Fue un espectáculo deprimente ver aquellos norteamericanos celebrar en las calles muerte del líder de Al Qaeda Osama Bin Laden. El anuncio lo hizo el mismo Baraka Obama el 1° de mayo, y ello bastó para que las calles de los Estados Unidos se vieran colmadas de multitudes. Hasta entonaron el himno nacional y la canción ‘We are the Champions‘ (Somos los campeones). ¡Que hazaña dirían los medios de comunicación!

Esta masa inconciente o estupida, reunida al frente de la Casa Blanca, ignora quizás que su gobierno y sus clases políticas dirigentes son responsables de guerras sangrientas y masacres criminales contra los países árabes y musulmanes. Solo en Irak las tropas americanas y de Europa Occidental han exterminado a un millón de personas, entre estas víctimas hay civiles de toda condición, niños, mujeres, ancianos y ancianas.

Esa multitud, amorfa que cantaba fanatizada “Somos los Campeones” (…no es tiempo de perdedores…porque somos los campeones hasta el final…) ha dado su veredicto callejero a los crímenes de sus gobiernos. Solo individuos alienados y al borde de la demencia, sin ningún átomo de reflexión crítica de la realidad, pueden salir a las calles y cantar los éxitos de un ejército criminal y peligroso para todos los pueblos del mundo.

Obama se siente un héroe y sus centurias criminales siguen masacrando cientos de inocentes en Irak, Afganistán y ahora en Libia. Hace algunos días los aviones americanos bombardearon la residencia de Gadafi y el resultado fue el asesinato de uno de sus hijos, además tres de sus nietos. Esta gente drogada por la infecta televisión y otros medios de comunicación del imperio, ha devenido cómplice de las transnacionales, de las petroleras, de los bancos, de sus ejércitos criminales que matan y roban las riquezas de los países del tercer mundo.

Sus alharacas en las calles prueban que tienen razón los grupos islámicos que han hecho saber que “el pueblo americano también es responsable de los crímenes de sus gobiernos”, y que pueden ser blancos de sus ataques. La operación que culminó con la muerte de Bin Laden, ha dicho el presidente de los Estados Unidos, “nos recuerda que como país no hay nada que no podamos conseguir cuando nos lo proponemos de verdad”. Señaló en tono de frenética borrachera, que “América puede hacer lo que se proponga. Esa es la historia de nuestro país. Somos una nación, bajo Dios, indivisible con libertad y justicia para todos”.

Esta expresión caricaturesca de felicidad y de victoria en Norteamérica, surge de la oscura cultura de muerte de este país. De las canteras de la Santa Inquisición de la edad media. El discurso de Obama expresa la mistificación del vengador con licencia para matar en cualquier parte del mundo. Hace ver una vez más que este Estado terrorista no tiene fronteras ni barreras para el crimen y la masacre. Es el Kuklu kan a nivel internacional que lincha y asesina con voracidad sin límites. Es también la cultura del gatillo fácil que dejó como herencia Búfalo Bill el exterminador de indios convertido en héroe en los Estados Unidos.

Es justo llorar por la muerte 3,000 personas durante el ataque de Al Qaeda contra las torres gemelas y el pentágono en Washington el 11 de septiembre de 2001. Pero este llanto resulta un gesto grotesco, cuando se mira de lado y se da la espalda a las centenas y miles de victimas que mueren cada día en Irak o Afganistán a causa de la agresión de los Estados Unidos y de otras potencias. Es peor aun cuando las poblaciones (aunque sea una parte de ella) asumen con regocijo las guerras de rapiña de sus gobernantes y festejan los efímeros triunfos de los verdugos del mundo.

Si la muerte de Osama Bin Laden resulta un triunfo mediático de Obama y de las transnacionales, ello no revertirá en provecho de esta gente que solo sirve como carne de cañón y borregos que llenan las calles. Esta expresión irracional de victoria, tanto de los gobernantes y un sector de la población, solo muestra la esencia de una sociedad en descomposición general. Es la visualización de la decadencia capitalista y una exteriorización de una filosofía de discriminación, segregación y otras lacras de la ideología dominante, incluso en el terreno de la vida y la muerte.