El título de esta historia, “Medio marrano”, no se refiere al uso común de la expresión que indica que se es medio tonto, sino a la manera como hube de hacerme a la propiedad de medio marrano, eso no sin brindar disculpas a mis amigos y amigas vegetarianos que se dolerán que mis motivaciones sean celebrar la navidad y, ¿por qué no?, sacrificar al marrano. Claro que he pugnado por que se le garantice a la posible víctima un tiempo en una finca donde no estará confinado, donde tendrá seguramente un cuidado dedicado y no será uno más de la camada.

Seguramente tendré que pedir permiso a la Pacha para ese sacrificio y seguramente lo comeremos en comunión. La historia no comienza acá, sino cuando un amigo me llamó para invitarme a su finca, de la cual hemos estado conversando hace ya más de un año, y yo pensé que sería una oportunidad para solazarme el fin de semana y olvidar las vicisitudes de la ciudad.

Preciso en el momento en que atendía un importante conversación en el chat, con alguien de mis más profundos afectos, hube de suspenderla pues llegaron a recogerme para visitar ir a la consabida finca en las montañas cercanas a Palmira, un poco más allá del corregimiento de Tenjo, don de las plantaciones de pino han hecho de las suyas. Me acosaban pues querían salir rápido y yo estaba entretenido en la conversa.. Hube pues de acelerar y terminar el diálogo y tomar cualquier ropa y correr para que no se malhumorarán mis compañerxs de viaje. Olvidé el teléfono móvil, la losa quedó sin lavar y un gran desorden sobre el escritorio. No se me olvidarían los tabaquitos, que ahora los cargo, para hacer pagamentos; me puse las botas viejas y una boina vasca pues me dijeron que en la noche haría frío y desde luego la consabida chaqueta amarilla que es la que más me protege de frío, y sí que fue útil; ah… también eché media de aguardiente anisado.

Me tocó el puesto de atrás de un jeep pequeño donde me hube de comprimir. La salida fue un poco tediosa pues ellos tenían que cancelar algunos dineros en el camino y pararon en dos lugares, en la rotonda de la 8 y luego en el terminalito. Pero bueno, al fin rumbo a Palmira, eran ya como las tres de la tarde. En Palmira nos dirigimos a lo que acá en el Valle se llama la galería, que es una plaza de mercado donde, además del bullicio acostumbrado, había una gran algarabía pues celebraban el día de las brujas a los hijos de los propietarios y trabajadores del lugar.

Allí mis anfitriones compraron algunos alimentos para los animales y algunos para los otros animales, nosotros. Saliendo de Palmira me dicen que tienen un día especial, pues precisamente coincidiendo con mi visita van a llevar el ariete que han adquirido de segunda mano. Así fue. Nos dirigimos ya a las 5 de la tarde a recoger el ariete (un artefacto que aprovecha únicamente la energía de un pequeño salto de agua para elevar parte de su caudal a una altura superior sin usar otra energía que la diferencia de potencia por la caída de agua) y bueno un tiempo más de espera para llegar a la finca.

En el camino nos detuvimos a tomar una cerveza y un par de empanaditas, a las que, los más golosos, añadimos un choricito. Íbamos la pareja de mis amigos y yo. Ella es una chica hermosísima, del pueblo Nasa, bordea los treinta y es la compañera de él desde hace varios años. El bordea los 50. Este tipo de parejas de edades desiguales suele ser hoy muy frecuente, “casi más que las de edades similares” dice una amiga. Ella trabaja como aseadora en un colegio y espera que pronto puedan irse definitivamente a vivir al campo, en las montañas de Palmira. Es una mujer a la que su juventud no le resta nada de su sabiduría. Me impresionó su carácter y su delicadeza. Él hoy es, además de poeta, oficio en el que siempre fue conocido, un aprendiz adelantado de ellaen las artes de manejar una finca de 7 hectáreas, en la que él tiene 10 años de estar trajinando.

