(CUBARTE).- La cultura, entendida según Hegel como espíritu objetivado, resulta más antigua y esencial que la conciencia jurídica, encubada esta última en el seno de la primera para legitimar predominios de cualquier índole. El trazado de líneas y postulados regidores de las distintas formas de la conciencia social parten de la misma cultura; la cual, segmentada epistemológicamente en diversas expresiones va a abrirse en un amplio diapasón que debe ser normado y controlado, ahí el origen de la política cultural, cuyas esencias definitorias pueden ser de distinta índole: desarrolladora o retardadora, estimuladora o desestimuladora; implícita o explícita; o sea, consuetudinaria o legislada.

A partir de esta realidad histórica, podemos ubicar el concepto de política cultural “[…] como el programa de intervenciones realizadas por las instituciones –estatales o civiles– destinadas a satisfacer necesidades culturales de la población y a promover el desarrollo de sus representaciones simbólicas”(1); esta definición nos devuelve una elaboración teórica que establece relaciones entre una élite interventora y una mayoría intervenida(2), (el caso de Cuba es típico), con la especificidad de resultar: a) estimuladora e inclusiva en cuanto a participación y consumo, b) implícita, mayormente, en sus núcleos centrales y c) complicada en su variante interpretativa respecto al producto cultural y los creadores debido a un cúmulo de razones que, en ocasiones, distancian a estos de las estructuras de poder. Como quiera que estas instituciones, en el caso cubano todas estatales, son las encargadas de aplicar la política cultural, los desencuentros producidos entre creadores y representantes del poder van a reflejarse en la imposibilidad de lograr los primeros la verificación del hecho cultural, su distribución o el acceso a espacios definitorios como los medios de difusión. Los 50 años de cultura revolucionaria se han encargado de demostrar, de manera enfática, la existencia de tales rasgos en la política cultural insular.

Veamos pues –en líneas generales–, algunos rasgos distintivos de la política cultural cubana con la convicción absoluta de que un tema como este necesita, por su diversidad y polisemia, de abordajes mucho más profundos y variados que escapan a los límites de este artículo.

Apenas instaurada la Revolución en el poder, era ya visible una política cultural (implícita), verificada en una voluntad dinamizadora de las expresiones del arte y la literatura. La Campaña de Alfabetización se nos antoja como la gran victoria espiritual de la revolución que dio pie a una democratización –entiéndase accesibilidad–, a los espacios de creación, difusión y consumo de la cultura, potencializado este acceso con la toma de medidas de corte social (prohibición del juego, de la prostitución, el pronunciamiento en favor de la igualdad de oportunidades junto a la supresión legal del racismo), y la creación de instituciones, resultando el ICAIC el botón de muestra más significativo, no sólo por la temprana fecha de su creación (marzo del 59), sino y esencialmente, por su papel verdaderamente revolucionario en la forma de asumir los retos culturales. Todo lo hecho para desarrollar la creación y potenciar el consumo cultural en las cinco décadas transcurridas desde aquel instante, dan a Cuba un palmarés envidiable y los datos, los obstinados datos, se encargan de refrendarlo; por ejemplo, en el año 1987 habían asistido a los museos 9 780 000 personas; habían disfrutado de espectáculos musicales 22 535 100; los cines registraban las visitas de 61 309 300 espectadores; las exposiciones acaparaban 3 322 700 visitantes; mientras del teatro y la danza habían disfrutado 2 080 800 personas. Al año siguiente se contabilizaban 49 teatros, 328 bibliotecas, 231 museos, 154 galerías, 1 334 cines, 249 casa de cultura y 5 circos.(3)

Si bien el 1er. Congreso del Partido Comunista de Cuba (1975), dejó lista para discusión y aprobación en el 2do. Congreso la plataforma programática por la cual debería desarrollarse la elaboración del Programa definitivo de la construcción socialista(4), diseño que por supuesto incluía la creación artística y literaria, desde mucho antes existía y se aplicaba una política cultural cuya concreción no rezaba de manera explícita en corpus legal alguno; sino, en un conjunto de planteamientos teóricos primero y luego, en los acuerdos del Congreso de Educación y Cultura que abrieron un “quinquenio” cultural -para otros un decenio o más-, de triste recordación.

