El otro día vi en el noticiero una escena escalofriante: los coches del llamado rally Dakar pasaban por medio de unos impresionante barrancos de color rojo, que me hicieron acordar a Talampaya, o tal vez eran esos mismos, no sé: la cosa es que lo primero que pensé es que a nadie se lo ocurriría trazar el recorrido de una carrera de autos –algo que nunca entendí, algo que siempre me pareció la quinta esencia de la alienación capitalista- por medio de la Abadía de Westminster o de la Basílica de San Pedro. Sin embargo, estas máquinas lo hacen por el medio de un santuario de la naturaleza, de un templo de la Pacha Mama, y eso no es observable. Lo importante es quien llegó primero a la meta; quien ganó la competencia.

De allí, los carros, y su estela de polvo mecánico, su vomitar combustible y su afanosa búsqueda de la esterilidad, se internaron en los desiertos, los desiertos de altura de los Andes que comparten tres países sudamericanos y que son, sin dudas, uno de los rincones de la Tierra más maravillosos que aún subsisten, conservando una carga única de ese misticismo y de esa belleza que los organizadores y los participantes del rally se obstinan en querer arrasar y desmentir a grandes velocidades.

Pensé en lo frívolo de este mundo: antes a los desiertos acudían los profetas, los poetas, los peregrinos, los perseguidos. Ahora, lo invaden estos artefactos que causan más muerte que la metanfetamina, van por allí en plan vertiginoso –rajan, corren, vuelan técnicamente sobre las arenas- y dejan tras de sí el sabor de lo perfectamente efímero e intrascendente, de lo que no tiene sentido ni allí ni entonces, de lo que sólo cobra importancia (y ganancias millonarias) como un fenómeno que viene desde afuera, desde las ciudades, rara venganza esta, porque antes eran los habitantes de los desiertos los que siempre las acosaron.

Y uno no puede sino conmoverse con tanto desatino, temblando junto a las piedras y las vicuñas que los coches perturban sin motivo, acongojándose con los cerros y las yaretas que se deben estar preguntando: ¿Qué es todo este desenfreno? ¿Qué quieren de nosotros? ¿Qué daño les hemos hecho para que nos molesten? ¿Por qué destruyen la calma?

Alguien podrá decir que los bólidos solamente pasan, que no alteran sustancialmente el entorno, que todo lo que ya se imaginan. Pero no es el caso. Insisto: a nadie se le ocurriría hacer pasar una carrera por el medio de Notre Dame. Aparte, el Dakar arremete sin piedad, arrastrando todo a su paso –incluyendo tumbas milenarias, centros ceremoniales ancestrales, campamentos de caravaneros andinos- y todos esperando a ver quien ganó la etapa, y a cuanto kilometraje por hora reventó la máquina, y así hasta el final, hasta el año que viene, cuando el circo y el marketing vuelvan otra vez a profanar lo que no debería ser profanado.

Nos tomamos a la ligera estas cosas.

El valor terapéutico de los desiertos puede curar al mundo.

La carga espiritual de los desiertos puede salvar nuestras almas.

Su magia puede volver a revelarnos el encanto de la vida.

Habría que intentarlo, en vez de derrochar tanta energía en profanarlo.