Ella conoce todo lo que aprendió con su pueblo, los Nasas, en el Cauca; además, obviamente de muchas cosas nuevas que ha aprendido en el ir y venir con él y con la tarea de sacar adelante la finca. Esta pareja hace una modalidad de relación rural-urbana que no se puede tipificar como neo-rural, pues realmente ella es una mujer del campo que vive en la ciudad y él un hombre de la ciudad que cada vez más está en el campo. Allí se les ve que han construido relaciones de amistad con los tenderos de la ciudad de Palmira, con los de la vía que conduce a la finca y sin duda con los vecinos que también tienen fincas.

Los vecinos, algunos son gentes urbanas que llegan los fines de semana y le inyectan algo de dinero a sus fincas y a los negocios de la zona, lo que se conoce como economía hebdomadaria; otros visitan sus fincas sólo de vez en cuando, otros son habitantes permanentes. Las relaciones de solidaridad entre los campesinos se notan creciendo y sin duda la pareja de mis amigos son catalizadores de ellas. Alrededor de su finca algunos vecinos son adjudicatarios de programas para desplazados, otros adjudicatarios de programas para reinsertados, otros simplemente propietarios de algún terruño y otros son trabajadores que aspiran ser propietarios mediante los nuevos programas gubernamentales de adjudicación de predios, particularmente los predios confiscados a los narcotraficantes.

Rodean la zona las grandes plantaciones de pino y eucalipto de la trasnacional Smurfith Cartón Colombia y el monocultivo de caña al servicio de los ingenios azucareros y de los productores de etanol. Se observa en algunos lugares, cada vez más frecuentemente, un proceso creciente de potrerización de las laderas donde la ganadería toma fuerza. Los campesinos de rakamandaka son cada vez más pocos.

Noto como ella constantemente, pero con mucha discreción, corrige a su compañero sobre la manera de hacer mejor las cosas, él asiente y enmienda: “pon el alimento de los patos allá”. dice ella, “lava el otro lado de la cochera”, dice ella, “prepara vos los que yo muelo los alimentos para los anímales”, dice ella. Él, jocosamente solo acierta a decir: “si, si… lo haré como te enseñe”, y así su ego se aliviana con la broma y ella ríe sabiendo que la evasiva de él es para no perder su lugar de ser también su guía que, no dudo, lo es a su manera.

Llovía copiosamente, y hubieron de conseguir un plástico para ponerle a los alimentos para que no se mojaran y bueno en el camino el plástico se cayó y ella se baja del jeep con decisión, acomoda el plástico y la marcha sigue adelante. Él se percata que la llanta está bajita y se detine en medio de la lluvia y revisa y dice: “llegaremos”. Llegamos a la finca y Mendienta salió a recibirnos, Mendieta es el perro. Nos la llevamos bien, me sonrío durante toda mi estadía, hasta le llegue a dar unas órdenes que obedeció con algo de incredulidad de mi parte, más bien obedeció por ser tan gentil como sus amigos-propietarios, pienso yo.

Llegados a la finca me fumé un tabaquito en reconocimiento de la montaña, como una amiga me dijo que se debía, y luego me dirigí a la cocina donde ya la aguapanela hervía y llegó acompañada de un quesito y un pan y luego a la aguapanela que quedaba se le agregó aguardientico y quedó convertida en un canelazo, que nos alcanzó como para cien historias, memorias y uno que otro chiste. No hay energía eléctrica de la red, pero ellos se han provisto con un panel solar. No es una finca de lujo, noooo, es una finca humilde, como la de los campesino, no es una finca de recreo, ni una para turistas o gringos descarriados, noooo, es una finca de verdad, así que mi idea de reposar en una hamaca y esperar que todo me llegara como buen turista quedó deshecha. Es una finca con aire de esfuerzo, donde las cosas se hacen con consagración, con amor, con dificultades, con tesón. “Sería el lugar perfecto para que yo aprendiera algo de la vida del campo que tanto ignoro”, fue uno de los pensamientos que me acompañaron.

