México, (ABI).- Dos periodistas del semanario Apertura que en 1980 dirigía Ana María Campero visitamos una mañana a la entonces presidenta Lydia Gueiler Tejada, para pedirle que provea de garantías de funcionamiento a la radioemisora La Voz del Minero, de Siglo XX, que no podía quitarse el bozal de pólvora y amenazas que le habían atado los milicos acantonados en la ‘granja‘ de Catavi, en noviembre del año anterior (golpe de Natusch Busch), ocasión en que, además, habían inutilizado a balazos una consola de la cabina de locución.

La mandataria, ojerosa, estuvo largo rato en silencio y al fin dijo algo así como que no está en mí, pues, en mis facultades, reponerles equipos ni nada porque siempre se ha dicho que esas radios funcionan ilegalmente? Y así era, en efecto. Ni la COB ni la FSTMB habían encaminado jamás, desde 1953 ?en que empezaron a aparecer las radios sindicales? ningún trámite para obtener un simple permiso ?ya ni siquiera una concesión formal?, que dote de cierta garantía a esas audaces estaciones, cuyos locutores se jugaban el pellejo en cada informativo.

Esas radios, que eran de todos escuchadas, que abrían los ojos y dejaban con la boca abierta, no merecieron de Lechín ni de los troscos ningún gesto de simpatía, al menos hasta ese año en que visitamos a doña Lydia, por cuenta y voluntad nuestra, de periodistas, de radialistas.

Durante literales 27 años, desde que insurgieron “en el éter”, como gustábamos decir, las pobres estaban transmitiendo en el miserable nivel de la clandestinidad. Y por estar así se ponían siempre a tiro de represión.

Cuando se producían asaltos armados contra ellas, el argumento oficial decía que eran ilegales y fueron acalladas por eso, no porque fueran opositoras ni antiimperialistas.

Así en todo el dial: Radios Vanguardia, Nacional, San José, 21 de Diciembre, la Voz del Cobre, Siete Suyos, Viloco y otras hasta llegar a 23.

Aquella vez de nuestra visita a doña Lydia, ella ya no era la miliciana inteligente y aguerrida que conocimos, la “barzola” movimientista.

En su precario mandato presidencial estaba a la defensiva mentando mecánicamente al “pueblo maravilloso” en sus discursos.

Y a la defensiva, hasta topar con humillación, se mantuvo cuando, por ejemplo, en el mes de mayo de 1980, en un acto militar realizado en el Estado Mayor General de Miraflores, unos cadetes cuadriculados de soberbia y machismo se pusieron ante ella, en el proscenio de honor, y frente a la risita de sus jefes y oficiales le entregaron un presente siniestro: La Máscara del Gorila.

La señora Presidenta, la suprema comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, agarró, roja de vergüenza, el mascarón de plástico de los sardanápalos (cuyos nombres deben estar guardados en la memoria castrense) y musitó un aborrecible “gracias”.

Ese acto con la máscara el gorila fue el inicio de un nuevo golpe militar, el que encabezaron su primo hermano García Meza Tejada y el narcoronel Arce Gómez. El 17 de julio de ese año, en efecto, la sacaron del Palacio Quemado después de hacerle firmar un papel en que “resignaba” (no renunciaba) el mando presidencial. Una chinacanada del abogado Rolón Anaya.

Vuelvo a la mañana en que fuimos a verla para abogar por las radios mineras. Le dije también, mientras sorbía una tacita de café, que Quiroga Santa Cruz había sido amenazado de muerte por el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, el gorilote García Meza, y que ese amago estaba publicado en el semanario “Apertura” del día anterior.

Doña Lydia movió la cabeza a los costados y asentó con voz, eso sí, firme: Sólo puedo decirles que le digan (a Marcelo) que se cuide mucho, mucho?

Pobre país aquel en manos de esa pobre y digna señora. Lydia Gueiler estuvo en el Palacio sin gobernar, sentada sobre sables y fusiles. Sin partido ni pueblo capaz de salir a las calles a romperse la vida por defenderla, como en su momento tuvo, por ejemplo, el general Juan José Torres. O como el que, a pesar de los miristas, inspiraba don Hernán Siles.

El escritor e ideólogo latinoamericano Adolfo Gilly la recuerda bien en su libro Historias Clandestinas (Editorial Ítaca 2009). Al recontar a los bolivianos que le ayudaron a sobrellevar su exilio en Bolivia, a mediados de los cincuenta, dice que Lydia Gueiler y su esposo Edwin Moller, eran militantes trostkistas y fueron mis amigos incluso cuando se pasaron al MNR.

* Coco Manto es embajador de Bolivia en México.