aparatos policiales destinados a aplacar cualquier insurrección. Sea el régimen sirio, egipcio, tunecino o bahreiní, sean pro-norteamericanos o no, todos parecen haber sufrido los embates de la nueva intifada, toda vez que todos, sin excepción, han aplicado incondicionalmente, los estados de excepción.

3.- La intifada árabe tiene como núcleo la cuestión palestina

No sólo las pancartas que se asoman en cada protesta muestran el rostro de Mubarak con la estrella de David en su frente o aquellas en que se superponía dicha estrella a la svástica nazi, sino la sobredeterminación de la hegemonía israelí en la región desde 1967 hasta la fecha impacta decisivamente en las políticas adoptadas por la casi totalidad de los países del Magreb. En este marco, la cuestión palestina se presenta como el núcleo del problema en dos niveles.

En el primer nivel, el discurso israelí que enuncia que Israel es la “única democracia en Medio Oriente” tiene un doble sentido: en primer lugar, posiciona ideológicamente a Israel como el supuesto garante de la democracia occidental en la región y, en segundo lugar, subraya la inquebrantable alianza de Israel para con los EEUU. En un reciente artículo Ilan Pappé, historiador israelí, se preguntaba: ¿que ocurriría si esta relación de ser la única democracia en Medio Oriente se invirtiera completamente y terminara como el único Estado fanático que promueve políticas racistas en contra de la población palestina? La pregunta de Pappé, se dirige a visibilizar la posibilidad de dos transformaciones que podrían ser decisivas en la región: en primer lugar, la posibilidad de una alianza egipcia-turca en función de levantar un nuevo referente hegemónico que, por serlo, desafiaría el estatuto israelí, y, en segundo lugar, la posibilidad siempre cierta aunque cada día menos probable, de des-sionizar a Israel y cortar su alianza con los EEUU.

En el segundo nivel, la cuestión palestina ha sido conmocionada desde su propio interior: manifestaciones de jóvenes palestinos en diversas ciudades se han dirigido en contra tanto de Fatah como de Hamas. Contra los primeros porque han transado todo sin ganar nada, y contra los segundos, porque no han transado nada y han perdido todo. La intifada palestina que, a su vez, ha sido objeto de la represión incondicionada de ambas fuerzas políticas, ha indicado el punto en que éstas han sido cómplices de hecho de la ocupación israelí. Así, pues, entre los dos polos de la maquinaria emerge la intifada abriendo un tercer espacio por el cual tengan lugar nuevas vías de acción política. Esas nuevas vías de acción se han visto eficaces últimamente cuando las dos fuerzas políticas han manifestado la creación de un gobierno de unidad nacional que pueda lidiar con la ocupación.

4.- La intifada se inscribe en la tensión entre el confesionalismo islámico y el tradicionalismo secularista

Se podría decir que la maquinaria del poder operando en los países árabes está compuesta de dos polos antitéticos: en un polo el confesionalismo islámico (el discurso islamista en sus diferentes versiones políticas y regionales) y el tradicionalismo secularista (el discurso secular heredado de la antigua configuración de la guerra fría). Ambos, siendo los dos brazos de una misma máquina del poder que define las estrategias de las actuales oligarquías árabes. La primera articulándose en contra de la segunda, pero finalmente, ambas perpetuando el mismo orden neo-colonial. Ambas siendo fruto de una crítica anti-colonial ambas, experimentando la contemporaneidad de una derrota. En una cronología histórica: el tradicionalismo secularista se habría agotado en la reproducción del poder de las élites después de las luchas de liberación nacional, tal como habría visto Fannon en su momento; el confesionalismo islámico encontraría su agotamiento en el incumplimiento de su propio proyecto puesto que nunca liberó al mundo árabe de Occidente, ni tampoco le hizo retornar al mitologema del califato medieval. Con ello, la intifada acontece como la novedad absoluta que irrumpe a la aceitada máquina del poder, denunciando el agotamiento, tanto del confesionalismo islámico como del tradicionalismo secularista. La intifada tendrá que demostrar su fuerza en la capacidad para no ser capturada por ninguno de estos dos polos de la máquina: “Amaremos la vida del mañana. / Cuando llegue el mañana amaremos la vida /tal cual es, falsamente corriente, / gris o de mil colores, / sin resurrección no otra vida.” –escribía el poeta Mahmud Darwish[2].

