El juicio que merecen los autores de la masacre de Porvenir (11-IX-18) avanza con lamentable lentitud debido a incidentes abogadiles, pero se espera que concluya con la condena a 30 años de prisión para los principales actores y con otras penas para los demás, de acuerdo a normas bolivianas y convenios internacionales (en lo pertinente), como consecuencia de un debido proceso, como busca ser el actual. Asimismo, consideramos que no debe favorecerse con la impunidad a ninguno de los que no están incorporados en la querella. Entre los últimos se cuentan ciertos “arrepentidos” dudosos o algunos que se han “volcado”, como ingenuamente afirma una autoridad pandina, elegida el 6 de abril de este año.

A dos años de esa matanza vale recordar que se registran tres visiones sobre ella: la del pueblo que mantiene que allí, hace dos años, ocurrió una masacre porque se disparó a matar desde el frente de los opositoras al gobierno y de los cívicos, y sin capacidad defensiva de las víctimas; la que se empeña en afirmar que aquel fue un enfrentamiento entre el bloque regional, entonces dominante en todas las líneas, y el de los campesinos que trataron de llegar a Cobija para realizar un ampliado en el que iban a discutir la defensa de sus tierras dotadas gratis y en propiedad colectiva y por primera vez a mujeres (comprendida la posesión personal y familiar); la tercera, que se aventuró a decir, por medios como la revista Poder y Placer de Santa Cruz, que los campesinos se mataron entre ellos, en medio de una confusión incontrolable.

Una investigación que se muestra en un video, estos últimos días, confirma que hubo masacre en Porvenir, pero da cuenta de que el 11 de septiembre de 2008 se libraron, además, dos enfrentamientos en lugares distintos a Porvenir, sin que los campesinos hayan usado armas de fuego.

La definición de la matanza tiene importancia socio-política, ideológica y también jurídica, para afinar la estrategia de los acusadores en el juicio contra los autores y, vaya la ironía, también servirá a la defensa de aquéllos.

Resulta pertinente, asimismo, tener presente que a más de la crueldad de los operadores de la masacre, ésta fue la continuación de la política de resistencia a los cambios de la derecha parapetada entonces en la llamada media luna (Santa Cruz, Tarija, Beni y Pando). El gobierno, a su vez, denunció el intento de golpe civil destinado a frustrar los cambios en Bolivia, más allá de insuficiencias y debilidades gubernamentales, las que esos días no eran lo principal.

En Pando, específicamente, los sectores todavía dominantes en todos los órdenes (social, político, ideológico y económico) con aquellas acciones, entre las que la masacre constituye un horrendo crimen suyo, defendía un poder regional, salpicado con tráfico de cocaína y contrabando diverso y en crecida escala, como el de troncas que no se contabilizan. Ese poder regional, sobre todo en su aspecto económico, sigue casi intacto, así como se sabe que continúa la depredación acelerada de bosques y el sacrificio de recursos genéticos (biodiversidad).

El cuento, que contiene una verdad comprobable en cualquier momento y sin mucho esfuerzo, que muestra a Leopoldo Fernández Ferreira —Don Leopoldo, para varios que todavía se sienten sus ahijados—como dueño de un departamentito en el norte de Bolivia, en considerable medida sigue siendo cierto. Por ello, al menos matizamos el optimismo de los que afirman que la derecha y los empresarios, que conspiran contra la transición boliviana, han sido derrotados y que no pueden reponerse. Sostenemos que cuando aquellos empresarios sean expropiados o sean reducidos a una realidad marginal, es decir, el día que se les recorte o desaparezca el poder económico que todavía detentan, valdrá aquella aseveración, ahora anticipada. Más bien, por aquella derecha y por su poder económico se puede decir que el riesgo es que la perra otra vez se ponga en celo, con lo que parafraseamos el verbo de Bertolt Brecht, poeta alemán al que mataron los nazis, cuando dijo que éstos reaparecerían.

Más aún: imposible perder de vista el revés político e ideológico propinado por el pueblo a los empresarios y conspiradores con distinta intensidad en su accionar. En Pando, para seguir con el ejemplo emblemático, lo que hizo el pueblo antes, durante y en cierto modo después de la masacre de Porvenir, fue una rebelión limitada en sus alcances, pero para la región y para el país, un ejemplo de lucha precursora contra los dominadores de muchas décadas. Que esa masacre cambió la correlación de fuerzas en Bolivia, como único hecho determinante es, al menos, discutible. Por eso, mejor decir que esa masacre, continuación de la política del poder regional pandino, fue la acción criminal de mayor envergadura, pero a la vez repudiable en el país de 2008 y más allá de nuestras fronteras. Esa matanza, sin embargo, marcó el inicio de una nueva situación política o señaló el cambio de coyuntura (momento de la lucha de clases, para los que creemos que ésta sigue siendo la locomotora de la historia en Bolivia).

