David Hume, Emmanuel Kant, James Mill, Hegel y Stuart Mill son, entre muchos, los más grandes pensadores de la filosofía política en Occidente. A ellos hay que agregar a los redactores de la Enciclopedia Británica para ver en conjunto qué opinaban sobre los pobladores de las colonias, según criterios de inferioridad racial y discriminación de las razas de color.

David Hume decía: “Todas las naciones que habitan los círculos polares o los trópicos son inferiores al resto de la especie y son incapaces de alcanzar los más altos logros de la mente humana (…). Sospecho que los negros, y en general todo el resto de especies humanas, son naturalmente inferiores a los blancos. Nunca hubo una nación civilizada que no fuera blanca”.

Emmanuel Kant fue docente en antropología y geografía cultural en la Universidad de Königsberg, ciudad de la que como se sabe nunca salió, puntualiza Joan Prats. Probablemente nunca vio a nadie de una raza diferente a la suya. Sin embargo, opinaba como experto en un ensayo titulado “sobre las diferentes razas humanas”: los negros son perezosos, blandos y lerdos y además apestan debido a sus particularidades físicas. Ninguno ha mostrado talento y no tienen otras emociones que las nimias y banales. En su libro sobre “Geografía Física” comenta que nacen blancos, con excepción de los genitales y el ombligo, que los tienen negros. Sólo tras varios meses de vida el color negro impregna el resto del cuerpo. Cuando se queman blanquean y las enfermedades les convierten igualmente en blancos. Sin embargo, los europeos que viven en los trópicos mantienen su color y su figura y sólo se convierten en negros tras un par de cientos de años. “Las estupideces que Kant dice de los “moros” no son menores aunque sí más crueles”, dice Prats. “Tienen una piel tan dura que cuando se les disciplina es inútil “azotarles con palos”. Ha de hacerse con cañas de bambú rajadas, para que “la sangre fluya y no supure bajo la piel”. De los orientales dice saber menos, pero ello no les ahorra de descripciones denigrantes. Todo está orientado a su gran conclusión: la perfección humana “pertenece a la raza blanca”. El resto de las razas son incapaces de alcanzar autonomía y son, por tanto, agentes morales incompletos.

James Mill publicó una Historia de la India ¡sin haberla visitado jamás!, pero con gran éxito de ventas que lo convirtió en una autoridad en estos temas. En ella sugiere que los hindúes tienen “una disposición al engaño y a la perfidia” y les niega cualquier contribución a la cultura universal (pese a sus matemáticos, sus astrónomos, sus poetas o sus arquitectos). “Lindezas del mismo tenor extiende a las culturas china, árabe, persa, japonesa o tibetana. Razonaba y escribía lo que querían leer los británicos cultos que gustaban verse civilizando a través del imperio”, dice Joan Prats.

Un estudioso contemporáneo concluye: “Lo que importa destacar es que entre todos ellos tejieron las mentiras y falsas argumentaciones de la ideología colonial. Vistos en conjunto son los autores de una gran barbarie intelectual. En relación a esas otras razas inferiores, culturas salvajes, incapaces de gobernarse a sí mismas o de aprovechar adecuadamente los recursos de su territorio ¿qué otra cosa puede hacerse sino conquistarlos, civilizarlos, elevarlos a un estado verdaderamente humano?”

Para Hegel, cumbre de la filosofía occidental, “el teatro de la historia universal” sólo podía producirse en la zona templada del Planeta pues en las zonas frías o cálidas los hombres sólo pueden dirigir su vida a la supervivencia. Por eso -dice-los pueblos indios de América o los negros de África se encuentran tan mal equipados para la libertad de espíritu. Los indios americanos perdieron su cultura al entrar en contacto con los europeos. Impotentes tanto en lo físico como en lo espiritual los indígenas han ido pereciendo “al soplo de la actividad del europeo”. Han sido exterminados unos siete millones porque los pueblos de cultura débil “perecen cuando entran en contacto con pueblos de cultura superior y más intensa”. Los que sobreviven lo hacen como menores de edad, serviles y sumisos, se limitan a existir lejos de todo lo que signifique pensamiento y fines elevados”… El caso de los negros africanos es diferente para Hegel. Allí los hombres viven “en la barbarie y salvajismo más absolutos”. Son meros brutos. Expresan al hombre natural en toda su barbarie. Viven en estado animal y sin cualidades. Desprecian el derecho, la moral y hasta la vida misma. La esclavitud es la relación jurídica fundamental. Practican el canibalismo. Entre los negros las sensaciones morales son muy débiles, o, mejor dicho, no existen.

Hegel concluye: “En estas condiciones ni los indígenas americanos ni los negros africanos podrán hacer surgir Estado político alguno. Los primeros por indolencia, sumisión y subordinación. Los segundos por crueldad y salvajismo. Ambos, por ausencia de sentido moral y de inteligencia. Incapaces de libertad, parece que pueden ser esclavizados por los europeos, pues con ello se les hace un bien.”

Stuart Mill, filósofo del liberalismo, justifica el despotismo de los colonizadores. Para él sólo el gobierno representativo es el gobierno legítimo. Pero este tipo de gobierno presupone “personas capaces de regirse autónomamente, es decir, con capacidad para ejercer soberanía sobre sí mismo, su cuerpo y su espíritu”. Pero esta autonomía no puede encontrarse en los individuos pertenecientes a estados atrasados de la humanidad en los que la misma raza puede ser considerada en su minoría de edad. En estos casos “el despotismo es un modo legítimo de gobierno tratándose de bárbaros, siempre que su finalidad sea su mejoramiento y los medios se justifiquen por estar realmente encaminados a ese fin”.

Los redactores de la Enciclopedia Británica, que eran norteamericanos y conocían de cerca a los habitantes originarios de los Estados Unidos y a los esclavos africanos, en su edición de 1798 decían lo siguiente. Negro: “los miembros de esa raza son perezosos, traidores, vengativos, crueles, impúdicos, ladrones, mentirosos, profanadores, malvados, malévolos, incontinentes” y se comportan contra la ley natural y la compasión.

Thomas Jefferson, presidente de los Estados Unidos que escribió contra la esclavitud, respecto de los negros era xenófobo y racista. Su pensamiento se resume así: los negros carecen de capacidad de previsión. Su amor es mero deseo físico y sus penas son superficiales y transitorias. Inferiores a los blancos en el uso de razón, son incapaces de discurso elevado, de imaginación refinada o de cultivo de artes como la pintura o la escultura. Sólo parecen mejorar cuando son mestizos… todo lo cual constituye un poderoso obstáculo para su emancipación.