En 1990 se celebró el cincuentenario del asesinato de Trotsky, el jefe del Ejército Rojo exiliado en México.

Recuerdo que me dirigí a la casa museo, donde se habían congregado los troskistas más conspicuos del planeta, y allí oficiaba de anfitrión el argentino-mexicano Adolfo Gilly, junto al nieto de Trotsky, un señor gordito y fofo que parecía desprovisto de la energía de su ilustre abuelo.

Como la casa de Coyoacán era estrecha y modesta, los organizadores improvisaron un escenario en la callejuela lateral, sombreada por frondosos árboles, y allí fue la ceremonia oficial.

Lo curioso es que también estaba invitado el embajador de la Unión Soviética y, para mi asombro, fue un orador central debido a la importancia del anuncio que hizo: la Academia de Ciencias de la URSS editaría las Obras Completas de Trotsky. Los troskos se miraron como diciendo: ¿no que no teníamos la razón? Exultaban de felicidad, como los primeros cristianos el día de la Epifanía.

En verdad era un acto de justicia histórica, pues la famosa Academia había editado libros de autores muy inferiores al gran Lev Davidovitch Bronstein, que era un consumado escritor provisto de una mente ordenada y analítica. Sin embargo, a las pocas semanas se derrumbó la URSS y con ella la ilustre Academia, y la edición póstuma se frustró para siempre.

Lo vi y lo escuché, incluso filmé la ceremonia, pero tiene un tono tan irreal que alguna gente cree que la inventé. Allá ellos.

La Casa museo de Trotsky tiene mucho de irreal. Debido al acoso de sus enemigos políticos, había hecho construir unas siniestras torretas de vigilancia, y vivía en una habitación con puertas blindadas, como en la bóveda de un banco. Sin embargo el asesino Jacques Mornard o Ramón Mercader se valió de la confianza del nieto de Trotsky para ganarse la confianza familiar y asestar el célebre picotazo que segó la vida del gran luchador ruso.

Un trosko argentino hacía de curador y nos guió en la visita al museo. Entre los libros de Trotsky había dos del boliviano Roberto Hinojosa: El Tabasco que yo he visto y El cóndor encadenado, ambos dedicados al pensador ruso. El curador nos previno que no tocáramos nada porque él había recibido entrenamiento de supermercado y percibía de inmediato si algún objeto había sido movido. Pero mi hermano Enrique no pudo con su inveterada curiosidad y movió un vaso, y fue severamente amonestado.

En el dormitorio donde mataron a Trotsky había varios ejemplares de la prensa soviética, una versión inicial de grabadora en disco y unos apuntes. El curador argentino decía que esos documentos habían quedado tal como los dejó su dueño, pero agregó que había mañanas en las que todo amanecía revuelto. Para acentuar la sensación de irrealidad, comentó: Yo oficialmente son materialista dialéctico, pero esto… no me lo explico.