El escritor, activista y comentador político Tariq Alí fue una figura destacada del trotskismo en los años 60 y 70; sin embargo, su compromiso con Trotsky va más allá de la política de partido. Hace unas semanas, Kirsty Jane McCluskey, del colectivo de bibliófilos Vulpes Libris, conversó con él en ocasión de la presentación de su nueva novela, La noche de la mariposa de oro, en el Festival del Libro de Edimburgo.

P. En años de lucha en la calle decías que leíste por primera vez la biografía de Trotsky de Isaac Deutscher estando enfermo, en la cama (una experiencia escalofriante, sobre la que preferiría no tener tantos datos). Después de aquello, ¿cuándo comenzaste a leer a Trotsky? ¿Cuál fue tu primer contacto con su obra?

R. Tras leer la trilogía de Deutscher, me vi arrastrado de manera natural a leer los escritos del protagonista de aquella biografía fascinante, sin precedentes. Así pues, comencé por Mi vida, la autobiografía de Trotsky, un texto bellamente escrito que se lee como si se tratara de ficción de alto vuelo. La calidad literaria de Trotsky me impactó enormemente. Y eso me condujo a otros escritos suyos. Para mi generación fue un autor muy importante, pues ofrecía una alternativa a un sistema que ya entonces no funcionaba y que iba por mal camino. Fueron aquellas lecturas las que me hicieron trotskista, entre los 60 y los 70.

Ernest Mandel fue otro punto de referencia. Lo llamativo es que en aquella época entramos en contacto con gente que conocía o que había tenido un vínculo directo con los bolcheviques, lo que hacía que nos sintiéramos los continuadores de una tradición. Trotsky, en todo caso, permaneció siempre a mi lado. Sus análisis exhibían una gran capacidad de anticipación. Piensa, por ejemplo, en el libro que tituló ¿Qué es la Unión Soviética y hacia dónde va? y que fue mal traducido como La revolución traicionada. Es un libro soberbio. Allí planteaba que o bien la Unión Soviética daba un paso adelante y se convertía en una democracia socialista, o bien habría una regresión capitalista en la que buena parte de los burócratas de entonces se convertirían en los millonarios del futuro. Sus críticos decían: “¡es una locura!”. No había nadie que pudiera ir tan lejos en el análisis. Trotksy tenía una mente muy fina, y creo que fue la combinación de sus cualidades como intelectual y como revolucionario lo que lo hizo tan interesante, para mí, desde luego, pero también para mucha gente que estaba entrando a la vida política en los 60.

P. ¿Volverte trotskista, pues, fue un camino natural en aquella época?

R. En aquella época, sin duda. Pero no podía ser de otro modo. No había tantas opciones. Luego, poco a poco, te dabas cuenta de que Trotsky era una cosa, y que muchos grupos trotskistas eran algo bastante. No en vano el propio Trotsky, en respuesta a todo ello, había declarado: “no soy trotskista”.

P. Desde los sesenta, que con tanta elocuencia has descrito en Años de lucha en la calle, ¿cómo evolucionó tu relación con Trotsky?

R. Cuando la gente me pregunta: “¿todavía eres trotskista?”, digo que no, porque que no soy miembro de ninguna de las organizaciones que se autodenominan de ese modo. Para ser honesto, pienso más bien que están agotadas. En cambio, sigo considerándome trotskiano, ya que su impacto en mí persiste, sobre todo en tiempos que son hijos de una gran derrota, algo que él conoció muy bien. La mayor parte de su vida transcurrió en esas condiciones. A veces, cuando vuelvo sobre algunos ensayos suyos que no he leído durante veinte o veinticinco años, indefectiblemente aprendo algo. Es bastante sorprendente.

Una cuestión importante en Trotsky fue su desprecio por los tontos. Y eso fue un problema para él, porque el Partido Bolchevique estaba lleno de idiotas. Trotsky no perdía el tiempo con ellos, pero al final fueron esos tipos los que se movilizaron en su contra. A mi me encantaba la anécdota de Trotsky en aquella reunión del Politburó. Como el nivel del debate era insoportable, cogió una novela de Balzac o de Stendhal y se puso a leerla en medio de todo aquello. Sin duda es una actitud muy arrogante, pero también bastante admirable. Para mi Trotsky continúa siendo una figura central del siglo veinte -como intelectual, como político, como revolucionario- y su obra perdurará.

