Pronto recordaremos un momento en la historia de Bolivia, cuando el conjunto de sus clases sociales se encaminaba decididamente a la construcción del socialismo, pero la ruta fue cortada por los reducidos pero poderosos grupos de intereses económicos, fuertemente ligados al fascismo y la embajada norteamericana.

Hoy que la neoliberal despolitización masiva, arrastra a la muchachada, es preciso recordar esos días antes que la siembra del desaliento por los retrógradas se asiente y nadie crea en nadie.

La muerte de René Barrientos Ortuño, generó un periodo de incertidumbre con militares progresistas y fascistas. Fue un periodo en el que su heredero Luís Adolfo Siles, no logró consolidarse, dando lugar al golpe del Gral. Alfredo Ovando Candia el 26 de septiembre de 1969.

Ovando era considerado como un “duro” defensor del régimen fascista de Barrientos e instrumento de la política del Pentágono. Sorpresivamente se pasó al ala de los militares progresistas y junto a oficiales jóvenes destituyó a Siles Salinas (1).

Al contrario de Barrientos, se presentó como un crítico de la entrega de las materias primas a capitales extranjeros. De inmediato anunció sus propósitos centrados en: Asegurar la soberanía nacional, consolidar la industria minera con fundiciones, refinerías y creación de la industria pesada, proteger el capital nacional, mejorar la situación social de los trabajadores, reestructuración de la economía rural y otras medidas calificadas de revolucionarias.

Ovando derogó el Código del Petróleo, el decreto de reglamentación sindical y la Ley de Seguridad del Estado. Nacionalizó la Gulf Oil Company y estableció relaciones con la Unión Soviética. Los políticos de izquierda exiliados pudieron retornar al país. Todas estas medidas, motivaron a la embajada iniciar el proceso de conspiración que se concretaría en agosto de 1971.

La contrarevolución fascista se aceleró después que un grupo de estudiantes universitarios de La Paz, establecieron un nuevo foco guerrillero en Teoponte. Salieron de La Paz, despedidos por el Ministro de Educación a quien habían convencido de su intención de iniciar un proceso de alfabetización.

Entre los aprendices de guerrilleros estaban el folclorista Benjo Cruz, Néstor Paz Zamora, los hermanos Bonadona y otros comandados por Oswaldo “Chato” Peredo, hermano menor de los legendarios Inti y Coco Peredo Leigue, quienes habían peleado junto a Ernesto “Che” Guevara en la guerrilla de Ñancahuazú.

En este contexto, la conspiración al interior del militarismo se fue consolidando. La izquierda tampoco daba tregua con sus exigencias de profundizar el proceso, provocando la renuncia de Ovando y la posterior instauración de un triunvirato, rechazado por el pueblo movilizado, que se decidió apoyar a Juan José Torres, otro militar calificado como progresista.

El triunvirato duró 24 horas. Torres fortificado en la base aérea, derrotó finalmente a su contrincante el derechista Rogelio Miranda que pretendía tomar el poder a partir del Gran Cuartel de Miraflores.

El 7 de octubre, Torres tomó el palacio de gobierno y organizó un gobierno militar-obrero. La mitad de su gabinete estaba en manos de obreros. La primera medida revolucionaria fue la rescisión del contrato de Mina Matilde y la segunda, la concreción de la Asamblea del Pueblo a partir del comando político ya organizado por la Central Obrera Boliviana (COB) y los partidos de izquierda.

La Asamblea del Pueblo, tuvo las pretensiones de ser eminentemente obrera muy alejada de lo que fue el parlamento burgués. El nuevo órgano popular pretendía ser un instrumento de poder para avanzar con decisión hacia el socialismo.

La Asamblea Popular fue inaugurada el primero de mayo de 1971 durante la marcha obrera que convocó a unos 50 mil trabajadores. Ese mismo día, se fundaba el Partido Socialista en base a la unión del Grupo FARO que tomó la iniciativa y al que se unieron Marcelo Quiroga Santa Cruz, Guillermo Aponte Burela y el grupo de Alberto Bailey Gutiérrez.

El 22 de junio de 1971, la Asamblea Popular instaló sus sesiones en el Parlamento bajo la presidencia de Juan Lechín, quien actuó junto a Oscar Eid, Antonio Aranibar, Pablo Ramos, Jorge Ríos, René Zabaleta y otros que por su lado fundarían luego el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR).

Las deliberaciones durarían menos de dos meses, pues un parlamento absolutamente revolucionario desencadenó el golpe militar iniciado el 19 de agosto liderado por Hugo Bánzer Suárez y secundado por Remberto Iriarte, Florentino Mendieta, Humberto Cayoja y Andrés Selich, este último de ascendencia croata y ferviente “Ustacha”.

