Parafraseando a un defensor del nomadismo: cuanto más te alejas de las ciudades, la gente es bastante más feliz. Puedes comprobarlo: kilómetro que te vas ausentando, kilómetro que dejas atrás el hastío, la tristeza, la angustia que sustancia a la mega estructura opresiva. La distancia que interpones con la urbe es proporcional a la vitalidad, la alegría, el entusiasmo que vas hallando fuera y lejos de ella. Eso lo vuelvo a comprobar a cada rato, a diario, pero me animo a anotarlo tras haber estado recorriendo –en plan periodístico- Sweet Home Río Abajo y las comunidades indígenas y los antiguos pueblos que florecen en las mágicas laderas del Illimani, nuestra montaña guía.

Hicimos un viaje testimonial. Entrevistamos, hablamos, con unas veinte personas, de muchos sitios: El Palomar, Huaricana, Tahuapalca, Luquicachi, Cohoni, Challasirca. Compartimos con muchos otros, incluso participamos de la celebración del techado de un colegio. ¡Vaya travesía! Fue un día invencible –donde dejamos atrás el olor de la ciudad. Culminamos el periplo en un lugar extraordinario, único, indescriptible: Pinaya.

La comunidad está al pie del cerrazo: es el lugar habitado más próximo a sus nieves aún eternas, y allí se respira el aire inigualable de los grandes espacios naturales, de la naturaleza es su máxima expresión de potencia y de belleza, esa potencia colosal, esa belleza indescifrable, que tiene lo natural.

Desde las pocas casas que hay en Pinaya –desde ese reducto mínimo pero reducto al fin de presencia humana- se contempla al Illimani sin mediaciones que no sean las del espíritu, se agasajan los ojos, la piel se tensa: allí está la obra más acabada de todas, aunque inacabada y siempre viva, allí está el torrente de energía más poderoso, siempre fluyendo, allí está la vida –si entendemos por vida, el derecho a merecer tanta grandeza, nosotros tan pequeños, tan vanos, nosotros, tan imperfectos y tan insensibles. Nosotros, si acaso, insisto, nos lo merecemos.

Digamos que sí: que aún es tiempo de abrir los ojos. Para eso te ayuda hablar con Viviana, con Mario, con René, con la gente de esos sitios. Te trasmiten esa felicidad de aluvión, como el agua que baja por la ladera del cerro. La vida simple, las cuestiones simples, las convicciones simples. La contraparte de esa naturaleza que lo vuelve todo diminuto, es la seguridad de estos seres para no hacerse rollos y que los problemas, y la complejidad, y el pensamiento –la licuadora donde la vida se vuelve problemática y compleja- no alteren una medida adecuada para todo y cada cosa, y así, hablando, compartiendo, vas entendiendo.

Te guste o no, te cierre o no en tu línea de pensamiento, me guste o me disguste, allí están ellos mezclando a los dioses de arriba y a los dioses de abajo para asegurarse que la fe y el amparo sigan estando de su lado; allí están ellos arando a lo egipcio como hace cinco mil años bajo la sombra del camión de última generación a un costado (el camión propio para llevar la cosecha al mercado y romper el círculo de abusos de los intermediarios); allí están ellos, sudando sobre la semilla y celebrando la fertilidad de la tierra; allí están ellos, si les preguntas, contándote de estas cosas, que resuelven economía, existencia, religión, cultura, ambiente, intimidad, cosmos en evidencias, no en teorías, en vivencias, no en deseos, en una plenitud casi asible, no en una posibilidad que nunca es, contándotelo de manera tan franca y sencilla, que te estremece.

Sientes –mientras tu mirada recorre la línea de los hielos y ves cómo el abismo puede envolverte- que las palabras escuchadas, las convicciones manifestadas, la manera de ser de esta gente sólo puede corresponderse con el ámbito sagrado donde habitan. Hay un decoro, una dignidad gratificante y un eco que sólo puede provenir de esas moradas donde los dioses siguen latiendo y nadie ha podido –y nadie podrá- arrancarlos de allí. Aquí es donde puedes entender el núcleo granítico: vox populi, vox dei.

