Cuenta la historia que alguna vez venía por un camino Rockefeller, y de pronto llega a una bifurcación de la que salían dos nuevas rutas. Arribados a ese punto le preguntó el chofer del vehículo para dónde tomaban; la respuesta no se hizo esperar: “¡ponga la luz de giro a la derecha y doble a la derecha!”. Momentos después, por la misma vía venía Fidel Castro; llegado a esa bifurcación, también el chofer preguntó por el destino a seguir, y la respuesta también fue inequívoca: “¡pon la luz de giro a la izquierda, camarada chofer, y gira a la izquierda!”. Algunos instantes más tarde se encuentra en esa ramificación un representante de la “tercera vía” (aquí cabe una lista muy grande y heterogénea: Tony Blair, Lula, Felipe González, Michelle Bachelet, Juan Domingo Perón, John Keynes, Anthony Giddens, Oscar Arias… seguida de un etcétera considerable que el lector podrá llenar a su mejor parecer); preguntado entonces por el chofer hacia dónde dirigirse, la respuesta fue: “ponga la luz de giro a la izquierda pero doble a la derecha”.

Así presentadas las cosas, pareciera que lo que va seguir será una burla mordaz de la llamada “tercera vía”. Pero no se trata de una mofa, para nada; es, en todo caso, un intento de centrar la discusión. Para dejarlo dicho casi como telón de fondo de lo que se expondrá a continuación, valga citar estas palabras:

“Simplemente no hay otra opción que esta: ya sea que se abstiene de interferir en el libre juego del mercado o se delega el manejo completo de la producción y distribución al gobierno, ya sea capitalismo o socialismo, ¡no hay un camino intermedio!”

Esto no lo dijo un “furioso comunista”, sino uno de los principales referentes teóricos del sistema capitalista allá por 1927, reflotado en la cresta de la ola neoliberal de estos últimos tiempos: Ludwig von Mises.

El sistema económico-social que hoy día rige a toda la humanidad salvo islas puntuales (Cuba o Corea del Norte como bastiones de un socialismo de Estado aún vigente, o grupos poblacionales muy pequeños y marginales a la economía global que se encuentran en selvas tropicales, en algunos casos aún en períodos neolíticos: indígenas amazónicos, bosquimanos del Kalahari, etc.), el sistema dominante sin discusión es el capitalismo.

Para el socialismo eso plantea un desafío aún abierto, entendiendo que las primeras experiencias de construcción socialista no dieron el resultado esperado, pero que la idea de transformación revolucionaria aún sigue vigente (porque las injusticias sociales aún están).

Posiciones “híbridas” –permítasenos decirlo de esa manera– como el caso del “socialismo de mercado” chino, o el vietnamita, abren interrogantes; pero no en el mismo sentido en que los plantea la así llamada “tercera vía”. ¿Cómo construir un mundo de mayor equidad sin llegar al socialismo, que implica una ruptura violenta con lo anterior? ¿Cómo pasar a un mundo de mayor equidad social si los factores de poder (capitalista) no ceden sus posiciones? ¿Se consigue eso en las urnas? ¿Cómo lograr “dulcificar” la explotación? ¿Es ello realmente posible? ¿Se puede arreglar esto en una mesa de negociaciones?

Incluso en la Cuba socialista estos mecanismos capitalistas que se han ido abriendo con el llamado a inversiones empresariales extranjeras constituyen un reto; pero está claro que allí no se busca explícitamente una “tercera vía”; o, al menos, no en el sentido que este concepto se ha venido desarrollando en otras latitudes: o se es socialista, o se es capitalista. En todo caso el producto que pueda salir de esos experimentos deberá evaluarse con el parámetro que permitirá decir si se sigue el modelo socialista centralista, o se aleja de él.

