En ocasiones la literatura permite trascender la realidad para aportar nuevas percepciones en torno a conceptos anteriormente concebidos como nítidos e inmutables por la historia, la cual a menudo establece los confines del conocimiento. Si estos confines ya de por sí constituyen una barrera al conocimiento, la naturaleza colectiva de la historia también entorpece la búsqueda de la denominada “realidad”, vivida tanto a nivel individual como colectivo. Impuesta desde arriba por mecanismos políticos, sociales o históricos, lo que se entiende por “historia” siempre se trata de un ejercicio colectivo que avasalla las experiencias individuales de la realidad histórica.

“Hay que preferir el infierno real al paraíso imaginario”: Simone Weil

Es por ello que dar validez únicamente a la historia, considerándola la única manera de conocer el pasado, deja al individuo en una situación de incertidumbre. Sin saber de qué manera encaja su realidad personal dentro de la historia que tiende a ser colectiva, al individuo rara vez se le provee de voz. Sin temor a exagerar por lo que revelan las obras Los de abajo y El laberinto del pecado, de Mariano Azuela y Víctor Montoya respectivamente, se puede afirmar que las experiencias individuales se suprimen a cambio de imponer una única e irrefutable perspectiva colectiva.

Con una destreza loable, la historia aparta al individuo de una realidad creada en base a naciones, doctrinas, regímenes, guerras a gran escala y sistemas económicos, de manera que al final no queda hueco para ninguna perspectiva individual ni personal dentro de la misma. Hasta los individuos más notorios de la historia, tomando como ejemplo al Che, concebido únicamente en el plano superficial de la historia, no pasa de ser un revolucionario marxista cuya fama alcanzó su ápice en la Revolución cubana. Ahora bien, incluso cuando se pretende dotar de individualidad a personajes históricos ilustres, como es el caso del Che en la nación cubana, se los sitúa firmemente dentro del panorama abarcador y colectivo que la historia ofrece. De esta manera las anécdotas supuestamente verídicas que se cuentan en Cuba del Che “valiente” que rescata a un compañero herido en plena escaramuza y del Che “honesto”, caracterizado por la austeridad en el reparto de materiales de primera necesidad, destacan las cualidades personales más afines a los conceptos comunistas de la camaradería.

La individualidad despojada por la historia se destaca únicamente cuando sirve para enriquecerla, en casos como los del Che donde la individualidad se pone al servicio de la historia. Sin tener en cuenta las vivencias individuales apartadas del enfoque colectivo de la historia, rara vez se logra relatar con objetividad la faceta de la realidad vivida y construida por individuos, lo cual en palabras del célebre escritor Carlos Fuentes se resume con la frase: “No hay globalidad que sirva, sin localidad que valga”.

Al estudiar de manera concienzuda la historia latinoamericana se topa incesantemente contra muros de la historia que prohíben acercarse a las experiencias personales de personas cuya “localidad” se omite por culpa de la “globalidad” de la mirada histórica. Como consecuencia de esta supresión de lo individual, de manera colectiva y por parte de la historia, se propicia la mitificación de figuras históricas como el Che así como el revolucionario mexicano y el minero boliviano, convertidos así en ídolos a respetar por su empeño colectivo, principios nobles y naturaleza incorruptible. Sin embargo, tal mitificación lleva a una situación de incertidumbre personal para aquellos cuya “localidad”, es decir, sus vivencias personales, no corresponden para nada con la “globalidad” de la que supuestamente forman parte en el contexto histórico.

Lo que la historia pasa por alto, e incluso modifica si ello es preciso para encajar mejor en la perspectiva colectiva y global histórica, es decir, la individualidad, es precisamente lo que la literatura se empeña en sacar a flote. Y si bien a veces se concibe la literatura como una herramienta de contenido fantástico, muy alejada de la realidad histórica, y por lo tanto incapaz de relatarla, las obras de Mariano Azuela y Víctor Montoya sirven para demostrar precisamente lo contrario: que el mundo literario no sólo se limita a presentar la historia tal como sucedió, sino que también destruye las mitologías y versiones equivocadas surgidas a partir de las deficiencias intrínsecas de la mirada histórica. En su afán de depender más de la “globalidad” que de la “localidad”, la historia omite cualquier experiencia individual salvo en casos en los que la historia se beneficia a cambio de adaptar la individualidad a su antojo.

