para Juliana
Hoy, un ángel revoltoso bajó hasta Río Abajo, donde habito en Bolivia, y me trajo un mensaje del cielo.

Decía que Perón se había reunido con Néstor Kirchner, que acababa de llegar, flamante, a los jardines donde moran ellos, los justos, los héroes, ellos nomás.

Perón, que ya está acostumbrado a las alturas, estaba tomando mate con Frank Zappa, con Sandino y con Rimbaud.

Todos son amigos, allá.

Y como allá, todos tienen que ser amigos, Perón, Zappa y Sandino le andaban recriminando a Rimbaud, amablemente claro, porque insisto: todos son amigos allá en lo alto, por sus andanzas en Etiopía.

Arthur, siempre él, reconocía que se había mandado cagada y media en África pero que, para que entiendan les decía, el nunca había perdido su corazón de poeta.

Perón asintió gravemente y luego sonrió y Sandino le pidió otro mate: se había entusiasmado con la yerba cebada, César Augusto, porque en Nicaragua todavía no la conocen.

Justo cuando El Viejo le pedía a FZ, che, turco, ¿por qué no te tocás otro blusito?, vino un arcángel agitado con la noticia que había llegado Néstor.

¡Uyyy!, respiró Juan Domingo, acaba de llegar un compañero, dijo.

Me disculpan, pero tengo que recibirlo y hablar con él.

Sandino lo miró con cara de general-no-me-jodas, y Perón le dijo: vení, Sandino, que vos también sos general como yo y todos juntos somos la Patria Grande.

Perón le pidió a San Ramón Nonato que llamara, para la cita con el recién llegado, al “Tío” Campora (que andaba también por ahí tomando mate con Atahualpa Yupanqui y coqueteando con Janis Joplin) y a Cooke que estaba jugando al ajedrez con Trotsky.

Evita vino sola, sin que nadie le diga nada, porque ella tiene un GPS especial, uno que le regaló San Sebastián, y suena cada vez que Perón tiene una reunión política.