El punto cero del diseño y aplicación de la política cultural de la Revolución cubana arranca con “Palabra a los Intelectuales”, nombre dado al discurso pronunciado por Fidel Castro después de tres días de discusiones en la Biblioteca Nacional ante la incertidumbre que provocó en el gremio intelectual la censura, por parte de la Co­misión de Estudio y Clasificación de Películas del ICAIC, del cortometraje PM de Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez-Leal. En el intento de comprender la lógica del discurso, no pueden pasar por alto dos consideraciones básicas; primero, entre los problemas abordados en el Programa del Moncada y que lastraban el desarrollo nacional: la industria, la tierra, la vivienda, el empleo, la salud y la educación, la cultura no estaba contenida, ni siquiera en sus formas más comunes (el arte y la literatura); mientras que al momento de su pronunciamiento, apenas hacía dos meses se había derrotado la invasión de Playa Girón y proclamado el carácter socialista de la revolución; de todo punto resultaba imposible entonces otra postura que no fuera la de colocar por encima de todo y de todos la revolución, decisión legada a la posteridad con la aseveración de “[…] que dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”.

Esta expresión, en boca del líder revolucionario, constituía de hecho una declaración de principios y definía las reglas del juego en torno a la creación artística y literaria, extendida por lógica derivación a las demás expresiones de la cultura. Según la lógica de Fidel, la Revolución, sus potencialidades y preservación, eran la clave para un continuo crecimiento y expansión de la cultura del pueblo; el cual, en tan breve tiempo, había comenzado a disfrutar del influjo benéfico de ella en el campo de la cultura; sin embargo, más allá de la lógica racional de sus palabras y el ejercicio conciliador que significó su peroración, estas encerraban un peligro que la práctica se encargó de demostrar; en tanto, la conceptualización de qué era lo contario a la revolución se ubicó, muchas veces, en un campo que tenía que ver más con la subjetividad, la ignorancia, el abuso de poder, la intolerancia y los dictados de la práctica política diaria cubana; la cual, distanciada de la región por la presión y ataques del gobierno estadounidense, junto a la complicidad de varios países latinoamericanos, se acercaba y abría al influjo de la Unión Soviética. Por eso, Julio César Guanche no duda en afirmar que “[…] tras las reuniones de 1961 y “Palabras a los intelectuales”, se haría visible la existencia de dos líneas gruesas, que se con­vertirían a lo largo de la década en hege­mónicas y devendrían los marcos legítimos de la discusión entre los revolucionarios: el socialismo “marxista-leninista” de inspi­ración soviética, y el socialismo marxista de inspiración nacional y latinoamericana”.(5)

En 1965 Ernesto Guevara escribe lúcido ensayo que dirigió a Carlos Quijano, del semanario Marcha en Montevideo, titulado “El socialismo y el hombre en Cuba”, en el cual analiza aspectos de la realidad cubana vinculados al papel de las masas, el individuo y la cultura. En el texto, el Che reconoce las deficiencias que han lastrado la filosofía marxista e impedido el tratamiento adecuado del período de transición; este “escolasticismo” denunciado por el argentino penetró el análisis de los problemas culturales y, junto a un grupo de condicionantes (el apoyo de Cuba a la Unión Soviética durante la invasión a Checoslovaquia, el fracaso de la zafra de los 10 millones y el ingreso de Cuba al CAME), desembocó de manera directa en lo que Ambrosio Fornet ha denominado el “Quinquenio Gris”.

La creación del Ministerio de Cultura en 1976, si bien no resolvió ipso facto los problemas que la “parametrización” había creado, constituyó un paso de avance significativo; en tanto, los derroteros de la política cultural comenzaron a ser menos “políticos” y más “culturales”; no obstante, como las estructuras mentales son las que más lentamente cambian, sería necesaria la caída del campo socialista y la vuelta de Cuba a sus orígenes para que la cultura, entendida “[…] como el vínculo imponderable de consenso que mantiene unida a la sociedad”(6) fuese asumida en todo su potencial redentor; aunque, preciso es reconocerlo, si bien es un campo de consenso, también lo es de conflicto.(7) La concepción que animó el VI Congreso de la UNEAC donde se proclamó la cultura como escudo y espada de la nación, junto al convencimiento de que esta cualidad (la cultura), era lo primero que había que salvar, dan fe del trazado; o mejor, de la reorientación de la política cultural cubana, la cual comienza a visionar la política como expresión emanada de la cultura y no viceversa, como venía haciéndose hasta finales de la década de los 80.

