Uno de sus gatos se llamaba Miau Tse Tung. No se sabe qué le ocurrió a la muerte de su dueño, Carlos Monsiváis, el el cronista más lúcido del México de hoy, digno sucesor de Octavio Paz en este oficio que se fue haciendo un espejo de lucidez con El Laberinto de la Soledad.

Monsiváis fue el dedo y el ojo en la llaga del México posrevolucionario, cuando la ola de justicia social de Zapata se fue convirtiendo en un laberinto de corrupción. No fue narrador ni poeta, fue el cronista que requería un país que no es un país, sino un planeta, y así cumplió publicando en medios independientes, siempre lejos del favor político y coleccionando sus mejores crónicas en libros inolvidables como Amor Perdido, Días de Guardar y Por mi madre, bohemios.

Hasta el día de su muerte por enfisema pulmonar, ocurrida el último fin de semana, Monsiváis criaba 13 gatos cimarrones, aunque pasaban de 20, y todos habían sido bautizados por él con los nombres más curiosos: Pío Nonoalco, Carmelita Romero, Evasiva, Nana Nina Ricci, Chocorrol, Posmoderna, Fetiche de peluche, Fray Gatolomé de las Bardas, Monja desmantecada, Mito genial, Ansia de militancia, Miau Tse Tung, Miss Oginia, Miss Antropía , Caso omiso, Zulema Maraima, Voto de castidad, Catzinger, Peligro para México, Copelas o maullas, entre otros. Murió soltero a los 73 años; tuvo cinco primos entre los familiares más cercanos y ellos atribuyeron su enfisema a la caspa de los gatos y al polvo acumulado en 20.000 volúmenes de su biblioteca.

Pude visitar su casa en 1981, en un punto de la extensa colonia Mixcoac, si recuerdo bien, donde tenía una casa más bien modesta, con aires de ser propia, en la cual vivía como un obispo en medio miles de libros y una sospechosa vegetación de revistas, diarios, impresos y papeles que invadían todos los rincones de la casa, incluida una escalera que se perdía seguramente en los dormitorios. Allí había que caminar entre senderos flanqueados por papeles impresos, para sumergirse en otro mar de papel que era su estudio, y entonces uno conseguía enfrentar a este señor más bien gordo, bajito, calvo, silente, poco dado a nuevas amistades y, sin embargo, tan ameno para escribir sus crónicas y tan bien recordado por sus salidas chispeantes, en un país donde el buen decir es moneda de curso legal y corriente.

Monsiváis reinaba sobre un mar irredento de papeles que cubrían enteramente la mesa de su escritorio, cubierta por un cartón sobre el cual escribía a pulso y a lápiz; luego pasaba los originales por un ventanuco, de esos que comunicaban cocina y comedor, a una señora entrada en años, al parecer su tía, que transcribía los manuscritos en una computadora Printaform de la tecnología más antigua, en Word Perfect 5.1 y en tiempos en que no había correo electrónico, de modo que la señora devolvía las copias, Monsi les daba dos o tres puntadas, luego tomaba la versión final y la despachaba por correo.

El único ejercicio que se permitía era, al parecer, caminar unos pasos para dar de comer a más de una docena de gatos, echando whiskas a unos platillos de plástico. De pronto se agachaba, tomaba a uno de ellos, se lo llevaba consigo al estudio y lo acariciaba en un gesto tantas veces fotografiado.

Lo visité con la peregrina idea de pedirle que leyera unos originales de una novela que se llamaba Las crudas morales, y que luego edité con el nombre de Ando volando bajo. Recibió el manuscrito en el más completo silencio, me acompañó a la puerta, se despidió con un monosílabo y eso hubiera sido todo si al cabo de mes no me armaba de valor para volver a visitarlo.

Vilma Tapia tiene otra impresión, pues al cabo de años lo vimos en Madrid, me acerqué a saludarlo y me correspondió con afecto, que aproveché para presentarlo a la delegación boliviana. Luego no lo vi más, pero ¡cómo lo leí y lo leo!

Dos de los personajes centrales de Ando volando bajo son gays, y uno de ellos cría un gato gordo y cimarrón que se llama Monsiváis. ¿Le habría ofendido este detalle? Nunca lo sabré, pero al enterarme de su muerte, me dolió más que la de Saramago, con todo lo que admiro al escritor portugués. México perdió una conciencia lúcida e insobornable con la muerte de Monsiváis; tiene escritores por toneladas, pero tardará mucho en aparecer un digno sucesor de este personaje.