A diferencia de la historia, la literatura, y particularmente las obras literarias Los de abajo y El laberinto del pecado, escritas por Mariano Azuela y Víctor Montoya respectivamente, permiten indagar en las profundidades de la individualidad y descubrir de qué manera influye y se deja influir por la historia. En las dos obras se intuye perfectamente que el propósito de ambos autores es el de echar abajo la globalidad histórica, para así dar paso a las experiencias individuales de las que está compuesta la historia. Paralelamente, al resaltar lo individual por encima de lo colectivo, la literatura sirve además para descalificar la mitificación de las figuras del revolucionario mexicano y el minero boliviano en aras de poner de relieve la faceta más humana de ambas.

Si la perspectiva histórica ofrece una mitología simplista del minero boliviano y del revolucionario mexicano como figuras colectivas, la literatura concibe todo lo contrario con situaciones y personajes individuales que exponen la falible naturaleza humana, plagada de motivos egoístas, identidades volátiles y principios vagos. Montoya y Azuela se proponen plasmar las experiencias individuales, a rescatarlas de entre las tinieblas de la mirada histórica colectiva, y de esa manera conseguir, echando mano de una estructura ingeniosa que presenta en ambas obras primero lo local a través de la familia, contrastado y disminuido al final con lo global e histórico mediante lo telúrico. Dicha estructura paralela implica la destrucción de mitologías en torno al minero boliviano y revolucionario mexicano hasta ahora consideradas veraces.

En sus intentos de tumbar la mitología en torno al minero boliviano y el revolucionario mexicano como figuras comprometidas con el colectivo y puramente reivindicativas, ambos autores apartan a los protagonistas del contexto histórico-colectivo, sin que por ello desparezca necesariamente del todo la faceta colectiva de sus denuncias. Demetrio Macías y Manuel Ventura, los protagonistas respectivamente, personifican la denuncia tanto del Los de abajo y El laberinto del pecado campesino mexicano, en el caso de Macías, como del minero boliviano, en el caso de Ventura. A diferencia de la mirada histórica que permite contemplar las denuncias del pasado sólo de forma colectiva, Montoya y Azuela emplean la familia para dar a entender que aunque lo colectivo influye en la formación de la figura reivindicativa del minero y revolucionario, es más bien lo colectivo vivido y sentido cerca del individuo, en la familia, por ejemplo, lo que más los inspira a denunciar. Toda familia, por el mero hecho de pertenecer a un colectivo social, cultural o económico, imparte a sus miembros la identidad colectiva, fruto de haber nacido en el seno de una familia campesina (Macías) o minera (Ventura). Es por este motivo que los personajes de Demetrio Macías y Manuel Ventura se dejan influir sólo por las injusticias sufridas por el único aspecto tangible del colectivo al que pertenecen, que viene a ser la familia.

Como institución que engloba lo individual y lo colectivo por igual, la familia constituye un punto de partida idóneo para comprender en qué se inspiran las figuras históricas ejemplificadas por Demetrio Macías y Manuel Ventura. Al arrancar ambas obras de la misma manera, asentando la narrativa personal de los protagonistas dentro del núcleo familiar, tanto Montoya como Azuela dan a entender que son las experiencias personales vividas en familia las que marcan las pautas de sus denuncias y no las exigencias del colectivo al que pertenecen. La primera escena de Los de abajo relata lo que va a llevar al protagonista, el revolucionario Demetrio Macías, a abandonar su familia después de recibir en casa a dos soldados federales que amenazan con violar a su mujer. Mientras tanto, Demetrio se encuentra escondido a solas y, por lo tanto, fuera del ámbito colectivo de la familia y la historia en su propia casa para que los soldados no se percaten de su presencia. Desde su escondite atestigua la muerte de su perro a manos de los federales sin razón alguna, así como el intento de violar a su mujer y de hacerse por la fuerza con algo de comida, poniendo énfasis en la mirada individual de los que viven y padecen la historia. Es aquí donde se percibe que la amenaza de los federales, despiadados para con sus compatriotas mexicanos, constituye una amenaza no sólo a la clase indígena y campesina mexicana, víctimas durante años del cruel sistema latifundista como enseña la historia, sino también al cobijo colectivo de la familia. De ahí que Demetrio Macías emprenda la lucha revolucionaria empujado por motivos individualistas, que tienen más que ver con el colectivo reducido de su familia que con el de la sociedad.

