(Ecoportal).- La economía dominante que se estudia en las facultades, y trata de imponerse en la práctica, es la corriente denominada neoclásica. Es la base para justificar el capitalismo en todas sus variaciones. Tiene un fundamento antropológico individualista y egoísta, y estudia la realidad económica como si estuviese al margen de la biosfera o de la lucha de clases o del patriarcalismo reinante. Fruto de esta ideología dominante en Occidente es la tendencia irrefrenable del capital de abarcar toda la vida y de privatizar toda la existencia en su búsqueda compulsiva del máximo beneficio.

“Resulta difícil definir como propias las cosas comunes”. – Quinto Horacio Flaco (65 a.C. – 8 a.C).

“Si he visto más lejos es porque estoy sentado sobre los hombros de gigantes” – Isaac Newton, en una carta de febrero de 1676 a Robert Hooke.

“En caso de necesidad todas las cosas son comunes, y, de este modo, no parece que sea pecado si uno toma una cosa de otro, porque la necesidad la hace común” – Tomás de Aquino, Suma Teológica – II-IIae (Secunda secundae).

¿Lucha o apoyo mutuos en la Naturaleza?

Cuenta Kropotkin en su conocida obra ‘El apoyo mutuo’ (p.88) que el capitán Stanbury, en uno de sus viajes por las Montañas Rocosas, en el siglo XIX, observó un pelícano ciego que era alimentado, y bien alimentado, por otros pelícanos que le traían pescado desde 45 kilómetros.

Esta observación y muchas otras parecidas sobre el mundo vivo, que nos depara Kropotkin en su libro citado, le llevan a la conclusión de que en la naturaleza, además de la lucha mutua, “se observa al mismo tiempo, en las mismas proporciones, o tal vez mayores, el apoyo mutuo, la ayuda mutua, la protección mutua entre animales pertenecientes a la misma especie o, por lo menos, a la misma sociedad (…) de manera que se puede reconocer la sociabilidad como el factor principal de la evolución progresiva” (p.43 y 86).

Y Kropotkin, entusiasmado con su descubrimiento cooperativo, lanza una profecía en la que anticipa que “probablemente conoceremos alguna vez, por las personas que estudian la vida microscópica de las aguas estancadas, casos de ayuda mutua inconsciente entre los microorganismos más pequeños” (p.46). Y acierta.

En efecto los trabajos del último tercio del pasado siglo de Lyn Margulis, célebre microbióloga americana, así lo confirman. En su obra ‘Microcosmos’ (1995, p. 20) afirma rotundamente que “la simbiosis (es) uno de los promotores más significativos en la producción de innovaciones evolutivas” y que “la vida es algo más que un simple juego mortal (…) es también una unión simbiótica y cooperativa que permite triunfar a los que se asocian”. Porque “los organismos del microcosmos son el pilar en que se apoya la biota entera, ya que su red de intercambio global afecta, en última instancia a todos los seres vivos… (ellos) han estado utilizando estas técnicas miles de millones de años dando como resultado un planeta que ha llegado a ser fértil y saludable para formas de vida de mayor tamaño gracias a una supraorganización de bacterias que han actuado comunicándose y cooperando a escala global (…) No existen pruebas de que el ser humano sea el supremo administrador de la vida en la Tierra, pero existen en cambio pruebas para demostrar que somos el resultado de una recombinación de poderosas comunidades bacterianas con una historia de miles de millones de años” (o.c. pp. 50,51 y 56).

Entre Margulis y Kropopkin median cerca de 100 años.

La sociedad humana: ¿lucha o ayuda mutuas?

En 2005, en los yacimientos fósiles de Dmanisi (Georgia) apareció el cráneo de un homínido de cerca de dos millones de años, correspondiente a un individuo de unos 60 años que había perdido todos los dientes mucho antes de morir. Este anciano desdentado tuvo que ser forzosamente alimentado por sus familiares, quizá masticándole previamente la comida, “primer testimonio directo conocido de comportamiento altruista y solidario entre homínidos que nos precedieron” (Riechmann, p. 229).

Por esto no son de extrañar las afirmaciones del biólogo Humberto Maturana cuando dice que: “sostenemos no solamente que el amor es la emoción básica en la configuración de lo humano en la evolución del linaje de primates bípedos a que pertenecemos, sino también que la evolución biológica no tiene lugar bajo la presión de la competencia, o en un proceso de maximación de ventajas selectivas”.

Privatización frente a bienes comunes

La economía dominante que se estudia en las facultades, y trata de imponerse en la práctica, es la corriente denominada neoclásica. Es la base para justificar el capitalismo en todas sus variaciones. Tiene un fundamento antropológico individualista y egoísta, y estudia la realidad económica como si estuviese al margen de la biosfera o de la lucha de clases o del patriarcalismo reinante.