Alguien me dirá que vuelvo a caer en idealizaciones y la verdad, me importa un carajo. Ya vivimos siglos de negación existencial, teórica, psíquica, espiritual, intelectual, a las pruebas de vida que nos develan, si abres los ojos insisto, los que aún no se han dejado contaminar del todo por nosotros. Yo quisiera saber que alguien me ofrezca así sea una pizca de la serena liberación que uno respira cuando acude a estos parajes, cuando escucha a sus pobladores. Y otra pizca de la alegría que te desborda detrás de cada árbol, encima de cada piedra. Yo quisiera que me muestren el rostro de sus divinidades: allí las veo tumultuosas, expresándose en miles de matices, multiplicándose en cada mano que estrechas, susurro que baja en la corriente impetuosa y gélida del arroyo y se vuelve liturgia, nieve que te lava las penas, ese entorno si no es el cosmos mismo que te abraza y te protege… ¿qué será?

A la noche, el viento, las estrellas, la sombra de los cerros se conjugan en un caudal alucinante de sensaciones, y todas confluyen en una cima de esperanza, de intensidad incalculable: el mundo es tuyo, el mundo es nuestro si sabes hallarlo, si sabes abrirte a él. Y sucede algo maravilloso, algo que nunca sucede, algo que no puede suceder en otro ámbito porque es la base de la dominación, de toda dominación: se impone la abolición del miedo, se instala la abolición del dolor…

Todo entra en suspensión, y el lado amable de lo majestuoso te descubre la arcadia, tu arcadia, que no es si el lugar donde entierras, de una vez, los prejuicios, donde sepultas la cobardía urbana y al sistema que la promueve, esa comodidad de cuerpo que nos predispone mal a los placeres del alma, esa vulnerabilidad de espíritu que no comulga con cactus, con rayos, con quebradas, con glaciares, con serpientes, con mares de verdura, con flores, con burros, con sepulturas, con perritos, con la sonrisa de los niños, con la sonrisa de las mujeres, con la sonrisa de los varones.

A partir de allí, a partir del momento que has abolido el miedo y el dolor, vas sintiendo, cada vez más fuerte, y entonces son caminantes, miles, jinetes, arrieros, guerreros, magos, poetas, amantes todos los que te acompañan, una romería infinita de seres, que han ido, que han vuelto, que están allí, siempre presentes.

Todo esto lo fui encontrando yendo desde Jupapina a Pinaya: buscando a la Gran Montaña y su corazón de ágata, buscando al Achachila Mayor, buscándome siempre buscándome. Y sucede lo que los antiguos peregrinos de las arenas de Persia aseguraban que debía suceder: que el viaje es el ritual, y que si viajando, vas abandonando las miserias de la Gran Ciudad, todo puede ocurrirte porque todo lo puedes sentir.

Es simple: digo que nada puede hacerte feliz si no lo sientes. Digo que si lo sientes, cualquier cosa puede volverte dichoso. Demasiado, si te atreves. Ves la escuálida corriente de una agüita estacionaria, ves cómo ha labrado la piedra, la arenisca, socavando toneladas de suelo, y ves que nada es imposible. Que esa agüita lo puede todo. ¿Saben por qué? Esa pequeña agua tiene lo que en la ciudad ya no existe, porque no se compra ni se vende, porque no se piensa: la agüita tiene ajayu. Tiene fuerza, sentido. Por eso también es bella, por eso también es buena.

Sigo idealizando: no hay maldad en la naturaleza. No debería existir maldad en nosotros. Y la maldad –decía Ibn Jaldún- está en la ciudad, y a medida que te alejas va desapareciendo. Hace ochocientos años, un moro de los campamentos sintió eso y lo dejó anotado, y hace ochocientos años que lo venimos desmintiendo. Nunca se bien que es lo que escribo, pero no me queda otra que intentar descifrarlo.

Río Abajo, 27-28 de marzo de 2011.