A diferencia de Demetrio Macías, Manuel Ventura es miembro de una familia cuyas experiencias traumáticas se hallan en las tinieblas de la historia familiar. El laberinto del pecado comienza con los recuerdos históricos de la nación boliviana, cuya historia de colonización y conquista crea un sórdido panorama al que tiene que afrontarse el minero en su lucha por una sociedad más justa y equitativa. Sin embargo, la historia de la zona de donde proviene Manuel se presenta en la novela como algo distante, en la que sólo inciden personajes destacados como el conquistador ibérico Juan del Valle y un “mestizo, de rostro cuadrangular y bigote espeso”, que “se convirtió en el más próspero de los industriales mineros” tras explotar una mina. La única manera que tiene Manuel Ventura de adentrarse realmente en la historia, para formar parte de ella, es a través de los tangibles vínculos familiares, razón por la cual recuerda vívidamente el relato de una huelga minera que acabó en masacre contado por su padre. Pero aún así Manuel Ventura no se siente del todo identificado con las injusticias a las que están sometidos los mineros bolivianos, él más bien se preocupa por asuntos triviales propios de la juventud por no haber aguantado en carne propia los abusos de los que le habla su padre y que Demetrio Macías, en Los de abajo, ve delante de él.

Al ser una institución social un tanto vaga y nebulosa por la capacidad del individuo de sentirse parte del colectivo familiar o simplemente un miembro individual más, la familia, al igual que la historia, permite tanto una visión “global” o “local” como alude Carlos Fuentes. Para Manuel Ventura, la perspectiva global de la masacre de Catavi descrita por su padre, aunque afecta a su familia, no inspira en él sentimientos reivindicativos de denuncia por tratarse de un hecho vivido fuera del ámbito individual. En esa misma línea de ambivalencia hacia las vivencias deplorables de sus conciudadanos mineros, Manuel Ventura no muestra ni el menor interés en cuestiones de índole política hasta entablar una amistad más profunda con Clarice, una compañera suya de clase. Manuel Ventura se siente hasta tal punto “atraído por esa misteriosa masculinidad y por esos ideales revolucionarios que ella sabía defender con pasión y coraje”. La transformación de Manuel, paulatina pero evidente, en un ser consciente de la realidad colectiva que lo rodea en la forma de masacres mineras perpetradas por el gobierno y propaganda desenfrenada surge a raíz del interés amoroso que siente por Clarice.

De hecho, no es hasta que se le muere el padre, asesinado supuestamente a manos del gobierno por ser dirigente sindical, que Manuel empieza, por su propia cuenta, a reconocer la vida desgraciada del minero como bien indica la primera frase del capítulo VIII: “A Manuel Ventura, desde el día en que murió su padre, se le filtró la desgracia por los poros, sometiéndolo a una insondable melancolía.” De ahí que las novelas planteen que sólo las injusticias vividas de cerca, y no con la mirada colectiva inherente a veces tanto a la familia como a la historia, sean el ímpetu detrás de la denuncia individual.

Entendida como un microcosmo de la historia, la institución familiar se concibe en términos colectivos, cosa que a veces conduce a la nula plasmación de las experiencias individuales. De esta manera se entiende la utilización del núcleo familiar por parte de Montoya y Azuela como un intento de dar cabida a una participación y concientización individual dentro de una esfera colectiva, la cual se sostiene y nutre gracias al individuo y no al revés. Partiendo de esta suposición, se establece la figura del individuo impelido hacia posturas revolucionarias y reivindicativas de interés común por decisión propia y no necesariamente por el mero hecho de pertenecer a un colectivo determinado.

