Han sido necesarios 18 días de protestas, más de trecientos muertos y millones de millones de euros perdidos en el campo turístico para obligar al presidente de Egipto Hosni Mubarak abandonar el poder. Lo ha hecho como lo hacen todos los déspotas y de la peor manera, huyendo del palacio presidencial de noche y haciendo leer en televisión al vicepresidente Suleiman su renuncia, dejando de este modo a los militares la difícil tarea de guiar el país hacia una democracia.

Ha esperado hasta el último momento con la esperanza que la Casa Blanca lo ayudase a seguir gobernando con mano de hierro como la ha hecho por casi treinta años. Cuando Obama lo ha invitado a abandonar la presidencia, Mubarak ha comprendido que era imposible seguir en la silla presidencial.

Su gobierno ha sido autoritario porque a los ojos de los Estados Unidos, de la Unión Europea y de la entera comunidad internacional, representaba la “estabilidad” en Oriente Medio. Por treinta años Washington lo ha ayudado con millones de dólares, ayudas económicas y militares. Por este motivo ha pensado poder resistir a las presiones de la plaza, convencido hasta el último momento de poder seguir en el poder contra viento y marea, en nombre de la “estabilidad” y de la “paz” con Israel, de su personal amistad con los gobernantes árabes y de un ejército, hasta ahora fiel a su régimen.

El último desesperado tentativo de seguir gobernando lo ha hecho en televisión anunciando un comporomiso: darle más poder a su vicepresidente y nuevas elecciones en septiembre, su objetivo era mantener el poder convencido de que una promesa hubiese sido suficiente para que la inmensa multitud de egipcios que se encontraban el la Plaza Tahrire desistiese de pedir su renuncia.

Es fácil imaginar a este punto que las presiones americanas se hayan convertido en perentorias, sobretodo sobre los generales egipcios y que a último momento en una condición desesperada por la multitud que pedía su abandono, haya estado el mismo ejercito egipcio a pedir su renuncia definitiva.

Todo el país ha festejado el fin de este régimen dictatorial. Pero ahora la pregunta que se ponen muchos analistas es lógica, ¿cuál será el futuro de Egipto? Los militares han garantizado que las nuevas elecciones para formar un nuevo gobierno democrático se celebrarán en septiembre. En todos los países árabes, el papel de las fuerzas armadasd ha servido casi siempre a garantizar el “status quo” al dictador de turno, ahora, al ejército egipcio se le presenta la oportunidad histórica de garantizar la transición a una autentica democracia. No será fácil después de treinta años de un régimen dictatorial y el temor es hacia un integralismo islámico, hacia la “hermandad musulana” y hacia todos los extremistas que se esconden detrás de una democracia falsa.

Si la Junta Militar que actualmete gobierna en Egipto y el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas que ha suspendido la Constitución del Estado, ha disuelto el Parlamento y ha asumidio las tareas legislativas lograrán hacer valer su convicción democrática, ésta sí que será una verdadera revolución en todo el mundo árabe y una grande lección para todo el occidente.