Somos muchos los no paceños que habiendo llegado a La Paz por situaciones de la coyuntura, cada vez nos sentimos más rendidos a los pies del Illimani. Reverentes y agradecidos en esta ciudad que desafía al subdesarrollo y las tiranías y que sin mezquindades entrega a todo boliviano un espacio para trabajar y fecundar.

“Pero La Paz es fría”, “Sus subidas me matan”, “Es una ciudad llena de gente y autos” dicen quienes llegan del interior y se aturden con la recargada dinámica política, económica y cultural.

Ante esas frases los no paceños que nos estamos enamorando de La Paz, respondemos: Cuanto más conocemos La Paz, más la descubrimos, o como diría el Papirri: Cuanto más nos metemos en sus adentros, mas riquezas y encantos encontramos.

Entrando y explorando a La Paz se siente la calidez de la ciudad. El ajetreo de la Comercio, las ofertas de los lustras, el travieso espíritu de las cebritas, una tarde de fútbol en el Siles o una incursión dominical en el opulento Megacenter.

¿Y la hoyada? Ah la hoyada. La Paz, debe ser la única ciudad del redondo planeta que no tiene (de modo natural) ni 40 metros cuadrados de terreno horizontal, plano. Tiene más bien una desafiante y endiablada topografía pero ¡cómo es la vida! las piernas de orureños, cochabambinos y cruceños aprenden a manejar subidas y bajadas a fuerza de necesidad, aunque (al igual que en la política) es tan difícil subir y tan fácil bajar.

“La ciudad es tan llena de gente y autos”. Sí tiene muchos autos y más gente aún como toda gran ciudad, pero a diferencia de otras capitales aquí es difícil hablar de la “concurrida soledad” como drama que hoy golpea a las urbes más pobladas del mundo. En Chuquiago Marca hay una concurrencia de rostros y voces, pero además cierta humanidad que se esparce en lo cotidiano.

Si algunos paceños o paceñas nos ayudan haciendo de guías nos encontramos con El Torino, y si miramos más al norte hallamos una hilera de tiendas con prendas confeccionadas en base a la iconografía de las culturas ancestrales. A su alrededor decenas de gringos embelesados tratando de conocer el punto de partida, la cultura que dio origen a estos tejidos.

Si vamos por el Montículo un sábado por la noche encontramos a Emma Junaro o Negro y Blanco deleitando a quienes –con los tonos y melodías- combaten y saborean el frio de la noche.

Entre todo hay un factor medular: La mística aymara que se expresa en la educación y sencillez de las señoras y señoritas de pollera y el carácter servicial (aunque un poco sumiso) de paceños llegados de las provincias.

Al subir al trufi todavía se saluda. ¡Buenos dias! se dice y se nota la incomodidad de quien ocupa el asiento sin dar una señal de amistad. Lo multi y lo pluri se respira fuerte en La Paz. Ese aire humano tonifica los pulmones y acrecienta las ganas de vivir.

¿Y los bloqueos y marchas que paralizan el centro paceño? Bueno por ahí está el precio de ser sede de gobierno, de preservar la condición de enclave del poder. Ciertamente las trancaderas abruman provocando estress y escuatro y la bronca se multiplica por diez, si entre medio hay un desfile o una protesta magisteril.

La historia ha dado sus designios e hizo que La Paz sea centro político. Por eso es cuna de justicia y cuna de libertad. De justicia por el respaldo que el pueblo paceño le dio a Evo y al proceso de cambio, pero también cuna de libertad por el freno que le puso al mismo Evo cuando el Jefazo quiso hacerse del estratégico municipio paceño.

En La Paz nos quedamos porque aquí podemos trabajar en cualquier oficio, desde lo más complejo hasta lo más simple y las diferencias sociales no saltan tanto, ni son tan atrevidas como en otras latitudes.

En La Paz nos quedamos porque la magia del Illimani nos hace caer rendidos y es vano todo esfuerzo por eludir el magnetismo de esta blanca montaña que proyecta la energía de la Madre Tierra para fortalecer el ajayu de la paceñidad. ¡Viva La Paz!

* Periodista, abogado, fue director de la Agencia Boliviana de Información.