Nunca como ahora, en la historia de Bolivia, las Fuerzas Armadas de la Nación tienen el desafío y la responsabilidad de asumir una clara posición de defensa de la Patria frente a los intentos de fragmentar y dividir el país creando poderes paralelos o territorios libres y quebrando la soberanía nacional.

La acción realizada en Pando, en septiembre del pasado año, cuando grupos radicales de la oligarquía local pretendían controlar el territorio al margen del Estado Nacional, la movilización de tropas a las regiones fronterizas con Paraguay y Brasil, en el Departamento de Santa Cruz, para evitar que grupos terratenientes, apoyados por paramilitares, pretendan crear territorios autónomos y trafiquen armas con toda libertad y finalmente las declaraciones de sus principales comandantes repudiando la presencia de grupos de mercenarios europeos, encabezados por expertos de la Guerra de Croacia, son señales importantes sobre la determinación de conservar la unidad nacional.

Sin embargo, el Consejo Nacional Supremo de Defensa Nacional, dependiente de la Presidencia de la República y del Alto Mando Militar, después de haber asumido una clara posición de integración y unidad nacional frente a los proyectos divisionistas presentados en la Asamblea Constituyente, han aceptado implícitamente la posibilidad de impulsar gobiernos regionales, departamentales e indígenas, abriendo un boquete al proyecto nacional.

Desde el propio gobierno, sectores influidos por el discurso del "fin del Estado Nacional", producto de los intelectuales europeos y norteamericanos que consideran que la humanidad vive una fase en la que el poder se ha difuminado, le hacen el juego a la dominación imperialista que, precisamente con el poder de los grandes potencias estatales, militares, económicas, políticas, están impulsando formas más profundas de dominación y explotación de las periferias semicoloniales.

Estos puntos de vista han creado y están creando una fuerte desorientación en distintos sectores del país, particularmente generando derechos espectaticios de poder, control, soberanía, justicia y disposición de bienes y recursos naturales en distintos territorios del país, creando conflictos regionales y sectoriales que no pueden ser controlados por el poder legalmente constituido.

Los discursos de la "nación camba" y de la "nación aymara" y de treinta y seis y más naciones inventadas son parte de la estrategia de dividir Bolivia y América Latina para controlar más eficazmente los recursos estratégicos tan demandados por la potencias, viejas y nuevas, en la competencia económica mundial.

Sin embargo, esto no significa que la potencia cultural, política y económica de los pueblos indígenas no sea el ingrediente más importante de la construcción efectiva de la Nación Boliviana y de la unidad de la Patria, como conjunto de sectores y clases sociales hegemónicas en este proceso que esta viviendo Bolivia. La unidad de las fuerzas de trabajadores del campo y las ciudades, de los mestizos y de los indígenas originarios es la única garantía para constituir una patria libre y soberana, capaz de concurrir a un proyecto de unidad de América Latina y el Caribe.

Por eso las Fuerzas Armadas, que en el gobierno de Evo Morales son, junto a los movimientos populares, el puntal de su estabilidad y fortaleza, se encuentran interpeladas para adoptar una posición clara que tiene que ver con su propia existencia, puesto que con la formación de gobiernos departamentales, regionales o indígenas se abre la posibilidad de crear fuerzas militares y policiales al margen de la actual estructura y funciones de la institución.

La tradición nacionalista de las Fuerzas Armadas que procede de las guerrillas de la independencia, de la propuesta integracionista de Andrés de Santa Cruz, de la unidad pueblo-militares de Manuel Isidoro Belzu, de la Guerra del Pacífico y de la Guerra del Chaco, de la que precisamente surgió Razón de Patria como proyecto de defensa de los recursos naturales que llevó a la nacionalización del petróleo en 1937 y 1979, deberá manifestarse ante los riesgos de división nacional.

El peligro de la desintegración no es de un momento o de corto plazo, sino de mediano plazo porque se van incubando y desarrollando intereses que luego, con el tiempo, no podrán ser controlados, como ocurrió en las experiencias de los Balcanes, Yugoslavia o la propia Unión Soviética.

Ante un mundo en el que los bloques regionales se presentan como los actores de la dinámica internacional, Bolivia no debe dividirse y, por el contrario, deberá aportar con energía en las propuestas de unidad bolivariana antiimperialista, de integración de América Latina y el Caribe, mirando el futuro como una potencia regional emergente.