Ni la resurrección (confesionalismo islámico) ni las glorias de la soberanía (tradicionalismo oligárquico), el acontecimiento de la intifada ha puesto en juego a una vida radicalmente múltiple (“gris o de mil colores” –dice Darwish) apuntalada desde su absoluta “debilidad”: ¿no sería la actual intifada árabe una estela de la voz del poeta? ¿Una voz que abre la interfaz entre lengua y habla interrumpiendo al discurso dominante en función de la creación de nuevas formas de enunciación?

5.- Paradójicamente, la intifada árabe es también heredera de la itjihad islámica

Lejos de la mirada que ve en el islam a una religión completamente congelada al pasado, homogénea y carente de historicidad, habría que destacar que, desde el principio, éste no ha sido más que un movimiento de rupturas y transformaciones. Pero será sobre todo en los últimos 300 años, es decir, en la permanente relación entre islam y modernidad donde tendrá lugar la abertura a lo que técnicamente se conoce como itjihad, esto es, nuevos “esfuerzos de interpretación” de los textos sagrados, cuyo efecto mas prominente quizás sea la creación de nuevas formas de enunciación. La itjihad se convierte así, en una verdadera pragmática mesiánica que, por serlo, tensiona a las tradiciones históricamente arraigadas, abriendo a los textos sagrados desde y hacia otros lugares de enunciación[3]: ya no será el doctor de la Ley quien será el único autorizado en leer el Qurán, también lo serán las feministas musulmanas quienes, defendiendo su derecho a la itjihad, harán lecturas no patriarcales del Qurán. Sin embargo, el efecto mesiánico de la itjihad quizás encuentre en los pensamientos de Seyyed Qutub (sunnita) y Alí Shariati (shiíta) nuevas formas de expresión cuyas fuerzas operan paralelamente al proyecto de la teología de la liberación en América Latina.

Para Seyyed Qutub –uno de los ideólogos de los actuales Hermanos musulmanes – el islam constituiría un proyecto de unificación de la fe para con la vida práctica, situando así a la umma (la comunidad musulmana) como el poder constituyente al que se debe todo régimen político. Es relevante aquí, la utilización qutubiana del término umma (comunidad musulmana) y no watan que en el léxico secular árabe designa a la nación. Su apuesta es que, en efecto, la umma como poder constituyente está antes de todo watan (poder estatal-nacional) y, como tal, sólo desde allí sería posible hacer frente tanto al marxismo como al liberalismo, las dos corrientes derivadas del secularismo proveniente del cristianismo imperial y que, a ojos de Qutub se despliegan como los discursos hegemónicos de la guerra fría. Como se ve, la apuesta de Qutub trastoca al concepto mismo de autoridad toda vez que des-legitima cualquier investidura soberana que no esté arraigada en la umma:

“Ningún soberano –plantea- tiene autoridad directa proveniente del Cielo (…) Al contrario, ocupa su posición sólo por la completa y absolutamente libre decisión de todos los musulmanes, que no están obligados a elegirlo vinculados por ningún pacto realizado por su predecesor, ni por la fuerza de los vínculos familiares de éste. Más aún (…) hay que afirmar que derivará su autoridad de su continuo reforzamiento de la ley. Cuando la comunidad musulmana no esté lo suficientemente satisfecha, su labor debe ser interrumpida.”[4] De esta forma, es la umma, no el soberano, la que podrá decidir si interrumpe o no la continuidad de la autoridad.

Para Ali Shariati –profesor de literatura iraní exiliado en Francia en donde terminó su doctorado en sociología- el islam se presenta de antemano como un proyecto revolucionario: “El islam es una religión que hizo su aparición en la historia de la humanidad con el no a Muhammad, el heredero de Abraham, manifestación de la religión de la Unidad de Dios y de la unidad de la raza humana, un no que empezó con el grito de unidad, un grito que el islam volvió a proferir en su enfrentamiento con la aristocracia.”[5]

Así, el islam habría surgido como un grito contra la opresión de la aristocracia de la época y en favor de la justicia simbolizado por Alí, heredero inmediato del Profeta (según la tradición shií, a la que Shariati se está refiriendo). En este sentido, el islam constituiría un poder-no capaz de revocar a toda formación soberana. Así, los shiítas no son más que la clase oprimida que lucha contra la aristocracia y que, por serlo, inscribe al shiísmo en la forma del martirio: sólo el martirio vitaliza la lucha proyectando al islam como un discurso propiamente revolucionario.

