Con la misión de custodiar al Papa de turno y sin abandonar la tradición, durante más de cinco siglos el Vaticano ha dispuesto de un ejército profesional sui generis, considerado el más pequeño, antiguo y colorido del mundo.

Al jefe de la Iglesia Católica lo escoltan poco menos de 200 guardias suizos ataviados con un tradicional y llamativo uniforme a rayas amarillas, azules y rojas, y un casco morrión de la época de la Conquista de América, ornado con plumas rojas o blancas, según la graduación.

Desde el siglo XIV la llamada Guardia Suiza Pontificia porta el mismo tipo de arma enastada de astil de madera de unos dos metros de longitud, conocida como alabarda. Ese tipo de pica, además de punta de lanza, posee una cuchilla transversal con forma de hoja de hacha y otro elemento punzante para enganchar por el lado opuesto.

Según historiadores, la alabarda fue introducida en Europa por alemanes y escandinavos alrededor del año 1300, pero su popularidad se la dieron precisamente los mercenarios suizos, que la usaban con éxito como arma de infantería para enfrentar a la caballería pesada.

Los primeros miembros de ese pequeño ejército entraron en el Vaticano el 22 de enero de 1506, luego de ser contratados por el Pontífice Julio II para que se encargaran de su custodia y mantenerlo a salvo de cualquier tipo de agresión. Por ello, son considerados la fuerza mercenaria más antigua del orbe.

El también Obispo de Roma escuchó rumores sobre la valentía y el arrojo de los jóvenes residentes en los cantones helvéticos y decidió confiarles su seguridad porque habían demostrado ser defensores de la iglesia, recordó el cardenal Angelo Sodano al celebrar el 500 aniversario del arribo de ese cuerpo a la Santa Sede.

Como las costumbres en el Vaticano se conservan y pasan de un ocupante del trono de San Pedro a otro, esa tradición se mantiene desde que los primeros 150 guardias suizos, vistiendo sus mejores galas medievales, llegaron a la Ciudad Eterna capitaneados por Kaspar von Silenen.

Durante los últimos cinco siglos ha llovido mucho, pero lo cierto es que cuando en enero próximo se cumplan los 505 años de su llegada a Roma, habrán sido responsables de la custodia de 42 Pontífices.

El diseño del actual uniforme se adjudicó durante años al gran escultor, arquitecto y pintor italiano renacentista Miguel Angel (1475-1564), autor de los frescos de la Capilla Sixtina.

Pero se dice que en realidad esa vestimenta a la moda de 1505, con los colores de la Casa Médicis, aunque está inspirada en ideas del famoso pintor, fue una iniciativa de Jules Répond, comandante de la guardia de alabarderos en el período de 1910 a 1921.

Sobre los multicolores uniformes también acostumbran a llevar las bruñidas corazas de metal, usadas durante el medioevo en las guerras y duelos protagonizadas entre caballeros al servicio de grandes señores feudales.

Los guardias, entrenados en técnicas modernas de combate y seguridad por el ejército suizo, son elegidos entre jóvenes católicos de nacionalidad suiza, con grado de instrucción básica militar, de por lo menos 1,74 metros de estatura, con edades entre 19 y 30 años y adecuada escolaridad.

Ellos cuidan los aposentos papales y las entradas principales de la residencia oficial del Sumo Pontífice y están presentes en las reuniones y todo tipo de ceremonia religiosa celebrada en el Vaticano.

Tras la muerte de Juan Pablo II, su presencia fue notoria en los funerales y luego en la custodia de la Capilla Sixtina, donde se reunieron los cardenales en conclave para elegir al actual Sumo Pontífice Benedicto XVI, así como en todas las actividades realizadas sobre la presentación del nuevo jefe de la Iglesia Católica.

En cumplimiento de la misión asignada en función de los compromisos contraídos con la alta jerarquía eclesiástica, ese pequeño ejército tiene una extensa hoja de servicios y algunas hazañas.

Entre ellas se cuenta la heroica resistencia en el año 1527 a las tropas del emperador Carlos V que saquearon a Roma para darle un escarmiento al Papa Clemente VII por su política pro-francesa.

En aquella oportunidad, el pequeño cuerpo de seguridad se enfrentó a un millar de soldados alemanes y españoles invasores en las escalinatas de la Basílica de San Pedro. Superados en número, durante la desigual batalla perecieron 147 de los 189 integrantes de la escolta del Obispo de Roma, y los sobrevivientes fueron luego diezmados.

Pero gracias a esa valiente resistencia el Sumo Pontífice salvó la vida y pudo escapar por un pasillo secreto desde el Vaticano hasta el castillo de Saint Angelo.

En 1548 Pablo III decidió renovar la guardia con 225 hombres y más tarde Pio V mandó un destacamento a combatir contra los turcos en la Batalla de Lepanto.

El sui generis cuerpo de protección pontificia también se involucró en otros incidentes violentos en 1870, durante los cuales la Iglesia Católica perdió los Estados Papales debido a la unificación de Italia.

Con el transcurso de los años, otras historias se inscribieron en los muros de las instalaciones del Vaticano, entre ellas la registrada 13 de mayo de 1981 en la Plaza de San Pedro, cuando el turco Meheme Ali Agca disparó contra Juan Pablo II.

El jefe de la escolta, Alois Estermann, intentó proteger con su cuerpo al Papa, pero llegó demasiado tarde, cuando ya los proyectiles habían alcanzado el blanco escogido.

Aunque el entonces jefe de la Iglesia Católica salvó la vida, sufrió para siempre las secuelas dejadas por aquel atentado, que intentó olvidar dando su perdón a Ali Agca.

No obstante, el reo no salió de prisión hasta cumplir con la sentencia dictada por intento de magnicidio.

Años después de ese incidente, en 1998, Estermann murió junto a su esposa al ser baleados por el recluta Cedric Tornay, quien luego se suicidó llevándose a la tumba el móvil de la tragedia, que pasó a engrosar los secretos de las vetustas edificaciones.

Según el Vaticano, Tornay sufrió una crisis nerviosa al ser ignorado para una promoción y penetró disparando en el departamento donde residía el matrimonio, versión no compartida totalmente por la familia del homicida.

La Guardia Suiza Pontificia emplea la alabarda, y los oficiales la espada ropera o estoque con hoja recta, larga y aguzada, como armas ceremoniales y de batalla, pero utiliza también pistolas ocultas bajo el colorido ropaje.

A ello se agregan fusiles de asalto, granadas y otros recursos de la tecnología militar dispuestos para ser empleados en misiones específicas de custodia personal del Papa.

No obstante, en la actualidad, a esa tarea también se ha sumado la policía romana, sobre todo tras implicarse Italia, como miembro de la OTAN, en las guerras de Iraq y Afganistán.

Antes de retirarse las tropas enviadas por Roma a territorio iraquí, el Ministerio del Interior de Italia incluyó al pequeño estado del Vaticano entre los lugares que podían convertirse en posibles blancos de ataques terroristas y redobló su protección.

* La autora es colaboradora de Prensa Latina.