Por ejemplo, en la China actual: ¿se puede decir que aún se construye el socialismo pese al manejo unipartidista y vertical del Partido Comunista en lo político, o se está construyendo una potencia capitalista mezclada con toda la tradición cultural de una de las culturas más viejas del mundo? A estas alturas todo permitiría decir que estamos ante una sociedad capitalista, con todas las de la ley, más las peculiaridades de la milenaria cultura china. Incluso habría que agregar: potencia capitalista pisándole los talones al que aún hoy continúa siendo el país hegemónico: Estados Unidos. Pero nadie, en modo alguno, podría asimilar la experiencia China, ese raro galimatías llamado “socialismo de mercado”, con lo que en otros contextos se conoce como “tercera vía”.

Queda claro que al hablar de “tercera vía” se hace alusión a una posición intermedia entre dos extremos ya conocidos, y de los que, ninguno termina de convencer. Algo así como: una nueva alternativa, un camino intermedio entre dos cosas, una solución de compromiso. O, al menos, esa es la intención.

Ahora bien: ¿hasta qué punto es posible encontrar esos caminos intermedios? Hablando del sistema capitalista, depredador y violento como el que más, continuamente ha habido llamados a su humanización en un desarrollo que pareciera llevarse todo por delante olvidando al ser humano y a la naturaleza. Es así como a través de la historia surgieron leyes de protección a los indígenas en el momento de la conquista del “Nuevo Mundo”, buen trato a los esclavos, el socialismo utópico en los albores de la industria (Robert Owen, Charles Fourier, Henri de Saint-Simon que, por cierto, era un noble); o actualmente “ajuste estructural pero con rostro humano”, tal como piden las agencias “suaves” del sistema de Naciones Unidas (UNICEF o la Organización Mundial de la Salud –OMS–) al lado de los “duros” (Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional). En todo caso, estos llamados a la moderación nos dan la pista de por dónde habría que empezar a entender esta “tercera vía”. Si se quiere decir de otro modo: un capitalismo humanizado, una explotación “buena”.

Ahí cabe de todo: desde la ya hoy legendaria “tercera posición” del peronismo histórico de la Argentina de la década del 40 del siglo pasado hasta el Pacto de la Moncloa en el católico reino Borbón post franquista con un partido proclamado socialista en la dirección política. Y si se quiere exagerar un poco, desde el ex presidente estadounidense Bill Clinton (el mismo bajo cuya presidencia se creó la burbuja financiera que explotó hace un par de años, y que bombardeó Irak cuando se hizo público su affaire con la becaria Mónica Lewinsky) hasta el siempre mal definido socialismo del siglo XXI surgido con la Revolución Bolivariana –o “proceso chavista”, quizá más acertadamente–, que es socialista… pero no tanto, y que sigue respetando la sacrosanta propiedad privada de los medios productivos (buena parte del petróleo que se explota en el territorio venezolano lo hacen aún las corporaciones petroleras multinacionales, por ejemplo). Como vemos, estas posiciones intermedias dan para todo.

Entonces, si bien es difícil cuando no imposible definir con precisión de qué hablamos con este evanescente concepto, está claro que es una posición no confrontativa con la propiedad privada. No cuestiona, como lo hace el socialismo, la propiedad privada de los medios de producción buscando su transformación revolucionaria (expropiaciones, reforma agraria), sino que espera una feliz circunstancia en que los mismos puedan servir al bien común, tener una función social, un “rostro humano” en definitiva.

Abrir la discusión en torno a qué sistema brinda mayor cuota de satisfacción a la población es una tarea casi imposible, y en general siempre bastante mal encarada si no se atiende a la complejidad del sistema planetario que hoy por hoy nos domina, y considerando que en general vemos la realidad desde prejuicios que nos distorsionan. ¿Qué pueblo es el más feliz? ¿Cómo y desde dónde decirlo? Más allá del bienintencionado intento del índice que desarrolló recientemente la NEF (The New Economics Foundation) según el cual los países con economías más desarrolladas no aparecen encabezando la lista, y sí por ejemplo, países pobres como los de Centroamérica (lo cual plantea interrogantes, por supuesto: según esa medición los haitianos son más felices que los estadounidenses…), poder decir con exactitud quién es más feliz tiene algo de quimérico. ¿Podríamos tomar con seriedad que un ciudadano haitiano es más feliz que un norteamericano? ¿Por qué son los haitianos los que marchan en cantidades industriales como inmigrantes ilegales hacia la potencia del norte y no se da el tráfico en sentido inverso? ¿Qué constituye la felicidad?