Así, frente al dominio colonial el islam se abrió –y se abre aún- a una nueva itjihad que, sin embargo, desde 1967 las tendencias más conservadoras en su interior comenzaron a desplazar. En este sentido, el efecto mesiánico de la itjihad encuentra su forma actual en la intifada árabe, la cual está acompañada de miles musulmanes –pero no partidos confesionalistas- como por ejemplo, aquellos de corte feministas para los cuales la itjihad resulta central. Con esto, la constelación de la actual intifada árabe es también aquella de la itjihad toda vez que ésta habría sido rechazada por los sectores islámicos más tradicionales que, sin embargo, han sido los que se han acomodado en la misma maquinaria del poder que, en un principio, intentaban derrocar.

En otras palabras, no obstante el carácter “secular” de la intifada árabe, quizás sea la verdadera heredera de la itjihad en la medida que su fuerza ha podido decir “no” a las nuevas aristocracias abriéndose como un poder constituyente que está más allá del confesionalismo islámico y del tradicionalismo oligárquico de las élites árabes instituidas en los últimos 40 años. En suma, la intifada árabe no puede comprenderse sino es en la constelación de los efectos pragmáticos de la itjihad que han venido a cuestionar el poder en relación con la Ley, el Estado y el Qurán. Con ello, tanto Qutub como Shariati se inscriben en una constelación singular del tiempo histórico en el que el pasado (el islam) se vitaliza en el presente (la opresión colonial) y viceversa, generando así, nuevas formas de enunciación al interior del propio discurso islámico.

Así, la intifada árabe actual no sospecha del islam en general, sino de aquellos movimientos como los Hermanos musulmanes o aquél de los clérigos que pertenecen al Consejo de la Revolución en Irán que, en función de hacer del islam un dispositivo gubernamental, han clausurado las posibilidades de la itjihad. Varias preguntas reverberan aquí: ¿sería el efecto de esta itjihad que tiene lugar en la intifada árabe, una nueva versión de la otrora escuela mutazilí? ¿Estaríamos aquí en la antesala de un nuevo Renacimiento cultural árabe (nahda)? ¿Tendrá la fuerza de esta itjihad la capacidad de conmocionar a las élites confesionalistas (Arabia Saudí, Bahrein, Siria) al punto de su desplome?

6.- La intifada es el paradigma de una política post-estatal

La intifada árabe es un acontecimiento. Como tal, ha abierto la posibilidad, inclusive, la posibilidad de lo imposible. Con ello, la intifada árabe ha inaugurado una política de un presente que jamás puede ser contemporáneo de sí misma. Mas, el presente que aquí está en juego ha podido escindir la política del Estado y, con ello, al tiempo del reloj. La intifada como acontecimiento no ha hecho más que abrir un tiempo verdaderamente histórico, más allá de la historiografía orientalista impuesta por las potencias occidentales desde la invasión napoleónica hasta la fecha, en la cual, se suele representar a los árabes como pueblos congelados en un pasado mítico que ninguna relación tendrían con el presente.

Según Edward Said, el orientalismo constituiría una estrategia de saber-poder que apunta a dominar Oriente toda vez que éste sería incapaz de hacerlo sobre sí mismo. Sin embargo, la intifada árabe es el acontecimiento que interrumpe la estrategia orientalista. Porque si éste no hace mas que instituir el tiempo cronológico que relega al pasado a la función de un mito, la intifada abre a un tiempo histórico en que el pasado se vuelca hacia su presente, así como el presente no hace más que recibir la potencia del pasado: el saqueo de los museos durante los primeros días de la intifada en Egipto, no decían más que esto: Egipto no es una pieza de museo relegada a un pasado lejano como querría el dispositivo orientalista, sino una vida-en-común cuya multiplicidad se resuelve en la inmanencia de su presente.