Ahora hay muchos historiadores guerreros fríos profesionales que pretenden deshacerse de él. No soportan que hubiera un bolchevique capaz de comprender aquel sistema mejor que ellos, en una época, además, en la que ellos estaban totalmente encandilados por él. Ahora escriben libros para probar que nada bueno salió de todo aquello: que todo era terrible, que todos eran lo mismo. Que no hay diferencia entre Lenin y Stalin, que no hay diferencia entre Trotsky y Stalin. Para gente como Robert Service, Stalin podría incluso considerarse mejor en algunos aspectos. Stalin era alguien con quien se podía hacer negocios, prosperar. Y por fortuna no era judío. Stalin, después de todo, había conservado de manera escrupulosa la parte que le había tocado tras la segunda guerra mundial, aunque para su propia gente fuera un desastre. El poema de Yevtushenko en el que se duplica o triplica la guardia alrededor de su tumba era revelador. Uno no puede tomarse los trabajos de gente como Service demasiado en serio. Es más bien una moda ideológica. No llega a los talones de lo que hizo Deutscher, por ejemplo. Y no porque Deutscher fuera totalmente acrítico, sino porque era capaz de situar toda aquella experiencia en otro plano. La moda actual consiste en decir que todo lo que pasó durante aquel período fue negativo. Yo eso no lo acepto ni lo haré nunca. Es propio de una escuela de historiadores que se rinde a los hechos consumados y que ignora las diferentes posibilidades existentes en cada situación. La revolución francesa sufrió un destino similar, por eso en París hoy existe una estación de Metro llamada Stalin, pero en cambio no hay ninguna calle con el nombre de Robespierre.

P. ¿En tu opinión esta visión de las cosas se limita a la academia o refleja un cambio más amplio en la actitud frente a Trotsky?

R. Creo que es una cuestión académica. El resto del mundo, la generación más joven, ni siquiera piensa en estas cuestiones. Esa es la tragedia. Esto es algo propio de la academia y de académicos que quieren hacerse un nombre mostrando que son servidores leales del estado y de sus necesidades, y que no hay alternativas al mundo tal como es. Se han publicado algunos libros de académicos jóvenes -igual de malos- que ni siquiera he podido leer. Los tengo sobre mi escritorio pero ni los he hojeado.

P. Hay una cierta tendencia -pienso en gente como Slavoj Zizek- que pide “repetir” a Lenin ¿Crees que tiene sentido “repetir” a Trotsky de manera que fuera leído por las generaciones más jóvenes?

R. Sí, creo que sí. Zizek no podría porque no ha leído a Trotsky. Lo que Zizek hace de manera brillante, y con gracia, es escandalizar a la burguesía. Es un provocador en el sentido estricto del término. Toma a Lenin, a quien todos odian, a quien el pensamiento dominante ve como un criminal y un asesino, y fuerza al lector a confrontarse con sus ideas. En realidad, alguien debería intentar un ejercicio similar con Trotsky, antes de que pase mucho tiempo. En la editorial Verso estamos pensando en ello.

Hilary Mantel, por ejemplo, escribió una novela sobre Robespierre que me parece muy buena. Y hace décadas Alan Brien escribió otra, menos exitosa y menos lograda, sobre Lenin. No funcionó pero era la intención estaba bien.

P. Puedo entender que en los sesenta el vínculo entre lo que Trotsky describía y lo que tú estabas viendo fuera más directo. Pero, ¿cuál crees que debería ser la aproximación a Trotsky hoy? ¿Qué sería lo directamente relevante, y qué lo que tiene un valor más simbólico o de estímulo al debate?