Si bien la cultura no ha logrado ser entendida de manera definitiva como lo que es: concreción de la espiritualidad humana, los cincuenta años transcurridos desde el triunfo de la Revolución han servido para ampliar el ángulo visual; pues, aunque la política cultural sigue normando de modo preferencial el arte y la literatura, hoy se asumen, como parte indisoluble del proceso creativo insular, expresiones que hasta hace muy poco habían sido estigmatizadas; por ejemplo, la religiosidad popular. El hecho de que en los últimos dos congresos de la UNEAC hubiese una comisión específica dedicada al análisis de los vínculos cultura-sociedad, hablan de una apertura en este sentido; a pesar de ello, más de una milla queda por recorrer; el manejo, esencialmente político que se hace de los medios de difusión y su administración, refieren una asignatura pendiente de trascendencia descomunal; en tanto, los tiempos demandan un manejo mediático mucho más dinámico, profundo y sustanciador de lo que hasta ahora han resultado ser: medios propagandísticos.

El concepto de intelectual, que según el diccionario refiérese a la persona dedicada a trabajos que requieren de modo especial el empleo de la inteligencia, se ha reducido dramáticamente a los que inclinan sus esfuerzos y vida a cultivar el arte (cineastas, teatristas, arquitectos, pintores, escultores, bailarines, músicos, actores, traductores) y la literatura (poetas, narradores, ensayistas, dramaturgos, filósofos, etc), dejando fuera un sinnúmero de profesiones que, de manera directa no sólo emplean el intelecto; sino, que ejercen influencia directa sobre este, tal es el caso de los pedagogos, aunque haciendo honor a la verdad, muchos intelectuales (de los dedicados a las expresiones del arte y la literatura), han sido o son maestros y profesores, ayudando a formar generaciones de intelectuales dedicados o no a las ramas de la literatura y el arte.

Esta segmentación del intelectual, consecuencia del desarrollo social y que parece definitiva, va a otorgar encargos sociales diferentes y, en consecuencia, normas y políticas rectoras para cada segmento de la intelectualidad, creando, de manera ficticia, estancos entre ellos; por tal motivo, ha sido y es posible ver artistas y literatos por un lado, periodistas por otro y científicos por otro, como si todos ellos no emplearan en su trabajo, de manera dedicada, la inteligencia. La parcelación antes señalada ha devenido distanciamiento disciplinario, el cual, afectando de manera directa la relación entre las distintas ramas del saber, ha lastrado el resultado creativo en más de un campo; aunque justo es reconocer que esta fragmentación en modo alguno justifica la pereza intelectual, culpable, y en no poca medida, de las carencias formativas y creativas que afectan a diversos gremios intelectuales cubanos.

Antigua resulta la interrogante sobre el papel del intelectual en la sociedad, cuestionamiento planteado siempre o casi siempre en una dicotomía que no ofrece términos medios: ¿debe el intelectual intervenir o no en la política y el gobierno?, ¿debe el intelectual dedicarse a su misión social (entiéndase creativa) o tomar partido en la trasformación directa del status quo? En este punto evito el recuento histórico y me limito a ofrecer un punto de vista abroquelado en la experiencia cubana. En mi opinión, el intelectual cubano más orgánico ha sido, hasta el día de hoy, José Martí, y esa organicidad (término acuñado por Gramsci), está dada en el Apóstol no sólo por su toma de partido: el de los colonizados, el de los excluidos, el de los desheredados, el de los que aman y fundan; sino, porque hizo de la revolución y del crecimiento humano un arte. Este cubano mayor concibe la emancipación cubana y humana como un acto de cultura, y no se equivocó, solo la cultura la salva y redime (“Ser culto es el único modo de ser libre”); además, la obra ciclópea de levantar una nación y lanzarla al sacrificio equilibrando criterios y convenciendo jóvenes y viejos, blancos y negros, patronos y obreros, exiliados y radicados en la isla, socialistas y liberales, sólo pudo lograrlo en virtud de la monumental capacidad cognitiva y cultural de la cual estaba poseído; no descarto un “don” natural a su privilegiada mente, pero de nada le hubiera servido un intelecto brillante si él mismo no se hubiese ocupado de ataviarlo con tanto saber, belleza y esa cualidad que lo convirtió en hombre faro: la ética.