En este plano, la maquinaria del poder asentada durante todos estos años y articulada entre el polo del confesionalismo islámico y el del tradicionalismo oligárquico no ha podido detener a la intifada, porque ésta no ha cedido nunca a las reivindicaciones identitarias, sino que ha abierto un lugar de todos y de nadie que, por serlo, no puede sino ser el campo de lo común. La plaza Tahrir en Egipto se ha vuelto la plaza de todos los pueblos, del mismo modo como cada pueblo se ha abierto a su propio Tahrir. Por ahora, la intifada habla, trabaja y vive en las calles árabes sin querer retroceder un centímetro. Sabe que al abrir el mundo de los posibles éste también puede sucumbir ante el terror. Por eso, su única arma no ha sido más que la performatividad de su acontecer. Sean los policías que salen a masacrar, sean los ejércitos que salen a disparar o sea la OTAN que salga a bombardear, en cualquier caso, la intifada deberá movilizarse una y otra vez. Y quizás, así como la seguridad se ha convertido en el paradigma de la soberanía global, la intifada lo pueda ser de su absoluta revocación: un verdadero estado de excepción que en todo el mundo árabe no hace sino exclamar: kifaya!

Epílogo

La homofonía Osama-Obama. El supuesto asesinato de Bin Laden la semana recién pasada por las fuerzas del SEAL estadounidense desplazó la fuerza mediática de las revueltas por un verdadero western exhibido durante todos los días. Como el final de una larga saga iniciada con la invasión soviética en Afganistán durante los años 80, la relación entre Al Qaeda y los EEUU han sido permanentes, ya sea como relación de mutua cooperación, ya sea como relación mutua agresión. Si en los años 80 compartían a un enemigo común (el anti-cristo soviético), en los años 90 y una vez derrotado aquél, Al Qaeda reivindicará para sí el triunfo exactamente como EEUU. Al Qaeda y las facciones conservadores de EEUU se parecen demasiado: no sólo por compartir negocios comunes, sino también, por el confesionalismo que profesan. Los primero, un confesionalismo islámico, los segundos, un confesionalismo protestante. Para ambos, se trata de leer literalmente un texto sagrado, para ambos, se trata de exterminar todo lo que sea infiel, para ambos se trata de articular nuevas formas de ejercicio de dicho poder a través de la red de redes que configuran al nuevo espacio global.

Es precisamente aquí donde ambos se presentan como ángeles que montan el conflicto a través de las redes del espectáculo mediático: CNN para unos, los mensajes televisados, para los otros. Obama, en el primero, Osama en el segundo. Dos ángeles que pugnan por su propia supremacía. Dos ángeles que rotan el lugar de bueno y malo: la CIA o Al Qaeda, Al Qaeda o la CIA, en fin será en este plano donde vale considerar la extraña homofonía entre los nombres Obama y Osama. ¿No será esta homofonía el testimonio de que, lejos de visibilizar un conflicto entre el islam y el Occidente, este conflicto se desnuda como el “choque” de una civilización consigo misma? Obama y Osama suenan “casi” igual precisamente porque, como ocurría con los ángeles en la tradición de las religiones monoteístas, el uno se presenta como el reverso del otro. Obama es el espejo de Osama, Osama el espejo de Obama. En cuanto “espejo” ambos siendo el reflejo invertido de sí mismos.

Así, pues, el final de este western no es, de ninguna manera, que Obama era el bueno y Osama el malo sino más bien, que ambos no eran sino el mismo problema repartido entre dos personajes. Obama y Osama eran a fin de cuentas, hermanos gemelos. Dos ángeles con un mismo designio: dominar la tierra. ¿Que hará Obama ahora que su alter-ego ha sido exterminado? Quizás ahora comience un nuevo western: aquél que trata de cómo los cowboys intentan dialogar con los “indios” (entiéndase, los árabes). Porque, justamente, entre el uno y el otro, entre Obama y Osama, entre el tradicionalismo oligárquico y el confesionalismo islámico, se abre un lugar completamente nuevo: la intifada. Ella no se pretende ángel, sino que convoca a las fuerzas mesiánicas que hacen estallar a toda angelología que pretenda gobernar los destinos del mundo.

Notas:

[1] Giorgio Agamben, Estado de excepción, Ed Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2005.

[2] Mahmud Darwish, Estado de sitio. Ed. Poesía/Cátedra, 2002, p. 20.

[3] Judith Balso, Estar presente en el presente. La hipótesis comunista: ¿hipótesis posible para la filosofía, nombre imposible para la política? En: Analía Hounie (comp.) Sobre la idea del comunismo Ed. Paidós, Buenos Aires, 2010.

[4] Seyyed Qutub, La Justicia Social en el Islam pp. 148-149.

[5] Ali Shariati Martirio y Luto, p. 144.