Demetrio Macías es revolucionario en defensa de su familia por las injusticias que ve perpetradas contra ella y también por una rencilla como consecuencia de un asunto personal entre él y el cacique don Mónico. Manuel Ventura se mete a minero “en reemplazo de su padre”, tras el asesinato del mismo. Es por ello que el mito de la figura histórica comprometida intrínsecamente con las reivindicaciones y las exigencias sin ningún motivo más allá de cumplir con las obligaciones del colectivo (perspectiva de “globalidad”) se desvanece en El laberinto del pecado y Los de abajo.

Tal desvanecimiento, ocurrido a cambio de dotar de localidad a Manuel Ventura y Demetrio Macías, en todo caso, no es exento de complicaciones para ambos, puesto que de paso crea una identidad problemática situada a medio camino entre los impulsos individualistas de ambos y la colectividad entrañada por identificarse con movimientos sociales como lo son la Revolución mexicana y el colectivo minero. Aunque el pueblo galvanizado, escudriñado bajo la lupa de la mirada histórica, sea relevante sólo en cuanto a su faceta colectiva de acción y lucha para promover cambios, Montoya y Azuela por igual muestran con sus obras que dicha galvanización viene siempre de la mano de individuos. Imprescindible la cita de Carlos Fuentes para comprender en qué consiste la visión literaria de los dos autores: “No hay globalidad que sirva, sin localidad que valga”. Individuos como Demetrio Macías y Manuel Ventura, ambos enfrentados de pronto a una realidad colectiva, y a veces hasta confusa y desconcertante para ellos, que se propone servirles de ayuda en preocupaciones y motivaciones brotadas a nivel individual.

Curiosamente, en el caso de ambas obras, tanto Montoya como Azuela emplean lo telúrico, o sea, elementos relativos a la tierra para dilucidar el difícil encajamiento de motivos individualistas en un todo colectivo.

Resulta sumamente interesante comprobar, a modo de ejemplo, de cómo lo colectivo pasa por alto las experiencias individuales, la función del sueño erótico de Manuel Ventura al final del primer capítulo de la obra de Montoya y su relación con las minas. El sueño erótico en el contexto de la obra revela la dualidad de un personaje atrapado entre vivencias personales y colectivas. Al vivir en una sociedad regida por unas pautas morales establecidas por la Iglesia católica, los sueños de Manuel, si bien únicamente recaen en él, están también sujetos a la valoración de la sociedad y los elementos colectivos de la clase minera boliviana por extensión. Con razón acude Manuel Ventura de inmediato “a la iglesia a confesar su pecado”, un pecado tan suyo como de la sociedad que le ha enseñado a no tener sueños eróticos. El laberinto del pecado despliega la visión de una sociedad donde ni las intimidades pueden quedar como tales, donde lo individual está siempre bajo el yugo de lo colectivo.

Hasta la principal desgracia que obliga a Manuel Ventura a emprender la vida minera, la muerte de su padre, se considera en clave colectivo como un suceso más que lamentar en una larga sucesión de desgracias. Este punto lo demuestra Víbora, un trabajador en la mina también en reemplazo de su padre. Las vivencias de Víbora corresponden a la perfección, por esta llamativa semejanza de padres muertos, a las de Manuel Ventura. Mediante una conversación con Víbora, Manuel Ventura descubre que ni Clarice, asesinado por “un estricto enamorado” militar, se libra de formar parte de la sucesión de desgracias colectivas, de víctimas acumuladas a lo largo de los siglos y cuyos nombres hacen recordar a otros muertos sin justificación alguna. “¡Así son estos carajos! A mi padre también lo mataron ellos en la masacre minera de San Juan”, exclama el Víbora al enterarse de la muerte de Clarice, de manera que Montoya subyuga las experiencias personales de Manuel Ventura, colocándolas así en un segundo plano con respecto a la historia colectiva de los mineros bolivianos.