Las pocas ideas de la derecha sobre la autonomía, especialmente departamental, fueron puestas a prueba en ese tiempo de confrontación política y social sin tapujos. Los pueblos indígenas (incluidos los que oficiaron de ideólogos externos y endógenos), mejor y antes que los dirigentes cívicos y la derecha, resumían su planteamiento sobre el territorio y la dignidad (los que marcharon hacia La Paz en 1990), al decir que aquél servía muy poco si no se utilizaban sus riquezas: vegetación, frutos, caza y pesca. Y en el territorio, los pueblos indígenas debían autodeterminarse o autogobernarse, con sus normas consuetudinarias.

En realidad, el discurso autonómico de la derecha y en la media luna, fue sobre todo un instrumento para la conspiración. Además, esa autonomía era y no ha dejado de ser separatista, al menos desintegradora del país. Tampoco debemos olvidar lo que los oligarcas cruceños decían, sin ruborizarse, durante el gobierno del Gral. Juan José Torres y ante la Asamblea Popular de ese tiempo (1971): En vez de seguir en una Bolivia soviética, es preferible pertenecer al Brasil. Es imperdonable, asimismo, olvidar que la patria de los oligarcas está en el lugar de sus intereses mezquinos, mejor dicho, su patria son sus negocios.

En el juicio en marcha, por la masacre de Porvenir, lamentablemente, no serán sancionados todos sus autores porque varios de los que se sabe, de acuerdo a testimonios, participaron directamente en la masacre o al día siguiente en las torturas a pobladores pandinos, están en el exilio brasilero o peruano, otros se han “volcado”, es decir, colaboran ahora con el MAS y ejercen cargos en la Gobernación de Pando y en la Alcaldía de Cobija o están sueltos en esa capital: es el caso de un ex senador de la República boliviana, el que llamó a votar por el MAS.

A los que se han volcado, también se los llama tortillas en los valles cruceños, se los empleó en actividades electorales, según testimonios de masistas o pro masistas, de acuerdo al diario paceño Página Siete. Aquellos que vivieron exiliados en Brasilea, ahora en filas del gobierno o del MAS, saben como hacían fraude los leopoldistas o derechistas, de acuerdo a lo dicho por una sobrina del Presidente, a la que le quemaron su librería los días de la matanza en Porvenir. La afirmación de esa comerciante en Cobija, ahora concejala municipal de aquella ciudad, nos recuerda lo que había propuesto el entonces candidato a la Presidencia de España, Aznar: Éste dijo: traigan aquí (al equipo electoral del PP) izquierdistas, ellos saben como derrotar a los otros izquierdistas.

El pueblo boliviano, el que todavía apoya a Evo (a diario menos y cada vez con menor entusiasmo), está lejos de aceptar que los gobernantes, incluido el principal, prefieran como aliados a los de la Unión Juvenil Cruceñista y a los que integraron los grupos al mando de Leopoldo en Pando, en vez de los aliados que pierde cotidianamente el gobierno y a los que éste los aleja todo lo que puede. Para Fidel Castro, sumar fuerzas sociales y políticas para un proceso revolucionario es una cuestión fundamental, lo que se debe hacer todos los días. Aquí, en esta Bolivia, que esperamos nunca más desgarre sus conquistas, los gobernantes y el número uno, ahuyentan a sus aliados y al parecer se sienten a gusto con ex integrantes (tapados o infiltrados) de las fuerzas que seguirán en contra de un proceso que de veras cambie Bolivia, aunque no sea en la profundidad con la que algunos todavía soñamos.

El pueblo (unido, organizado y consciente) debe acompañar el juicio debido contra Leopoldo Fernández y sus cómplices. Lo que se vio en el recordatorio de la masacre de Porvenir, sin embargo, parece mostrar la desunión actual de nuestro pueblo, así como el desaliento de la gente sencilla, lo que sólo no ven los gobernantes, quizá porque es verdad que están “enfermos de poder”, como dijo Argirakis desde Santa Cruz.

Por los 13 caídos en Porvenir nuestro pueblo, como en otras ocasiones, se espera retome las trincheras para exigir la condena máxima para los autores de la matanza de hijos sencillos del pueblo y para exigir que no se conceda espacio alguno a la impunidad ni siquiera de los autoexiliados en Brasil y que, ahora, luego de volcarse, medran de cargos públicos en Pando.

* Periodista.