Hay una extendida visión clasemediera (prejuiciosa, conservadora y racista) que considera a los “pobres” como esencialmente “haraganes, faltos de espíritu de superación, dejados” y que con pocas migajas se contentan, pues “mientras tengan para parrandear y hacer hijos, suficiente. La pasan todo el día tirados en una hamaca. ¿Qué más pueden pedirle a la vida?” Conclusión de todo ello: los pobres y excluidos la pasan mejor. Se podría decir entonces que ¿“son más felices”? Intentar medir esto de la felicidad es, seguramente, caminar sobre un tembladeral que no augura nada bueno, que no da seriedad científica, que llama al equívoco. Pero lo que sí puede constatarse son las formas concretas en que se organizan las sociedades, el acceso a recursos de cada uno de sus miembros y ciertos indicadores básicos de calidad de vida. Quién será más feliz tiene algo de misterioso… (¿secreto de alcoba?). Pero no así la injusticia en juego. ¿Podrá sentirse feliz alguien que padece injusticias? Según la medición mencionada, sí. Por eso es que debe ser tomada con pinzas.

Ahora bien: el capitalismo como sistema sin ningún lugar a dudas ha creado las bases materiales suficientes como para terminar con carencias crónicas de la humanidad (hambre, ignorancia, desprotección). Si no lo hace no es porque no tenga un “rostro humano”, porque intrínsecamente no sea amable, gentil, benévolo. No es, definitivamente, cuestión de talantes, de actitudes: son condiciones políticas concretas. El afán de poderío de la clase dominante asienta en armamentos letales, y ahí no hay consideraciones de bondad a la vista. En ese sentido el sistema funciona como una maquinaria con vida propia: no se puede detener, se traga a las personas de carne y hueso y se autoreproduce continuamente. Por más que los más grandes magnates del mundo decidieran donar sus fortunas (y algo de eso Bill Gates está proponiendo ahora), la situación de base no cambiaría. Quizá con eso, quien más feliz estaría –para usar la mencionada medición– serían los mismos archimillonarios, por “buenos y piadosos”. Pero las cosas no se arreglan con buenas intenciones, con donaciones piadosas, con ejércitos de Madres Teresas.

No se trata, entonces, de cambios de actitud, de bondades que estarían faltando. El sistema capitalista valora más la propiedad privada que una vida humana o que la defensa de la naturaleza, y en esa cosmovisión individualista la solidaridad no existe. Un baluarte de ese sistema, la “Dama de hierro” Margaret Tatcher pudo expresarlo sin pelos en la lengua:

“No hay libertad, a menos que haya libertad económica.

(…)

No hay tal cosa como la sociedad. Hay individuos, hombres y mujeres, y hay familias. Y ningún gobierno puede hacer nada si no es a través de la gente, pero la gente primero debe cuidar de sí misma.”

La visión de la “tercera vía” es buscar un ablandamiento –digámoslo así– en esa estructura: permitir la explotación, pero poniéndole reparos.

La intención de esto no es abrir una pormenorizada discusión comparativa para ver qué sistema ha estado funcionando mejor: la socialdemocracia escandinava o la planificación central de Cuba; qué ha dado más resultado: el resurgimiento económico español post pacto de la Moncloa o la confrontación de los piqueteros argentinos en medio de una economía en retracción. Si se trata de mostrar que la “tercera vía” ha dado mejores resultados, sucede casi igual que con el índice de felicidad: ¿con qué criterios se hace la medición? Los nórdicos tienen mejor nivel de vida que los habitantes de cualquier país africano que optó por caminos socialistas década atrás, cuando comenzaban su proceso de liberación nacional. ¿Se debe eso a que los primeros decidieron por la “tercera vía” y los segundos no? Nicaragua, construyendo su revolución socialista en el medio del acoso de Washington con una guerra monumental que trastocó toda su vida nacional, optó por la “tercera vía” en lo económico. ¿Por qué allí no funcionó la receta y el país siguió siendo de los más pobres en todo el continente americano? Los tigres asiáticos, con un capitalismo salvaje, produjeron saltos económicos fabulosos en estas últimas décadas, mucho más que, por ejemplo, Chile o Costa Rica, supuestos exponentes de la “tercera vía” en suelo americano. ¿A dónde nos lleva este planteo de caminos intermedios?