De ahí que las minas oscuras y enmarañadas, donde todo y todos están vinculados y entrelazados entre sí al formar parte de un colectivo que reclama como suyo las experiencias individuales, sean el símbolo de la minimización del individuo dentro de lo colectivo. La colectividad del símbolo de las minas abarca y asimila las desgracias individuales de todos los mineros por igual, lo cual, en ocasiones, impide que éstas se conozcan y permanezcan ocultas como las mismas minas. Montoya demuestra este punto con el ejemplo del guerrillero en el último capítulo de su obra. En una noche de desesperación, conmovido no ya sólo por la muerte de su padre, sino también por la muerte de su amante Candelaria en pleno parto, Manuel Ventura se acerca a un bar donde escucha, de boca de un guerrillero jactancioso, el relato de cómo éste sobrevivió a una emboscada enemiga. Mientras el guerrillero es una figura alardeada por su gran trascendencia pública, el minero está obligado a soportar el olvido generado por habitar un espacio oscuro en el sentido real y figurativo. Un lugar, por añadidura, plagada de tanta desgracia individual que, en palabras de Manuel Ventura: “lo único que nos depara el destino a los hijos de los mineros” es “trabajar hasta reventar con mal de mina”, destino de siempre, compartido colectivamente y sin faz humana que permita a los de fuera de la mina compadecerse de ellos.

Por si esto fuese poco, la perdida y minimización de las experiencias individuales que llevan a uno a pertenecer a un colectivo determinado también implican la destrucción de fundamentos sobre los que se asienta dicho colectivo. De esta manera se reducen a nada todas las tradiciones y mitologías surgidas en torno a la minería andina para Manuel Ventura, quien no halla en ellas escapatoria factible a su desesperada situación de minero. En la obra de Montoya, hasta lo colectivo, ejemplificado por la figura mitológica de las minas andinas por excelencia, el Tío –dios y diablo en la mitología andina–, se ve en una posición precaria al dejar de lado todas las experiencias individuales que lo conforman cuando Manuel Ventura rumia y se da cuenta de “que la muerte de un minero no se da cuando el Tío quería, sino cuando al destino se le venía en gana.”

Otra manera de presentar una versión no mitificada ni falaz de la historia de la figura del minero con enfoque telúrico se encuentra ya desde el título mismo de la obra de Montoya. El laberinto del pecado, sin desviarse demasiado del título en sí, da a entender que la historia es un conjunto complejo en forma de laberinto, en el cual se intercalan elementos colectivos e individuales imposibles de comprender con una visión limitada del minero boliviano como miembro de un colectivo amplio y unido. Para Montoya, la historia sobrepasa los límites de lo colectivo y requiere de una indagación profunda, casi como si la misma alma humana fuese una mina, a fin de dotar a la historia una faceta personal. Sin embargo, como ya se ha señalado anteriormente, tal indagación personal no es siempre del todo satisfactoria en el sentido de que deconstruye el individuo al apresarlo dentro de un espacio colectivo, la mina en este caso en particular. El adentrarse en las minas laberínticas, según la obra de Montoya, conlleva a veces zambullirse en lo colectivo, hasta considerarse tan sólo como un peldaño más llamado Manuel Ventura en la larga historia colectiva del minero oprimido.

Difícilmente se puede compaginar lo individual con lo colectivo, y es precisamente los elementos telúricos de El laberinto del pecado los que demuestran la tendencia de todo movimiento colectivo a apropiarse de vivencias y motivos individuales para encajarlos dentro de un espacio compartido por todos. De una manera semejante ejerce lo telúrico sobre el personaje Demetrio Macías en Los de abajo una vez que cunde en él la indignación tras la visita de dos soldados federales a su casa. El intento de violar a la mujer de Demetrio Macías y la muerte de su perro son dos de las secuelas que dejan tras de sí los federales, impeliéndolo a aunarse de pleno a un grupo revolucionario del cual él es líder. Sin embargo, al dedicarse de pleno a un movimiento colectivo por razones individuales, Demetrio Macías corre el riesgo de ver su causa personal, es decir, la defensa de su familia, eclipsada y ocultada bajo el gran yugo de lo colectivo como sucede en el caso de Manuel Ventura.