Fruto de esta ideología dominante en Occidente es la tendencia irrefrenable del capital, en su búsqueda compulsiva del máximo beneficio, de abarcar toda la vida y de privatizar toda la existencia. Desde esta perspectiva se ha tomado el trabajo de Hardin (1968) como si fuese un dogma de fe. En dicho trabajo, titulado ‘La tragedia de los comunes’ se afirma que la propiedad o gestión común de cualquier recurso (tierra, bosques, pastos, agua, aire, genoma, etc.) está condenado a su deterioro, de manera trágica, se dice, porque es un destino contra el que no tenemos nada que hacer. No queda pues otra solución que privatizarlo o intervenirlo.

Hardin lo cuenta así: “Imaginemos un pastizal al alcance de todos. Cada pastor racional concluye que la única opción sensata es añadir otro animal a su rebaño. Y otro y otro…sin embargo, a esta conclusión han llegado cada uno de los demás pastores que comparten el pastizal y precisamente en eso reside la tragedia. Esta libertad lleva a todos a la ruina. (…) Tenemos solo una alternativa; venderlo como propiedad privada o conservar el carácter público pero restringiendo su derecho de entrada” (pp.115 y 116).

En 1991, Federico Aguilera responde a este dilema con un trabajo titulado ‘¿La tragedia de la propiedad común o la tragedia de la mala interpretación en economía?’, cuyo título ya es por si mismo esclarecedor. Dice Aguilera que más que un problema la propiedad (uso o gestión) común es una cuestión de concepto. Si la consideramos como Hardin un recurso abierto a todos sí puede devenir en ruina, pero no es una tragedia si la consideramos como un aprovechamiento “celosamente regulado por hábitos e instituciones impuestos por la costumbre (y) no hay dificultad en concluir que las sociedades tradicionales mantenían un mínimo social de seguridad en la utilización de los recursos renovables” (Kapp, p.112-113). Es más, lo que se puede afirmar es justo lo contrario, es decir que el ejercicio total de la propiedad privada es en la actualidad virtualmente imposible en un contexto de ecosistemas. Por eso concluye su artículo Aguilera, citando de nuevo a Kapp (p.377), afirmando que “la organización de principios de sistemas económicos guiados por valores de intercambio, es incompatible con los requerimientos de los sistemas ecológicos y la satisfacción de las necesidades humanas básicas”.

En este libro que comentamos, que coordinó Federico Aguilera, aparece (p. 383) un artículo de W. Bolmquist y Elinor Ostrom, en el que se afronta la solución al dilema de los recursos de propiedad común. Pues bien, el pasado 12 de octubre de 2009, por primera vez se concede el Nobel de Economía a una mujer y éste recae en la persona de Elinor Ostrom, precisamente por sus múltiples trabajos sobre la propiedad y gestión de los recursos comunes.

Las condiciones de manejo de los bienes comunes

¿Estaríamos en lo cierto si afirmamos que, dicho en términos generales, usted ha descubierto que la posesión común puede ser más eficaz que lo que la gente pensó que podría serlo?, le pregunta un periodista que acaba de felicitarla por el premio (Sin Permiso, 18/10/09). Elinor Ostrom le contesta como sigue: “¡Así es! No es que sea una panacea, pero es mucho más eficaz que lo que nuestros razonamientos comunes nos dan a entender (…) Hemos estudiado varios cientos de sistemas de irrigación en el Nepal. Y sabemos que los sistemas de irrigación gestionados por los campesinos son más eficaces en términos de aprovisionamiento de agua hasta todos los rincones y presentan una mayor productividad y unos costes menores que los fabulosos sistemas de irrigación construidos con la ayuda del Banco Mundial y la Agencia Norteamericana de Ayuda al desarrollo, etc. Así, sabemos que muchos grupos locales son muy eficaces. Pero esto no es universal, de modo que no podemos ser tan ingenuos como para pensar ‘Oh, fíjate, limitémonos a entregar las cosas a la gente, que siempre se organizará’. Existen muchos escenarios que desestimulan la autoorganización”.

No es automático tener buena voluntad y creer que la formula bienes comunes o usos en común dará siempre resultados. Los trabajos de Elinor Ostrom lo que han mostrado es que es necesario que se cumplan ciertas condiciones para que las experiencias como las de Nepal tengan éxito. Son necesarias unas reglas de juego y unas instituciones que fomenten la gestión y el uso en común. Así las define la premio Nobel:

1. Delimitación clara de los límites. Tanto las personas que tengan derecho a extraer el recurso como el propio recurso, deben estar claramente especificados y delimitados. (No hay libre acceso).

2. Coherencia entre las condiciones locales y las reglas de apropiación y de colaboración. Las reglas de apropiación que limitan el momento, el sitio, la tecnología y/o la cantidad del recurso que se puede extraer, deben estar relacionadas con las condiciones locales y las reglas de colaboración que indican el trabajo, el material o el dinero a aportar.

