Este lunes de carnaval cumplí 59 años. Me festejé rodeado de hijos y nietos, mamás de mis hijos y mamás de mis nietos, y prolongué el bienestar de la fiesta hasta cierto día en el cual sentí la insoportable levedad de los 59.

Podía haber cumplido 60 y se me abría una vida nueva, signada por el cobro de la Renta Dignidad y por el privilegio de no hacer cola en ninguna parte, pero además por la certeza de iniciar mi vida de sexagenario en condiciones óptimas, salvo cierto exceso de peso que tiene preocupados a mis amigos balanza, pero jamás a este servidor que sabe la mejor variante del refrán: en el país de los flacos, el gordo es rey.

Tener 59 años es vivir en una sala de espera, es contar cada día los días aguardando que de una vez pase este año intermedio, sin otro perfil que ser la antesala de los 60. Lo dice mi amiga Lechuga: como sea tendré nomás que esperar un año.

Tener 59 es una prueba de fe para tus amigos, mayor aún para tus amigas: no se la creen, o te disminuyen la edad o te la aumentan. La vida ha hecho que las mujeres más bellas se me acerquen confiadas ahora que olieron que ya no hago daño. Tengo numerosas amigas jóvenes, debidamente amadas por muchachos de su número que confían en mí porque tengo una edad indefinible de adulto mayor. Si les digo que 59, me dicen como un cumplido que no aparento esa edad, o tratan de vengar alguna afrenta imaginaria diciendo que me creían más viejo; pero si hubiera cumplido 60, no sólo me creerían sino sentirían el alivio confirmado de haberse librado de un competidor.

Hasta hace poco me había acostumbrado a ser el más chico de cualquier reunión; hoy trato de habituarme a presidir la mesa. Prefiero sentarme a la mitad, no en la cabecera, como Jesús en la Última Cena. Esta costumbre de la edad me ha servido para comprender que el Maestro pagó muy caro la ubicación de su asiento, pues todos se aprovechan para pedir que les pases el pan y les pases el vino. Jodida costumbre de sentarse al medio de la mesa.

Desde mis 18 años procuré tener amigos diez años mayores, pues mi lema era: Amigos viejos, amigas jovencitas. Lástima que una legión de esos amigos murieron o ya no circulan o se han convertido en seres circunspectos anclados en antiguas relaciones conyugales.

Todo eso hubiera cobrado nuevo sentido si cumplía 60. Para empezar, me hubiera preocupado de buscar a mis viejos amigos, a mis amigos viejos, tan sólo para morigerar la tendencia a tener cada vez más amigos jóvenes. Frente a las chicas hubiera estrenado un nuevo glamour, el de inaugurar la adolescencia de la vejez todavía intacto, sin colesterol ni triglicéridos ni glicemia ni ácido úrico al menos desde que bebo con templanza, por el solo disfrute de sentir viejos sabores.

Las chicas se hubieran planteado la posibilidad cercana o remota de probar el encanto de este sexagenario, y quizá alguna de ellas no habría salido desengañada de la experiencia. Pero nada, cumplí 59 y debo esperar un año para disfrutar de esos privilegios.

Pero dejémonos de nuevas tristes. Como decía Esquilo, No es lícito profanar un fausto día contando malas nuevas. Hoy tan sólo es dado honrar a los dioses.