Echando mano de lo telúrico, en una de las escenas, quizá más representativas de toda la obra de Azuela, el público lector asiste a la inversión de lo colectivo y lo individual. Enfrentados el bando revolucionario de Demetrio Macías y el bando de los federales en un arroyo, lo telúrico incide en esta escaramuza en el sentido de que unos, los federales, se hallan cerca del fondo del peñascal mientras Demetrio Macías y sus hombres se sitúan por encima de ellos en un despeñadero. Si hay algo que esta escena muestra es precisamente el ennoblecimiento del grupo revolucionario, y su situación de superioridad moral entendida gracias a su ubicación privilegiada en el espacio telúrico. De todas formas, el ennoblecimiento ocurre en detrimento de los anhelos individuales de personas como Demetrio Macías, luchadores inspirados no en los abstractos conceptos revolucionarios, sino en las injusticias sufridas de cerca para defender a su familia de los federales y a sí mismo contra las vilezas de don Mónico. Al encontrase inmerso en un grupo ennoblecido por lo telúrico, todos los elementos constitutivos de Demetrio Macías se empiezan a incorporar al discurso revolucionario y colectivo de la Revolución mexicana, en cuanto a la tierra se refiere. Cabe destacar que la Revolución mexicana se suele explicar remontando a determinados antecedentes sociales y económicos, muchos de ellos relacionados precisamente con la tierra y el mal uso que le daban hacendados y latifundios con altos costes para agricultores independientes e indígenas.

Imprescindibles para comprender la función de lo telúrico en el ennoblecimiento mitológico del revolucionario mexicano son las observaciones de un joven llamado Luis Cervantes. Un estudiante culto y de buena situación socioeconómica, Luis Cervantes afirma que Demetrio Macías, unido ya definitivamente a la tierra que ennoblece de forma colectiva a aquellos que la defienden, lucha por razones que sobrepasan lo individual. “Usted, hombre modesto y sin ambiciones, no quiere ver el importantísimo papel que le toca en esta revolución,” concluye Luis Cervantes al tiempo que pregunta si “¿Será justo abandonar a la patria en estos momentos solemnes en que va a necesitar de toda la abnegación de sus hijos humildes para que la salven, para que no la dejen caer de nuevo en manos de sus eternos detentadores y verdugos, los caciques?… ¡No hay que olvidarse de lo más sagrado que existe en el mundo para el hombre: la familia y la patria!”. Queda evidente tras estas declaraciones que al individuo le corresponde verse empequeñecido, no ya sólo por elementos colectivos como la familia, sino también por la misma causa revolucionaria colectiva así como la patria de la que lo telúrico forma parte sin lugar a dudas.

Desde la perspectiva aportada por el análisis de los elementos telúricos de ambas obras, se desprende una actitud desinteresada hacia cualquier acontecimiento venidero, fruto del rumbo colectivo que toman las figuras reivindicativas que encarnan Demetrio Macías y Manuel Ventura, en condición de revolucionario y minero respectivamente. Ventura y Macías no se interesan siquiera por la evolución de un movimiento colectivo “global” cuyo éxito o fracaso está fuera de sus manos, lo cual da pie a una situación en la cual ambos autores acaban por restarle importancia a la faceta individual de ambos. Esta técnica sirve de mucho, puesto que pone de manifiesto la tendencia histórica a minimizar la figura del individuo, lo “local” para Carlos Fuentes, hasta tal punto que cunde en él la despreocupación.

