Tras las declaraciones del viceministro Félix Cárdenas: “Raza de bronce (Alcides Arguedas) es el libro más racista posible y sigue siendo el libro base de lectura” y la implícita intención de sacar ciertos libros del pénsum escolar, se ha desatado una polémica en torno a la cuestión de los modelos pedagógicos vigentes y del canon literario boliviano.

El ministro de Educación, Roberto Aguilar, sostuvo que sólo se trata de una propuesta y sugirió la alternativa de que dichos textos sean leídos, pero con la orientación de los docentes. Luis Barrancos, director del colegio Nacional Florida en Santa Cruz, argumentó de manera similar que el profesor debe guiar al alumno para evitar que caiga en interpretaciones erradas: “En mi criterio, Raza de bronce no tiene un contenido racista. El autor relata lo que sucedía con los indígenas del altiplano. Todo depende de la interpretación que se le dé”, apuntó.

A pesar de la polvareda levantada, el gobierno de Bolivia aclaró que no prohibirá la lectura de clásicos de la literatura local en las escuelas públicas.

Tras estas las declaraciones del viceministro Cárdenas y del director Barrancos sólo nos queda una conclusión más que obvia: ninguno de los dos leyó (por así decirlo) muy atentamente Raza de bronce. En primer lugar, las declaraciones del viceministro ya fueron desmentidas en tanto al tema del racismo y sobre todo en cuanto a la censura; sin embargo, queda una idea de la declaración que intuye muy verticalmente una realidad del libro de Arguedas: su pertenencia no sólo a una clase social muy fácilmente identificable, sino también su adscripción (por demás indiscutible) a una escuela de pensamiento: el positivismo. Una escuela muy ligada en la literatura al realismo. De lo primero se desprende el libro Pueblo enfermo (Alcides Arguedas); de lo segundo la novela de la que hablamos.

Ahora bien, los principios del realismo suponen una posibilidad de representar lo real dentro de algún lenguaje estético, una suposición por demás positiva en el sentido de reducir a lo real a un conjunto de elementos susceptibles de ser reducidos por un artista. Esto implica la aceptación del peor producto del positivismo: la objetividad y, claro, la fe en ella. En este sentido, el narrador de Raza de bronce quiere que el lector crea que es un narrador objetivo, cuando sabemos que el solo hecho de un narrador omnisciente (como el de la novela o como cualquier otra novela) supone de hecho una mediación atravesada por una subjetividad (ficticia o no).

Ya lo dijo Barthes, el narrador es de papel, es decir, un personaje más, con una psicología propia. En esto consiste el error de lectura que se hace evidente en las declaraciones del director del colegio Florida, Barrancos: “El autor relata lo que sucedía con los indígenas del altiplano”, dice.

Comprendemos que el director no tenga una formación literaria media, pero la total falta de sentido común que confunde realidad y ficción no es aceptable. Pues, está aceptando el concepto nonagésimo de “objetividad” y se la traga como si fuera un caramelo de lo más inocente. Sabemos que la literatura no es inocente, es culpable. Raza de bronce también lo es en su pretendida objetividad (concepto que designa algo que no existe), en su animalización del indígena en el capítulo final, donde al hacerle ejercer una violencia brutal en contra del hacendado, lo está ejerciendo en realidad en el indígena mismo. ¿Tal vez esa era la intuición del Viceministro?, pero en todo caso, la prohibición del libro no podría justificarse con ese razonamiento, al contrario, bajo el argumento de cómo un escritor pretende defender a lo indígena y como explicamos que en la escena del capítulo final del libro de Arguedas se invierte la violencia, más bien podría promoverse la lectura de la novela, como ejemplo de cómo este señor Arguedas pretendiendo defender al indígena lo defenestra.

* Fuente: http://aqui-avance.blogspot.com