Cierto, todos los días no son paridos hombres de la talla de Martí; por tanto, no es común ver un intelectual que cree las bases de un movimiento literario, disponga una contienda que destruya definitivamente un imperio, escriba la oración más bella de la lengua española y más tarde caiga, revólver en mano, por la redención de su patria. Sin embargo, que los intelectuales –cubanos o no–, sean incapaces de escalar a su altura, no es razón para que dejen de intentarlo. Si la destreza y el manejo de las herramientas creativas escapan a sus manos e inteligencia, hay algo que puede ponerse en práctica –la experiencia histórica lo demuestra–, y es la coherencia entre decir y hacer, pensar y obrar, actos que han convertido a muchos intelectuales (incluyo por supuesto a los cubanos), en hombres consecuentes. Villena no tuvo la capacidad de Martí ; empero, decidió ser consecuente consigo mismo y prefirió la revolución a sus versos; Mañach tampoco estuvo a la altura del Apóstol y decidió también ser consecuente al preferir la prosa. En lo personal, prefiero la consecuencia de Villena porque su elección resultó ser más ética en tanto tendió al mejoramiento de muchos y no a la felicidad de unos pocos; no obstante, si la cultura salva y redime, ¿no es preferible esta última? Responde el más orgánico de los intelectuales cubanos: “¡La justicia primero, y el arte después!”

En la Cuba de hoy, la asunción de las posturas de Villena o de Mañach conducirían irremediablemente al abandono de la misión social del intelectual (la creación artística y desde ella la contribución al crecimiento social y humano); por tanto, y desde una óptica muy personal (los paradigmas también influyen), el intelectual cubano del siglo XXI debe asumir el reto desde la organicidad martiana: ética y estética; a pesar de lo complejo, y a veces costoso, que resulta este maridaje.

En las postrimerías de los 60 y de manera especial en los años 70 de la pasada centuria, los temores visionados por el Che en El socialismo y el hombre en Cuba se hicieron realidad. Las deficiencias formativas de los cuadros políticos, y por derivación rectores de la cultura, junto a una mimética recepción del marxismo manualesco soviético, congelaron la investigación artística, simplificaron la creación a lo entendido por ellos y convirtieron a gran parte de la intelectualidad en asalariados del poder; aquellos que de una forma u otra mostraron o intentaron mostrar su descontento fueron “parametrizados” y se les excluyó al endilgárseles el sambenito de tener problemas ideológicos. Durante la polémica verificada a través de correos electrónicos en el 2007, alguien cuestionó el silencio de muchos de ellos y el débil o nulo enfrentamiento a este desatino cultural; sin embargo, ¿qué podrían hacer los intelectuales cubanos que creían en lo mejor de la cultura cubana y sentían –a pesar de la torcedura que ahora se producía–, que la revolución podría ir más allá de esta umbra grisácea?, ¿qué alternativa les quedaba en un momento donde se proclamaba el socialismo como invencible, en medio de una guerra fría donde la ayuda soviética había evitado una debacle económica de consecuencias demoledoras para el proceso revolucionario?: Esperar, eso fue lo que hicieron los que decidieron quedarse en Cuba; a fin de cuentas, acceder a la educación, a la salud, a la práctica del deporte y disfrutar de algún que otro beneficio, devino consuelo ante la frustración creativa de estos años; por otro lado, las acciones represivas nada tuvieron que ver con palizas, desapariciones, torturas ni ejecuciones sumarísimas, hecho que explica también la actitud de espera paciente y leal a Cuba y su cultura por esta masa de intelectuales que creyó, junto con Mella, que todo tiempo futuro tenía que ser mejor. De todos modos, sufrir en silencio la arbitrariedad no hace más graciosa a una víctima, sólo acrecienta el sentimiento de pena hacia ella porque el que clama vale más que el suplica, o el que calla.

Los barruntos de cambio principian en 1980, cuando Raúl Castro viaja a la Unión Soviética y allí conoce que esta “potencia” no intervendría a favor de isla caso de producirse una agresión por parte de los Estados Unidos. Comienza entonces el proceso de rectificación errores, la prensa denuncia algunos males y se adopta la estrategia militar defensiva de la Guerra de todo el Pueblo; empero, la necesaria oxigenación no llegaría hasta una década después, aunque es justo reconocer que las artes plásticas se renuevan con la exposición Volumen I, parteaguas que significó una ruptura no sólo estilística; sino, conceptual.