Para tratar de darle una suerte de síntesis a lo dicho hasta ahora está claro que hay países capitalistas donde los satisfactores socioeconómicos se cumplen a cabalidad. Allí, sin dudas, las poblaciones tienen altas cuotas de acceso a bienes y servicios, independientemente si son o no felices según ese nuevo intento de medición. Es decir: nadie padece carencias básicas ofensivas. Pero eso sucede en no más de un 15% de la población mundial. Y se podría agregar que esa “tercera vía” es el punto más alto en el desarrollo capitalista, dando como resultado sociedades donde, además de confort material, hay aparatos de Estado que aseguran el real cumplimiento de todos esos satisfactores acentuando el respeto por los derechos civiles y altos niveles de desarrollo cultural. Ahora bien, si esos son logros de esa “tercera vía”, no hay que olvidar que ello está posibilitado por una explotación de base que deja al resto de la población mundial en las peores condiciones. Nicaragua, con “tercera vía”, no dejó de ser un país pobrísimo.

Todos los países del Sur con economías pobres y grandes problemas estructurales que optan en lo político por esta “tercera vía” no solucionan de raíz sus carencias. En todo caso, ante el actual estado de cosas, existe la ilusión que el proclamado “derrame” de la economía de abundancia del capitalismo habrá de mejorar sus situaciones. En ese contexto se podría decir que significa la esperanza de “lo menos malo” para las poblaciones. Pero en definitiva no es una vía nueva: presupone siempre la explotación del trabajo de otros, con el pretendido grado de civilización que permita repartir un poco menos inmisericordemente la riqueza social.

Aunque tal como decía la historia con que se abrió la reflexión, en definitiva no es sino un amague hacia la izquierda sabiendo que las cosas, en realidad, van a la derecha. Es decir: está presupuesto un estado de explotación sin el cual no se crea la riqueza. Que se puedan negociar y consensuar algunas mejoras con el gran capital para la gran masa de trabajadores no significa que termina la estructura injusta del mundo. En definitiva: si el camino realmente augurara mejoras para la gran mayoría de trabajadores: bienvenido. Pero la experiencia no lo demuestra. ¿Podría toda el África abrazar esta tendencia y salir así de su miserable atolladero? ¿Servirán estas recetas para terminar con su pobreza crónica?

Si las experiencias socialistas vividas hasta ahora no resolvieron todo lo que se esperaba resolverían, nada autoriza a decir que la explotación de clases ha terminado y que nos encontramos en un paraíso. La buena pretensión de una “tercera vía” que se nutra de la abundancia del capitalismo –ya con cinco siglos de acumulación, no olvidar– más una preocupación por lo social, irremediablemente no puede pasar de eso, de buena pretensión, porque las raíces mismas de la explotación no desaparecen. Loable quizá, como la pretensión del conde de Saint-Simon de una sociedad de iguales, sin clases; pero lamentablemente, tal como dice el refrán: “para hacer una tortilla hay que romper algunos huevos”. Es decir: lograr cambios no cosméticos en la estructura de las sociedades, donde el poder sigue siendo el núcleo duro (¿quién lo abandona en forma voluntaria acaso?), implica algo más que pactos, que consensos, que buenas intenciones.

* Fuente: Colarebo Digital, mmcolussi@gmail.com Tomado de

http://www.clarin.decolombia.info/