El golpe fue cruento. Tras tomar el poder, Banzer mostró toda su dureza contra la COB y los partidos de izquierda que fueron reprimidos y prohibidos de actuar. Los datos oficiales, señalan la muerte de 96 personas y 560 heridos, pero otros aseguran cientos de muertos y miles de heridos y desaparecidos que hasta ahora no son reivindicados.

Masacre en las universidades

El golpe de Banzer fue apoyado por el MNR y FSB, antes enemigos políticos y entonces unidos junto a empresarios privados, Comité Cívico cruceño y hordas paramilitares. Los asesinatos fueron múltiples, pero principalmente en las universidades de La Paz y Santa Cruz.

El 23 de agosto de 1971 la Universidad de San Andrés (UMSA), fue atacada por el ejército. Un avión caza Mustang P-51 ametralló el edificio, mientras centenares de soldados hacían fuego con ametralladoras y lanzacohetes bazookas. Media hora después, varios centenares de estudiantes fueron tomados presos.

Cinco universitarios murieron, numerosos resultaron heridos. Oficialmente 240 fueron presos conducidos al Regimiento Bolívar de Viacha, habilitado como campo de concentración. Entre los presos 30 estudiantes mujeres fueron sometidas a duros vejámenes.

En la universidad Gabriel René Moreno (UAGRM), varios centenares de estudiantes y catedráticos quedaron encerrados en el recinto totalmente desarmados. Los militares con orden de Banzer y comandados por el “Ustacha” Andrés Selich, abrieron fuego desde el exterior.

Unos 200 estudiantes estuvieron en el edificio repartidos en tres aulas del último piso. Todos fueron apresados por golpistas civiles entre los que se reconoció a Ernesto Morant, Jorge Chávez, Addi Curi, Freddy Mercado, N. Paniagua y otros (2).

El 20 de agosto, los golpistas realizaban una marcha de regocijo en la Plaza 24 de Septiembre cuando un artefacto explosivo estalló a un costado de la tribuna de honor, provocando algunos heridos. Tras el estallido Selich ordenó eliminar a todos los detenidos: “No quiero presos ni heridos”.

Los exaltados al mando de Ernesto Morant y Widen Razuk, asaltaron el edificio universitario con granadas de mano. La mayoría de los detenidos estaban en el paraninfo. Comenzó la masacre. Los paramilitares disparaban a mansalva, dejando sobre su propia sangre a 24 presos entre estudiantes, obreros y campesinos (3).

Milagrosamente salvaron la vida ocho personas malheridas. Ellos fueron: Humberto Mur, Jorge Selum Vacadíez, Julio Jorge Nelson, Carlos Salvatierra, Vicente Quevedo, Antonio Aguilera, Luis Masone y Jorge Rodríguez.

Otros ilesos por haberse refugiado tras un piano, fueron: Ciro Menacho, Alejandro Pérez, Dardo Suárez, Roger Tuero, Hernán Vaca y Napoleón Agulera. Un camión militar sirvió para llevar a los muertos hasta la morgue, los heridos al hospital en un jeep y los demás a la cárcel.

En su libro “Nunca más para Bolivia”, Federico Aguiló señala que los heridos fueron alevosamente asesinados en el hospital por el médico neurocirujano Freddy Terrazas, quien disparó en su propia cama al dirigente campesino Vicente Quevedo, a los obreros Carlos Salvatierra y Antonio Aguilera.

Otros hubieran corrido la misma suerte si los médicos Edwin Saucedo, Luis Kairolo y Rubén Dabdoub, no hubieron intercedido para que cesara tan vil actitud. Durante varios días grupos de jóvenes cruceñistas asediaron el hospital con intención de rematar a los heridos.

Numerosos presos, fueron sacados de noche y llevados hasta el cementerio de La Cuchilla donde fueron asesinados y enterrados en fosa común. Lo notable fue que en esta masacre participaron varios médicos.

Este mes recordaremos esa época de barbarie, cuando se inauguraron en ambas universidades las Facultades de Impunidades. Los golpistas de entonces comenzarían a exprimir hasta la última gota del Estado enriqueciéndose de manera ilegal. La memoria de estos acontecimientos ocurridos hace 39 años, no tiene que perderse en el tiempo y debe servir para que esta historia no se repita.

Datos: (1) “Historia del Parlamento” – Valentín Abecia B. (2)(3) “Nunca más para Bolivia” – Federico Aguiló.