(Prensa Latina).- Desde hace mucho, los medios de comunicación masiva endurecieron el discurso de la exclusión, al crear héroes y antihéroes, criminalizar lugares y personas, y violar el derecho a la privacidad, siempre a favor del espectáculo. La impunidad prima en la actuación de estos difundidores de verdades únicas, cuyos agentes pagados persiguen sin recato la posible noticia, sin revelar las condiciones estructurales que explican, más allá del hecho, el drama de los actores sociales involucrados.

En este amanecer de siglo, en el cual el pensamiento personal y el social surgen y dependen cada vez más del funcionamiento de los medios, múltiples mensajes transmitidos por estos violan los derechos humanos.

Aunque las alternativas mediáticas afloran, no puede obviarse que en los últimos decenios los disímiles reproductores de la lógica neoliberal afianzaron posiciones en casi todo el mundo y naturalizaron un orden social que legitima la validez del mercado en detrimento de los seres humanos.

Los mensajes comunicativos a partir de ese esquema de pensamiento reforzaron el rechazo a algunos sectores sociales, en tanto alentaron el reacomodo de los estilos de vida a condiciones más apegadas a lo virtual.

Mecanismos sutiles mal disfrazan la matriz patriarcal en esta mirada única extendida: adultos poseedores de razón y jóvenes descarriados, mujer sujeto de goce, masculinidad sinónimo de fuerza y virilidad, no de delicadeza; pobres igual a marginalidad y violencia, en fin… el mar.

La satanización de las protestas populares, de líderes de procesos políticos antiglobalizadores y sectores poblaciones; la deformación de hechos noticiosos, y la manipulación de la jerarquía en la escala informativa, distinguen a este modo de concebir la comunicación.

Para sus artífices, son meras trivialidades las masacres étnicas, el deceso diario de miles de personas por hambre o enfermedades curables, o el ametrallamiento de poblaciones enteras bajo cuestionables ideales democráticos.

La crisis del modelo occidental de desarrollo impuesto y sus detonantes, la climática, energética, hídrica, medioambiental, económica y otras, poco importan para las agendas concebidas por estos pulpos de la comunicación y cuando son abordadas, la superficialidad reina.

Comunicación y derechos humanos

El malestar con el despliegue de los procesos comunicativos mantiene vivo el debate entre derechos humanos y comunicación, el cual alude a una relación cultural, porque ronda en lo esencial la polémica entre inclusión y exclusión.

En opinión de la investigadora peruana Rossana Reguillo, la creación de nuevas televisoras, radiodifusoras, productoras de cine, proyectos editoriales y otros; así como la elaboración de nuevas leyes sobre “políticas de comunicación” apenas son pasos hacia la solución de la problemática. El derecho a la comunicación es incuestionable, pero este es un continente al que hay que dotar de contenido y en ese terreno es donde las cosas se complican, señala.

Es en el ámbito de los contenidos a transmitir donde debe dirimirse la polémica acerca de la comunicación, ligada de forma indisoluble a la disputa entre los diferentes proyectos sociales que compiten, en condiciones diferenciales, por conquistar una nueva hegemonía.

La definición de quiénes quedarán incluidos y quiénes perderán espacio está relacionada con la solución de este diferendo, signado por un colosal componente político e ideológico. La inconformidad con los medios está emparentada con el modo en que la mayoría de estos, lejos de desmontar los mecanismos legitimadores de la exclusión, más bien revitalizan el sentimiento discriminador y atacan a ciertos segmentos sociales sobre la base de códigos más elaborados.

En vez de incentivar la confianza en una posible transformación a favor de la humanidad, estos suelen avivar la sensación generalizada y creciente de que, por mucho que hagamos, aumenta el deterioro y estamos condenados de manera irreversible a la descomposición.

Con ello, sirven al juego de los poderosos, empeñados en propalar la convicción de que cuanto ocurre responde a un orden natural inalterable para reducir al máximo las respuestas contrarias a sus aspiraciones de dominio.

Las deudas en cuanto al respeto a los derechos humanos son cuantiosas en el contexto mediático, donde los defensores de estos también suelen ser objeto de críticas destinadas a reducir su influencia.

Modus operandi

Los medios son las bombas que explotan y matan al enemigo político, pero también a los inocentes, a partir de la manipulación de la información mediante el silencio, la censura, y la propaganda, con la intención de influir en la opinión pública para crear dudas, temores, y zozobra.

Las enseñanzas de cómo se prepara desde estos el terreno para justificar una guerra fueron constantes en este siglo y revelaron el incalculable potencial de la información para arrastrar a un conflicto. En igual medida, pusieron al descubierto la capacidad de la prensa y agentes publicitarios para usar la verdad, en menoscabo de sí y a riesgo de la credibilidad, tan reverenciada en el discurso.