La demolición del muro de Berlín, la desintegración de la URSS y la desaparición del socialismo en Europa del Este constituyen una tríada que obligó a toda la sociedad cubana a volver la mirada a sus raíces, al entorno natural de la América hispano lusitana y beber de un fontanar que nace en Varela, se ilumina con Luz y Caballero, se grita con Céspedes, se sublimiza con Martí, se glosa con Mella, se canta con Rubén y se trueca en épica con el verso de Raúl Gómez García, porque antes de entregar su sangre generosa en los muros del Moncada escribió: /Ya estamos en combate/ por el brazo heroico de Maceo/ por la dulce mirada de Martí/; y aunque a veces los cubanos se sentaron a la mesa una sola vez al día, la cornucopia espiritual y la gestión de un proyecto netamente vernáculo llevó al país a un punto desde el cual –como señaló Kafka–, ya no hay retroceso posible.

Difícil, por lo variado y enconado, resulta enumerar el camino desandado y relacionar cuanto ha avanzado el país desde una perspectiva democratizadora y participativa; no obstante, mucho queda por hacer, resultando lo más llamativo el hecho de que las estructuras de poder no pueden ya -so pena de quebrar la necesaria unidad que necesita el proyecto para su sobreviviencia-, desconocer la fuerza de la diversidad cultural, sus manifestaciones y cultores; mientras los intelectuales -especialmente los artistas y literatos-, comienzan a tener conciencia de su activo y necesario papel en el espacio social cubano toda vez que “[…] el pensamiento es la moral de la acción […]”(8) y la cultura cubana –también el país–, necesita de la dedicación constante de sus pensadores, porque de pensamiento -como decía Martí-, es la guerra mayor que se nos hace, preciso es; pues, ganarla a pensamiento.

Una de las experiencias más reconfortante de estos últimos años, reveladora en grado sumo de la maduración y compromiso de la vanguardia intelectual cubana, resultó la acción consciente y comprometida que conjuró el intento de reverdecer grises momentos. Estando ya enfermo Fidel Castro -excelente veedor del valor de la cultura como clave de existencia y resistencia-, desde el influyente medio que constituye la televisión, se pretendieron presentar como personalidades de la cultura hombres que en la década de los 70´ lastimaron, censuraron, parametrizaron, en fin, frenaron la libertad creativa y enrarecieron el ámbito cultural cubano. La pronta, inteligente y valiente actitud de un grupo de intelectuales impidió a tiempo la intentona; no debe olvidarse, como decía Marx, que la historia se repite, unas veces como sainete, otra como tragedia; hubiera sido una tragedia la legitimación de Pavón y compañía por cuanto detrás de la limpieza, podría venir la repetición.

Al finiquitar estas líneas, la ínsula es sometida a un ablandamiento artillero mediático como pocas veces se ha visto en la historia; y la mayoría de los intelectuales cubanos –sus pronunciamientos lo confirman–, conscientes del lugar ganado en el ámbito nacional, prefieren equivocarse en Cuba con la independencia de conciencia, con la honradez intelectual, con la consecuencia para mantenerla y el coraje para defenderlos a no acertar con sus contrarios; prefieren también –lo que dicen y hacen lo valida–, equivocarse con Cuba y la acción a su servicio a no acertar con sus enemigos.

Citas y Notas: (1) Ailynn Torres Santana: “Cultura y política en la televisión: desafíos de lo público”. En: Perfiles de la cultura cubana, mayo-agosto 2003 (http://www.perfiles.cult.cu, consultada el 15 de marzo de 2010) (2) Diosnara Ortega González: “En busca de una política cultural en la transición socialista”. En: Perfiles de la cultura cubana, mayo-agosto 2003 (http://www.perfiles.cult.cu, consultada el 15 de marzo de 2010) (3) Mildred de la Torre Molina. La política cultural de la revolución cubana. 1971-1988. Editora Historia, Instituto de Historia de Cuba, La Habana, 2008, p. 29. (4) Plataforma Programática del Partido Comunista de Cuba. Tesis y Resoluciones. Editorial de Ciencias Sociales, Ciudad de La Habana, 1978, p. 126. (5) Julio César Guanche. “El camino de las definiciones. Los intelectuales y la política en Cuba. 1959-1961”. En: Temas, No. 45, enero-mayo, 2006. Apud: Sandra del Valle Casals. “Revolución, política y cultura”. En: Perfiles de la cultura cubana, mayo-agosto 2003 (http://www.perfiles.cult.cu, consultada el 15 de marzo de 2010) (6) Michael Parenti. La batalla de la cultura. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2009, p. 5. (7) Para una ampliación del tema véase Michael Parenti. Ob. Cit pp. 5-23. (8) Michael Parenti. Ob. Cit. p. 151.