En 1983 entrevisté a Ñuflo Chávez Ortiz, por entonces catedrático de la UMSA y hombre de elevada formación y experiencia política. ¿Qué le parecía la pulseta entre el gobierno de la UDP y la todopoderosa COB de entonces en torno a la consigna del salario mínimo vital con escala móvil? Ñuflo me dio una respuesta enigmática: En Bolivia vivimos bajo el Programa de Gotha.

En efecto, los obreros de la ciudad de Gotha lanzaron un programa reivindicativo que amenazaba la existencia de sus propias fuentes de trabajo: se iban a comer la vaca que les daba alimento. Entonces Carlos Marx escribió el opúsculo Crítica del Programa de Gotha, en el cual dice que los obreros deben cuidar sus fuentes de trabajo y llevar sus reivindicaciones salariales a un nivel que no signifique comerse los medios de producción y quedar en la calle.

Ya sabemos lo que ocurrió con la UDP, que se desestabilizó con las tremebundas arremetidas de la COB de entonces, y los continuos aumentos salariales nos llevaron a la más elevada hiperinflación que haya ocurrido jamás en el continente. Los jóvenes de hoy no recuerdan que el billete de un millón de pesos bolivianos perdió sus seis ceros y se convirtió en un boliviano, que todavía circula actualmente.

La inflación era tan acelerada que los billetes nuevos ya no tenían valor, y entonces se puso en circulación los cheques de gerencia, mal impresos en papel bond, que sin embargo servían como medio de pago. Recuerdo que cierta vez, que me encontraba en Sucre, un buen amigo transportista me pidió que lo acompañara a su habitación para retirar dinero y pagar la cuenta de un restaurante. Había rentado una pieza adicional para depositar el pago de la carga que llegó a la capital, y la habitación estaba repleta de paquetes de bolivianos. Llenamos un costal con algunos de esos paquetes y con eso pagamos la cuenta. Por entonces era frecuente salir al Prado a comer un medio platito y desagotar unas cervezas portando un costal de dinero. La pregunta es pues si a eso queremos llegar otra vez.

Hoy las exigencias de los trabajadores se han fijado en un 15 por ciento de aumento, que puede llevarnos a otro proceso indetenible de inflación, es decir, que el aumento sería inútil pues la moneda perdería valor adquisitivo. Circulan voces de todas las tendencias políticas advirtiendo sobre el peligro inminente de la inflación, pero la COB no quiere ceder y aceptar un 10 por ciento de incremento en los salarios, que ya es peligroso pero controlable, según ha manifestado el gobierno. Particularmente del Magisterio, cuya dirigencia tiene una filiación política conocida, es quizá el sector más empecinado en el aumento del 15 por ciento, y algunos dirigentes como Jaime Solares, a quien se acusa de haber sido paramilitar en épocas de dictadura, dice que el gobierno eche mano a las reservas internacionales que apuntalan nuestra moneda para hacer efectivo el aumento.

Esto último es una aberración y una injusticia, y perdónenme que lo diga, porque yo también soy asalariado. Digo que es una injusticia porque los asalariados somos tan sólo una parte cada vez más pequeña del movimiento popular, el cual está compuesto por trabajadores por cuenta propia, que sobreviven del comercio y la prestación de servicios. Todos hemos contribuido a generar esa riqueza nacional que se expresa en las reservas internacionales, de modo que esas reservas son de los 10 millones de bolivianos y no solamente de los asalariados. Para destinar esos fondos a pagar aumentos salariales, deberíamos contar con la aprobación general, quizá mediante un referéndum, pero no podemos disponer arbitrariamente de esos fondos porque son parcialmente ajenos.

Alguien tiene que ver las cosas con serenidad y despojarse de intereses políticos para evitar que caigamos en una escalada de la inflación.