El totalitarismo de los medios condiciona a veces a los gobernantes a actuar y los negados a seguir esta corriente, terminan descuartizados o cuando menos tambaleantes ante la opinión pública, tras recias campañas que ponen en entredicho sus consideraciones y trayectoria como personas. Llegar o no al gobierno, sostenerse en él, depende en gran parte de la forma en que se mantenga una imagen buena en la pantalla, los diarios o los sitios digitales.

Las dianas de este modus operandi son aquellos que amenazan con sus mensajes y actuar a la alianza entre los poderes político, financiero, militar y mediático, los cuales jamás aceptarán los intentos de revelar sus componendas.

Prueba de ello es la campaña lanzada contra la organización humanitaria canadiense Avaaz, que procuró sensibilizar a la población en ese país contra un trato corrupto entre una cadena televisiva de derecha y el Gobierno.

La agrupación civil alentó el rechazo popular al acuerdo, mediante el cual la ciudadanía tendría que costear un nuevo eslabón del imperio mediático del multimillonario Pierre Karl Petadeau, a través del pago de las tasas o impuestos por concepto de la televisión por cable.

La respuesta multitudinaria a la denuncia de la intención estatal de favorecer al nuevo canal noticioso, destinado a difundir propaganda ultra-conservadora, colocó a Avaaz al borde de una demanda ante la justicia si no abandonaba su lucha en un plazo de 24 horas.

Así fue como los poderes corporativos canadiense aplacaron las voces ciudadanas en su contra, de modo similar a lo que acontece de un extremo a otro de la circunferencia terráquea, denunciaron miembros de la organización no gubernamental.

En el maremoto noticioso de cada día, que lejos de informar desinforma por exceso, la tendencia es a invisibilizar o criminalizar a los movimientos sociales populares y a los líderes de las luchas libradas por estos.

El respeto a las reglas del espectáculo está en el sustrato del arraigo obtenido por los pulpos mediáticos en esta batalla de símbolos, cuyos creadores e instigadores quizás nunca previeron reacciones tan adversas a las constatadas por la red de redes en el último decenio.

Las blogoguerras contra el proyecto estadounidense de crear un Área de Libre Comercio en las Américas, los tratados bilaterales llamados eufemísticamente de libre comercio y el golpe de Estado en Honduras (2009), reflejaron el aumento del descontento con la actuación mediática.

Esto probó la existencia de bastantes interesados en defender un equilibro más cercano a la verdad histórica y el respeto a periodistas y medios capaces de asumir el reto de entregarles elementos de juicio necesarios para entender los fenómenos sociopolíticos y económicos que los envuelven.

* Redacción Global de Prensa Latina.

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Prensa chilena deforma la realidad, denuncia especialista

Santiago de Chile.- El control de los medios de comunicación en Chile por los poderes fácticos de la sociedad determina la habitual manipulación y deformación de la realidad, advirtió el destacado jurista Eduardo Contreras. En artículo publicado por Red Diario Digital, el reconocido defensor de emblemáticas causas de derechos humanos criticó la omisión en los influyentes medios audiovisuales de temas trascendentes y el realce por el contrario de notas de corte enteramente trivial. Ilustró cómo las televisoras olvidaron la víspera el nuevo aniversario del asesinato por el régimen de Augusto Pinochet (1973-1990) de los intelectuales comunistas Manuel Guerrero, José Manuel Parada y Santiago Nattino y de los hermanos Vergara Toledo, ocurrido el 29 de marzo de 1985. “La prensa del sistema prefirió seguir la receta de (Barack) Obama: no seguir atrapados en la historia”, ironizó Contreras en referencia a la justificación esgrimida por el presidente estadounidense para no responder al pedido de mea culpa del pueblo chileno con respecto a la participación de Washington en el golpe de Estado de 1973. Denunció el jurista chileno además la distorsión del lenguaje mediático en Chile acerca de los acontecimientos actuales en el Medio Oriente y en torno a la intervención militar en Libia en particular. Tergiversación que apuntó se hace evidente en los epítetos empleados contra el líder libio Muamar el Gadafi y en la repetida argumentación del signo supuestamente humanitario de lo que a todas luces es una nueva agresión imperialista por el mismo objetivo de siempre: el petróleo y las riquezas naturales de los pueblos invadidos. “Mientras las comunicaciones sigan controladas por los centros del poder económico, que las usan para sus particulares intereses, continuará la deformación de la realidad, la mentira simplemente”, remarcó Contreras.