3. Acuerdos sobre las decisiones colectivas. La mayoría de los individuos afectados por las reglas operativas pueden participar en la modificación de dichas reglas. Son soberanos.

4. Control. Las personas que controlan el cumplimiento de las reglas y del comportamiento en la apropiación de los mismos son responsables ante los miembros o son, ellos mismos, miembros.

5. Sanciones proporcionadas. Los usuarios que incumplan las reglas serán sancionadas de manera proporcional, bien por otros usuarios, bien por los encargados de vigilar la extracción del recurso.

6. Mecanismos para la resolución de los conflictos. Los usuarios y los vigilantes tiene rápido acceso a medios (foros) locales accesibles (baratos) para resolver los conflictos que ocurran tanto entre usuarios como entre usuarios y vigilantes.

7. Reconocimiento mínimo del derecho a auto-organizarse. Los derechos de los usuarios para diseñar sus propias instituciones no están amenazados por autoridades gubernamentales externas. (Tomado de E. Ostrom. Governing the Commons. (1994) (Traducción de F. Aguilera)

Como mínimo tiene que haber, pues, acceso restringido, reglas claras, capacidad autoorganizativa soberana, sistemas de control y de sanciones y mecanismos de resolución de conflictos.

El otorgamiento del Nobel

El Comité del Nobel argumentó comos sigue para darle el mencionado premio: “Elinor Ostrom ha puesto en cuestión la afirmación convencional de que la gestión de la propiedad común suele ser ineficiente, razón por la cual debería ser gestionada por una autoridad centralizada o ser privatizada. A partir de numerosos estudios de casos de manejo por parte de sus usuarios de bancos de pesca, pastizales, bosques, lagos y aguas subterráneas, Ostrom concluye que los resultados son, en la mayoría de los casos, mejores que en las predicciones de las teorías estándar. Sus investigaciones revelan que los usuarios de estos recursos desarrollan con frecuencia sofisticados mecanismos de toma de decisiones, así como de resolución de conflictos de intereses, con resultados positivos”. Y por esta ratificación tan revolucionaria, en estos tiempos de capitalismo de apropiación y acumulación privada, le han dado el premio Nobel.

La lucha continúa

A partir de todas estas constataciones, deberíamos hablar mucho más, sin prejuicios y con el viento a favor, de los espacios y de los bienes comunes. Entre el Estado y la propiedad privada existe un gran espacio para la propiedad y la gestión común.

A pesar de todo ello, el gran capital se disfraza a través de fundaciones filantrópicas e insiste en apropiarse de los bienes comunes que aun quedan. Es el caso de la fundación Ashoka (junto a Avina), muy introducidas en nuestro país a base de financiar proyectos diversos, que cuentan en sus filas a personajes tan relevantes como el argentino Gustavo Grobocopatel, rey de la soja transgénica, y al conocido economista peruano, de adscripción netamente neoliberal, Hernando de Soto. Éste último, que fue asesor de Fujimori, hoy encarcelado, se dedica a diagnosticar la situación de la propiedad en África con vistas a su conversión en propiedad privada. Para ello ha contado con una subvención de 700.000 euros del estado español (¡).

Como dice Riechmann (en Álvarez y otros, 2009, p.205) “la maldición para la Tierra es una masa de capitales en manos de una exigua minoría de inversores y ‘desarrolladores’, que escrutan hasta el último metro cuadrado sobre el que podrían abalanzarse para obtener beneficios. La imagen del enjambre de langostas no resulta desatinada”

Pero como hemos visto la naturaleza empuja mucho más en el sentido de la cooperación y, por tanto, en el de la posesión de los bienes en común.

El capitalismo en todas sus versiones opera contra natura.

Bibliografía y referencias:

Aguilera, F. (coordinador) (1992), La economía del agua, Ministerio de Agricultura.

Álvarez, S. y otros (2009), Economía ecológica: reflexiones y perspectivas, Círculo de Bellas Artes.

Kapp, K.W. (1977), Los costes sociales de la empresa privada, Oikos-Tau.

Kropotkin, P. (1989), El apoyo mutuo, Ediciones Madre Tierra (de la edición inglesa original de 1902)

Helfrich,DS. (2008), Genes,bytes, y emisiones: bienes comunes y ciudadanía, Fundación Heinrich Böll, México.

Hardin, G. (1968), “La tragedia de los espacios colectivos”, en Daly, H. (1989), Economía, ecología, ética, FCE (pp. 111 y ss.)

Margulis, L. Sagan, D. (1995), Microcosmos, Tusquet.

Ostrom, E. (2009), El gobierno de los bienes comunes, FCE

Riechmann, J. (2009), La habitación de Pascal, Los Libros de la Catarata

Sin Permiso (18.1.09:), www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=2838

Thompson, E.P., (1995), Costumbres en común, Crítica

* Librero y ecologista – España – Colaborador de la Revista El Observador – www.revistaelobservador.com

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