R. Creo que su Historia de la Revolución Rusa sigue siendo uno de los mejores testimonios de alguien que participóen un levantamiento revolucionario. Su autobiografía, sus ensayos, su visión global de la realidad y de las tendencias que se manifestaban en ella, su predicción del triunfo del fascismo en Alemania, su advertencia a los judíos del destino que les esperaba si Hitler se imponía. Nadie escribió en aquella época con semejante lucidez, y esto es algo de lo que la gente podría aprender todavía hoy. Los escritos de Trotsky sobre cómo podía derrotarse al fascismo en Alemania son un correctivo muy importante al pensamiento sectario. La fase, en cambio, en la que se dedicó a argumentar contra diferentes grupúsculos sectarios no es lo más interesante suyo. Era una época de derrota, y ese no era su fuerte. La fuerza intelectual de Trotsky explotó cuando entró en contacto con movimientos sociales de masas. Sus escritos sobre la cuestión judía no carecen de interés. Ese es un libro que habría que rescatar, porque es muy relevante. Trotsky fue el único pensador de la izquierda que comprendió que, para derrotar al fascismo, había que unirse a los social-demócratas y a los liberales, construir un frente. Este es un tema de gran actualidad, aunque no haya socialdemócratas de izquierda. Toda esta cuestión de construir pequeñas sectas en torno a un par de líderes es bastante deprimente. Sería triste que el legado de Trotsky se redujera a esto.

P. En una conversación previa con Geoffrey Swain, él mencionaba las consideraciones de Trotsky sobre planificación económica en relación con América del Sur ¿Crees que si Trotsky escribiría hoy sobre América del Sur? ¿Vería lo que está ocurriendo allí como algo de interés, como un lugar en el que sus ideas en materia de planificación podrían ser útiles?

R. Si, sin duda alguna. Trotsky, en todo caso, defendería la necesidad de tomar el control del estado y de su aparato. Y esto no ha ocurrido. Lo que hay en América Latina hoy es -utilizando el lenguaje del propio Trotsky- una situación de poder dual. Hay unos gobiernos electos con una base de masas. Pero el ejército continúa siendo la columna vertebral del estado, y ese ejército no ha sido ni destruido ni transformado. Creo que es eso lo que diría. En cualquier caso, a la hora de aconsejar cómo planificar, etcétera, algunos de sus escritos son realmente muy buenos.

P. Hablabas antes de Mi vida como un artefacto literario. ¿También en ese terreno te ha influido Trotsky, como escritor y como lector?

R. Hay alguna influencia, pero uno apenas puede aspirar a escribir como él. Además, ya sabes, venimos de generaciones totalmente diferentes. Para mí el inglés es una segunda lengua; Trotsky escribía en ruso. Creo que conservo algunas de sus maneras de ver el mundo, pero ni siquiera trato de escribir como él. Eso no se puede imitar, aunque uno quisiera. Era gracioso, en los sesenta, cómo había gente en algunas sectas que trataba de hablar, de adoptar poses de Lenin, de Marx y de Trotsky en los debates de cada día, como si viviéramos en el mismo mundo. Y que luego intentaban imitar cómo borrar disidentes u opositores de sus minúsculas organizaciones. Para algunos era una especie de arte: juicios, expulsiones, denuncias. Un arte pésimo, por cierto. Nunca pude tomármelos en serio. Yo mismo parodié algunas de estas cosas en una de mis primeras novelas, lo cual me volvió bastante impopular. Pero sentía que era necesario hacerlo, y no me arrepiento.

P. La actual tradición trotskista en el Reino Unido… pensando en la distinción que hacías hace un momento entre trotskista y trotskiano ¿qué consejos darías a estos grupos? ¿Qué crees que deberían cambiar en su relación con Trotsky?

