Gabriel Ponce Arauco publicó en Editorial Plural su Historia de las Universidades Bolivianas, que abarca desde la Colonia hasta 1930; una investigación seria y copiosa para restituir la verdad histórica en un tema tan actual como es la educación.

Sucre impulsó en su gobierno una reforma educativa audaz, inspirada en los principios liberales más avanzados de la época, tal como los planteó Simón Rodríguez, el primer ministro de Educación que tuvimos. Rodríguez sabía que la Colonia había basado las instituciones educativas en los rigores de la Contrarreforma y la exclusión de quienes no eran hijos de españoles. Por eso intentó educar a huérfanos y huérfanas en establecimientos mixtos, para que se formaran como ciudadanos republicanos sin contaminarse con los prejuicios sociales y étnicos de sus padres.

Pero no pudo contra la rígida mentalidad colonial de los viejos doctores chuquisaqueños formados en una universidad jesuítica basada en la repetición de latinajos y en la obra filosófica de Aristóteles y de Santo Tomás, cuando la Ilustración europea había ya conseguido desechar esos dos pilares de la mala educación medieval. Sin embargo, cayó Sucre y Santa Cruz se complació en destruir la obra reformadora de su antecesor, a quien en todo momento manifestó un odio inconciliable, al punto que no declaró duelo cuando ocurrió el asesinato del Gran Mariscal. Santa Cruz fue el gran restaurador del orden colonial anulando la reforma eclesiástica impulsada por Sucre y firmando el concordato con el Vaticano, por el cual la educación permaneció en los viejos moldes de la Contrarreforma hasta 1930, con algunas reformas impulsadas en el gobierno de Ballivián por su ministro de Instrucción, Tomás Frías. Éste había sido un joven redactor de “El Cóndor de Bolivia”, periódico fundado por Sucre para apuntalar su obra de gobierno, y desde entonces se imbuyó de principios republicanos y trató de arrancar la educación de los ultramontanos clericales de su tiempo. Pero sus sucesores conspiraron contra la reforma de Frías y la universidad volvió a sumergirse en la Pax colonial.

El libro de Gabriel Ponce destruye lugares comunes de nuestra historiografía, al revelar que Belzu tenía un discurso radical pero ejecutó una política tímida que no impulsó ninguna reforma de peso; y agrega que Linares restituyó el imperio de los religiosos católicos en la educación e inició la subvención estatal a los seminarios. La historiografía oficial nos lo muestra como un ejemplo de moral rigurosa, pero su obra de gobierno fue profundamente reaccionaria.

Los fundadores de la República fueron doctores de la Universidad charquina, y como tales, se opusieron a las audaces reformas liberales planteadas por Sucre. Abogados como Urcullo, Olañeta, Sanjinés, Calvo o Andrés María Torrico fueron partidarios de la exclusión de los humildes, fueron enemigos de la educación pública y gratuita y sostenedores del viejo orden colonial. Gabriel Ponce revela además que Andrés María Torrico, hombre de confianza del restaurador Santa Cruz, fue el primer cancelario de la Universidad de San Simón, no así Julián María López.

La vigencia del orden colonial en plena vida republicana es una de las causas mayores de nuestro atraso, particularmente por la educación escolástica, que nos privó de las virtudes del estudio científico, basado en la observación y la investigación de la realidad, y no en los dogmas de Aristóteles o de Santo Tomás.

Estas son algunas de las virtudes de un investigador serio, que usa su honrosa jubilación como docente universitario para escribir una obra de gran envergadura, cuya segunda entrega estudiará la Universidad autónoma hasta nuestros días.