El agua se oye correr toda la noche, es un arrullo y yo, con los canelazos de por medio, dormí como un lirón , en una casita de guadua, humilde pero suficiente. Muy temprano me puse de pie, recorrí la finca alrededor de la casa y en su periferia más cercana y luego me puse a moler el maíz para mezclarlo con el alimento para los animales. Luego vino el desayuno, desayuno para campesino trabajador, que así me sentía, e mi ilusión de estar arañando la tierra: huevos de verdad, caféacabaditode tostar, juguito de las naranjas de por ahí, almojabanita llevada desde Cali, y bueno, con repetición de cafecito.

Luego a limpiar la cochera, a llevar comida a los animales, a llevar sal a las vacas, a llevar comida a los carneros, a mirar las gallinas, a cortar pasto, y Mendieta al lado. Así pasé el día fatigado con las tareas de la tierra. Luego comenzaron las ideas. Por qué no montamos un proyectito juntos dice él, y yo es que no quiero enredarme, pero acá hay mucho que hacer dice él, y yo bueno vamos viendo, bueno y que haremos en diciembre dice él, y yo pues quiero perderme un poco para sanar, y él vente para acá, y yo no está mala la idea, y él pero que tal un proyecto de educación para jóvenes campesinos de por acá, y yo sólo que habaría que convencer a una amiga que anda perdida pues no tengo arrestos para tanto y decirle que este puede ser un lugar para que haga su cura, y él pues decile, y yo pues le diré y espero hagamos algo en diciembre, y pues… así resultó la idea de comprarnos un marrano como un primer paso de nuestros nuevos planes-caóticos.

Y hablamos de invitar a nuestras familias y yo para mis adentros: pues chévere que fuera con Mariaelena, Dumar y Diego y Poncho y Mechas, y Sandra si está por acá y quizá también Lorena y Naya y Johan si vienen y, pues, obvio sin Irene, bueno una fiestita de diciembre y… el marrano quedó comprado. Habrá marrano en diciembre. Pero sobre todo, y esta historia la cuento a mis cercanos porque creo que sería una excelente oportunidad para que aprendiéramos juntos, cada uno y juntos, cómo trabajar una finca, cómo producir nuestra propia comida, cómo ser autónomos y soberanos alimentariamente, cómo ser solidarios, y quizá de ahí pueda darse el paso de hacerse a un pedacito de proyecto colectivo para emprender los cambios profundos que queremos también.

Y también, es lo que le dije a él, me gustaría que la amiga que está luchando por salirse del sistema, por huirle a los horarios y a los compromisos institucionales, encontrar en esta experiencia y en las que de ellas se puedan originarse, con el apoyo de nuestros queridos de la finca y un familiar de ella, indígena también, que estará por allá, y con el empeño que podamos muchos poner a este tipo de nuevas experiencias de fraternidad, repito pueda y podamos encontrar la manera de saldar cuentas con el sistema que nos arrebata las horas y las conciencias.

Tal vez ahí también encuentre más sentido el proceso de encontrarnos en la ciudad en nuevos espacios de diálogo-aprendizaje-solidaridad horizontales, no jerárquicos, no institucionales y autónomos, pues tendríamos unos refugios rurales estratégicos para rehacer los fines y los medios y el sentido de nuestras colectividades y buscar sociedades justas y sustentables de maneras prácticas y menos retóricas y trascendentales.

Está implícita en esta reflexión una propuesta de hermanarnos en la construcción de procesos novedosos colectivos-individuales, donde podamos poner en juego nuestras sapiencias y nuestras ignorancias y podamos desarrollar nuevas inteligencias colectivas y nuevas cuerpos sociales que permitan a su vez el despliegue de subjetividades inusitadas y de relaciones poéticas con el mundo. En estos nuevos espacios que estamos buscando crear habrá lugar para nuevas ritualidades y para el rescate de las ritualidades ancestrales que nos lleven a la resacralización del mundo y a recuperar para nosotros la espiritualidad como una fuerza liberadora conciente y revolucionaria. Es una puerta que se abre.

Mendita salió a despedirme como unos dos kilómetros, acompañandoles a él y a ella. Y yo traje una piedra para la cocina, un libro sobre los Emberas, una carga de limones y un inmenso deseo de que pueda con esta idea derrotar todo pesimismo.

Que el sacrificio del marrano, sea pues como una eucaristía.