Un viejo y criollo amigo me dice al pasar por su tienda: Les das en el ojo cada que escribes. ¡Cómo quisiera yo que fuera verdad! Pero que quede como lema de lo que debería hacer un buen cronista: dar en el ojo cada que escribe.

La crónica periodística es una invención de los grandes poetas modernistas, pero sobre todo de José Martí, y cabalga entre la prosa literaria y el apego a la noticia. Es famosa la crónica de Martí sobre la muerte de Jesse James, que contiene datos precisos pero, al cabo del tiempo, se está convirtiendo en una obra de ficción, en un cuento.

Recibo con frecuencia invitaciones para dar talleres literarios y procuro asistir, pero ya me aburre un poco hablar de lo mismo. En cambio, qué hermoso sería atraer a tantos escritores jóvenes o jóvenes con vocación de escritura hacia la crónica, que es un género literario y no es un género menor. Martí decía: Hay tanto que decir que ha de decirse en el menor número de palabras posible: eso sí, que cada palabra lleve ala y color. Ah, pero en esas pocas palabras hay que hacer llorar, sollozar, increpar, castigar, crujir la lengua. Un viejo columnista me decía que es mejor agotar una sola idea en cada columna, porque no alcanza para más. Es cierto.

Cada columna es la crónica de una muerte anunciada. Desde el inicio se conoce el desenlace, pero la importancia está en cómo uno la dice, cómo la escribe, con qué palabras, con qué musicalidad. García Márquez se valió de su experiencia como periodista para escribir su célebre novela sobre la muerte de Santiago Nasar a manos de sus captores: una muerte anunciada y dicha en el primer párrafo, como el leed de una noticia, que debe resumir qué pasó, dónde y cuándo y luego explicar por qué. Eso es periodismo puro, es crónica de las más bellas.

El periodismo es el sometimiento a la tiranía del espacio y del tiempo: uno debe condensar lo que quiere decir en 1.000, 2.000, 3.000 caracteres, y no pasarse. Esta columna, por ejemplo, debe tener 3.000 caracteres. Pues bien, pasaron años hasta que el contador de palabras me dio la cifra exacta: 3.000, como si hubiera ganado un premio en el tragamonedas. Antes llegaba a unos caracteres menos o unos demás, pero nunca a 3.000 cabales. Pero esta disciplina te hace escoger palabras y adjetivos. Cada uno de ellos debe ser irrepetible y preciso, porque no hay espacio para extenderse.

En cuanto al tiempo, el periodismo es el arte de escribir antes de pensar, porque hay que entregar la nota ya nomás. Esto tiene algo de instintivo: ya no actúa tanto la razón, siempre tirana y reductora de la realidad, sino la intuición y en general las otras formas de la percepción. Pero esto es puro ejercicio del arte. Y además es un ejercicio de humildad que te enseña a escribir con el sentimiento de que tu texto es efímero y de ninguna manera una obra maestra. Los escritores jóvenes que se sientan al teclado seguros de escribir una obra maestra, por lo general escriben huevadas. La sed de gloria los agobia como un cuello y una corbata que los convierte en tortugones amoratados (la frase es de Lezama Lima). ¡Pero así no se escribe ni una buena carta comercial! Un buen actor de teatro incorpora el libreto a tal punto en su memoria que debe convertirse en algo instintivo repetirlo. Si uno trata de recordar los parlamentos al pie de la letra, está jodido. Hay que decirlos como si salieran de ti. ¡Pero eso mismo ocurre con la escritura! La vida cotidiana es tan rica en noticias, que no sólo las insólitas son interesantes, también las más cotidianas. El chiste está en saberlas contar, y eso es un ejercicio de sencillez, de humildad, de economía del lenguaje, de piedad por el amigo lector.