Por ello no resulta ni mucho menos sorprendente que hacia el final de la obra de Montoya surja de pronto un vagabundo llamado Valderrama, cuyas palabras elocuentes denuncian no tanto la pésima situación de los campesinos mexicanos, sino más bien el proceso histórico mismo que aparta al individuo de la evolución de México. “¿Villa? ¿Obregón? ¿Carranza? ¡Amo la Revolución como amo al volcán que irrumpe! ¡Al volcán porque es volcán; a la Revolución porque es Revolución!… Pero las piedras que quedan arriba o abajo, después del cataclismo, ¿qué me importan a mí?”, llega a decir Valderrama, quien además utiliza de manera muy intrigante el símbolo telúrico del volcán, para denigrar a aquellos de la banda de Demetrio Macías que se preocupan por los pormenores de la Revolución mexicana, creyendo de verdad que enmendarla depende de ellos en su calidad de individuos ennoblecidos por la causa revolucionaria.

Si se contrapone esta actitud presente al final del libro con la justificación social y reivindicativa de la Revolución mexicana expuesta por Luis Cervantes, parece patente la intención de denuncia de Azuela en dos sentidos: primero, la denuncia del pueblo mexicano oprimido, y segundo la denuncia lanzada contra la manera en que se desarrolla la historia de manera colectiva y global. Dicha queja es consciente de la ineptitud de la figura mitificada e imaginada del revolucionario noble para fomentar y dirigir cambios dentro del panorama histórico. Al fin y al cabo, el individuo queda reducido a poco o nada por el torbellino de eventos en el que se ve envuelto por causas totalmente ajenas a él: la adhesión de figuras insensatas y crueles al movimiento revolucionario (el despiadado güero Margarito que perpetua vilezas contra personas inocentes con la excusa de beneficiar a la Revolución) y la mella que hacen en los valores éticos de la Revolución las extravagancias y parafernalias de los mismos revolucionarios (el ejemplo de Villa enriquecido). Tanto es así que Los de abajo sugiere con la fatídica muerte de Demetrio Macías en un peñascal, el mismo donde se pone en marcha su periplo revolucionario ennoblecido por lo telúrico, que el individuo jamás puede estar a la altura de las pautas establecidas por una historia colectiva que tiende a ennoblecer al tiempo que suprime por completo al individuo.

Al dar voz propia a los individuos que conforman la globalidad y lo colectivo, Los de abajo y El laberinto del pecado crean un espacio diegético, donde por fin la localidad goza de importancia. Lamentablemente para Manuel Ventura y Demetrio Macías, sin embargo, toda experiencia personal se desarrolla en un mundo, como es el caso de los espacios diegéticos, imbuido de historia. Ya desde el mismo origen de América Latina existe un sincretismo sofocante que entorpece cualquier intento de separar lo individual de lo colectivo, cosa que se ejemplifica en el caso de Manuel Ventura, mestizo de nacimiento y por ello situado en la curiosa encrucijada de lo local y lo global histórico. De todas formas, aun habiendo expuesto el problema inherente a la mirada histórica, el mero intento de dotar de individualidad a dos colectivos sociales e históricos contribuye en mucho no a ennoblecerlos y mitificarlos como a menudo hace la historia, sino más bien a humanizarlos. Como resultado final se obtiene una visión más natural de estas figuras, consideradas por fin no bajo la lupa del idealismo colectivo y constructivo de la historia, que contribuye a sostener conceptos desacertados acerca de ellos, sino con la literatura donde se destacan las características humanas, y, por lo tanto, falibles como demuestran el desenlace contundente y fatídico de ambas obras. Esta nueva perspectiva basada en la experiencia humana permite al público lector aproximarse a lo local y sentirse identificado con personajes no mitificados y tan humanos como cualquiera de nosotros.

Obras citadas:

– Azuela, Mariano. Los de abajo. New York: Penguin Books, 1997.

– Fuentes, Carlos. No hay discurso sin nuestra voz.VII Foro Iberoamérica. Ciudad de México. 30 Nov. 2006. Discurso.

– Montoya, Víctor. El laberinto del pecado. Sweden: Ediciones Luciérnaga, 1993.

* Michael Abbott estudia literatura hispanoamericana en la Universidad de California-Riverside, Estados Unidos.