R. Creo que esos cambios ya están teniendo lugar, lentamente. Estos grandes pensadores del pasado -Marx, Lenin, Trotsky, Gramsci- todos fueron importantes y dicen cosas de las que se puede aprender. Pero no deben tratarse como dioses. Este fue un gran, gran problema en los movimientos comunistas y trotskistas: su estilo era muy religioso. Era como si una cita de Marx o Trotsky fueran suficientes para zanjar un debate. Para ser honesto, esto nunca me impresionó demasiado, ni siquiera cuando era miembro de aquellos grupos, y hoy no me impresiona en absoluto. Hay que aprender a enjuiciar los méritos de los argumentos de quienes nada tienen que ver con la izquierda, y encontrar la manera de debatir con ellos. Y hay que hacerlo porque todas aquellas referencias que eran comunes en los 60, en los 70, y hasta cierto punto en los 80, han desaparecido. Se han esfumado. Uno puede, por tanto, decir: “vamos a hacer esto porque Trotsky lo dijo aquí”. Y luego vendrá alguien que encuentre una cita diferente de Trotsky que prueba lo contrario. Y lo mismo con Marx. Pero no es una buena manera de argumentar. Es una manera religiosa, y ni Trotsky ni Marx eran personas religiosas. Por el contrario, criticaron duramente este estilo y esta manera de hacer las cosas. Yo creo que este estilo se remonta al discurso de Stalin en el funeral de Lenin: “A ti nos encomendamos, camarada Lenin…”. Una cosa triste. Yo creo, de hecho, que uno de los grandes problemas con la propia evolución de Trotsky es que, como le acusaban permanentemente de no ser leninista, acabó por convertirse en una suerte de leninista semi-religioso, cuando en realidad había dirigido agudas críticas a Lenin en el pasado. Siempre sentí, y todavía lo creo, que esto fue una auténtica tragedia para aquel hombre. Imagínate, una inteligencia tan potente. Seguramente él sabía que se estaban cometiendo errores, y cómo dichos errores podían o debían evitarse, pero no se atrevió a decirlo por temor a lo que sus oponentes políticos podían hacer con ello. Esto debió haber sido una tortura para él y creo que, siendo quien era, tenía plena conciencia de lo que ocurría.

P. Imagina que un joven o, mejor, una persona de cualquier edad, políticamente consciente, descubre a Trotsky y se siente inspirada por él, ¿Qué le aconsejarías? ¿Cómo se puede ser activista a partir de dicha influencia?

R. Lo primero que creo es que un activista tiene que ser capaz de aprender de diferentes tradiciones. De Trotsky, de Lenin y de Gramsci, ciertamente. Y de Marx, claro. Uno puede aprender muchísimo de estos grandes pensadores. Pero sería un error colocarlos en un pedestal. Hay que crear algo nuevo. Nunca será totalmente nuevo, puesto que no podemos ignorar el pasado y nuestra historia, pero hay cosas que deben hacerse de otro modo. El estilo de organización política en la que no hay ningún debate o discusión serios, en la que se echa y se expulsa a las minorías… todo eso era una parodia en los 60 y 70, y hoy es sencillamente una broma. Yo pienso que a la gente joven no le atrae nada de eso. Lo que me preguntas no es sencillo. Una respuesta honesta sería que no estoy un por ciento seguro de cuál sería el mejor camino. Lo que sí sé es que seguir el viejo estilo es un camino erróneo.

P. Quizás, como decía Deutscher, a veces uno necesita retirarse a su atalaya…

R. Eso me parece muy importante. También Marx lo dijo tras las derrotas de 1848. Te vas, piensas, escribes. Pero nunca puedes dejar del todo de estar activo. Cuando ocurren atrocidades, cuando se envía gente a la guerra, cuando se la mata, no se puede permanecer al margen. Al mismo tiempo, hay que ser realistas. Cuando uno lee algunos papeles escritos por grupos de extrema izquierda… ¿quien puede leerlos? Es decir, son poco más que boletines internos. Cualquier izquierda seria que emerja de las ruinas del siglo veinte tendrá que ser capaz de aprender y de desaprender. Caso contrario, más vale meterse a pescadero que ser un izquierdista dogmático y religioso.

* Fuente: www.vulpeslibris.wordpress.com, 3 de septiembre de 2010. Traducción para www.sinpermiso.info: Gerardo Pisarello. Tariq Ali es miembro del consejo editorial de SIN PERMISO. Su último libro publicado es The Duel: Pakistan on the Flight Path of American Power [hay traducción castellana en Alianza Editorial, Madrid, 2008: Pakistán en el punto de mira de Estados Unidos: el duelo].